El secreto de la verdad de la vida

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—Que estén en este taller es el comienzo, un comienzo que ya no podrá detenerse. Cuando ustedes liberan de su cabeza la atadura a lo negativo, el desenlace es automático, nada ni nadie puede detenerlo.
El hombre dio unos pasos sobre la tarima mirando las ventanas furiosas de luz que daban al verde de una enredadera que trepaba desde el húmedo jardín.
—Ahora solo deben permitir que estos conceptos entren en su cabeza. Solo eso, déjenlos entrar. Son diez puntos: Uno: díganse la verdad. Sean todo lo honestos que puedan con ustedes mismos, dos: visualicen los objetivos como concluídos, tres: todas las mañanas vuelvan a nacer y a la noche fallezcan, cuatro: den algo de ustedes al prójimo para que se abra la receptividad interior de ustedes, seis: regálense un momento como premio al día, siete: a la noche hagan un balance de las cosas buenas y malas que hicieron, ocho: supera algún miedo, nueve: canta alguna canción, diez…
Y el tallerista dejó de hablar y los miró, miró a los participantes.
—… quieranse mucho a ustedes mismos.
Una risa silenciosa pero cargada de ironía sopló desde los asientos del fondo.
—¿Perdón? ¿Dije algo gracioso?
—Disculpe, maestro —dijo un hombre poniéndose de pie—, pero yo vine buscando una filosofía de vida real, no una colección de cartelitos de facebook.
—Tal vez usted no lo sepa, pero esos cartelitos de facebook muchas veces están tomados de frases importantes de grandes pensadores.
—¿Con eso quiere confirmarme que son frases sacadas de facebook?
—Mire, no creo que haga falta que nos pongamos irrespetuosos. Si usted no está conforme, el taller acaba de empezar así que le devolveré su dinero. ¿Alguna otra persona desea retirarse…?
—No, no. Discúlpeme. No quise ser guarango. Es cierto que el taller no es lo que esperaba, pero usted tiene razón. Y no se preocupe por la plata, está bien, es su trabajo y yo acepté incorporarme a la estructura de este seminario. Es sólo que necesito escuchar algo… bueno, sepa disculparme, algo con más base, más profundo…
—Probalemente usted no haya podido abrir correctamente su corazón y estos principios hayan quedado sólo en la superficie —dijo el tallerista—.Secreto de la verdad 02
—¿Por qué no prueba respirar profundo y llamar a los planetas, señor? —preguntó una participante de anteojos redondos con marco amarillo—. Se va a sorprender cuando acudan a usted…
—¿Los planetas? —preguntó el hombre que juntaba un cuaderno de su mesa.
—Sí, los planetas. Armaan y Kovolo, y la constelación de Orión si usted necesita dinero o algún bien…
—Mire, señor, ¿usted me podrá esperar afuera media hora? —dijo el tallerista.
—…señor, ¿sabe que Orion lo puede ayudar en su economía? ¡Le puede traer dinero!
—Por favor, silencio —dijo el tallerista—. ¿Puede esperarme afuera?
—No sé si voy a esperarlo media hora…
—Si no puede, no se preocupe, usted mismo evaluará cuántas ganas tenía realmente de escuchar algo profundo. Tal vez es sólo aburrimiento.
—Puede ser…
—Lo de la plata…
—Olvídese, yo pagué este taller y me hago cargo. No pretendí subestimarlo. Le pido disculpas por…
—Dejémos el asunto. Ojalá pueda esperarme media hora afuera.
La sala de espera era chica y muy cerrada, pero saliendo al palier el aire corría, estaba en el exterior del edificio, una construcción de pocos pisos sin ascensor y con una escalera de metal que subía hasta esa sala de la terraza donde se daba el seminario. Un lindo lugar. El techo de la escalera hacía que sentarse a mirar el barrio sea realmente un momento provechoso y de placer. La media hora pasó tan rápido que lamentó no poder seguir disfrutando de esa apacible tarde pueblerina.
—¿Su nombre? —preguntó el tallerista cerrando la puerta tras de sí.
—Gabriel.
—Gabriel, muy bien. Dígame, Gabriel, ¿qué es lo que le decepcionó de los diez puntos que leí en el taller? Me va a encantar ser más específico con usted.
—Bueno, no se ofenda, pero esas frasesitas lindas son…
—Ciertas. Esas frasesitas lindas antes que nada son ciertas. Pero usted seguramente siente que son banales, sin rigor alguno, sin trascendencia.
—Exacto. La palabra es “banales”, no me dicen nada. Vengo a un seminario que va a hablar del “Secreto de la verdad de la vida” y dice frasesitas de facebook.
—Muy bien. ¿Usted quiere saber cuál es el secreto de la verdad de la vida realmente?
—Sí, claro.
—Bien. ¿Usted trabaja, Gabriel?
—Sí.
—Bien, siga haciéndolo. Trabaje en lo que hace y haga otros trabajos más para ganar un poco más de plata. Fíjese que los trabajos que hace le gusten y que lo lleve a salir a algunos lugares cada tanto, si fuese posible a otras provincias. No lea cualquier cosa, lea libros que le sean útiles, que le proporcionen conocimiento, y cuando se canse de eso lea clásicos que le desarrollen la cultura general. Haga cursos en la semana. ¿Usted está casado?
—Divorciado.
—Bien. Coja menos.
—Cojo muy poco.
—Entonces coja más. No se deje seducir por las mujeres muy exhuberantes o de excelentes cuerpos porque esa condición significa que su mente está en ellas y no tanto en lo que piensan. Céntrese en sus mentes y cójase a todas las que pueda. Coma sano, empiece a salir a correr, baje la panza, beba menos…
—Un minuto, maestro. Con todo lo que me dice ya me cansé. ¿Por qué me dice una cosa a mí y otra al grupo?
—¿Ya se cansó?
—Sí.
—Entonces mejor relájese. Piense en una vida ás relajado. Tómese más tiempo para hacer las cosas.
—Sí, yo no me tomo mucho tiempo para hacer mis cosas. Más tiempo…
—Claro, más tiempo. Escuche música. ¿Le gusta la música clásica?
—Escucho jazz.
—Bien, jazz, pero el más alegre. Mucho jazz. Salga a comer aunque sea solo. No se quede en su casa.
—Claro, es que salgo poco…
—Sí, y eso no es bueno. Haga teatro.
—¿Teatro? ¿Le parece?
—Sí, el teatro le va a obligar a interactuar con otros y eso le va a llenar el espíritu.
—Esto que me dice es sensacional. Sí, lo voy a hacer.
—¿Usted se baña a la mañana?
—No, a la noche.
—Báñese a la mañana. Y pongase colonia antes de salir.
—Sí, lo voy a hacer… La verdad que no sé cómo agradecerle sus consejos. Pero permítame volverle a hacer la pregunta: ¿por qué me dice a mí esto y adentro dice otra cosa?
—¿Otra cosa? No, no es tan diferente. Fíjese: visualizar los objetivos. Cualquier persona que quiere hacer algo que le gusta lo hace. Quiero tomar agua de la heladera y voy hacia ella sin pensarlo sabiendo que todo va a estar donde creo y que va a salir como lo espero porque me he cansado de verlo. ¿Usted cree que eso es un engaño?
—No, la verdad que no.
—Levantarse sin pensar en los problemas de ayer aunque cuando salga a la calle me tenga que ocupar de eso, ¿está mal? No pensar en esas cosas a la noche ¿está mal?
—No, no…
—Ser generosos, dar, hacer caridad ¿está mal? Regalarse un paseíto por ahí cada tanto, hacer un balance mental del día, superar algún temor cada tanto, cantar… Son todas cosas muy recomendables, Gabriel.
—Sí, pero incluso ahora que las menciona todas juntas lo hace de otra manera, ¡incluso de una manera más eficaz que en el seminario! Esos diez puntos que nombró lo hizo con una estética literaria tan artificial que es imposible…
—¿Tomarlos? ¿Es imposible incorporarlos dichos de esa manera?
—Sí, pienso que sí.
—Y si le digo que sea generoso y se tome más tiempo para hacer las cosas, que escuche música y cante, que haga teatro y experiemente, visualice con todos sus sentidos experiencias que necesita vivenciar, sentir… Lo que le dije a usted no es muy diferente que lo que digo en el taller.
—Bueno, la verdad que viéndolo así usted tiene razón. Tal vez la forma, la estructura literaria sea así tan… no sé, empalagosa…
—Tan básica.
—Sí, tan básica, tan para estúpidos, hablando de el universo como un ser vivo que nos habla…
—Como necesitando de figuraciones, como los chiquitos.
—Sí, exactamente, como los chiquitos que necesitan que les digan que el mundo es lindo, que todos somos buenos, que…
—Que se bañen a la mañana, o que salgan afuera y no se queden adentro. Que salgan a jugar con sus amiguitos actuando de que son policías y ladrones…
El hombre se quedó mudo, con la boca abierta. Era tan contundente lo que decía que no podía ni retrucarlo.
—¿Sabés una cosa, Gabriel? —dijo el tallerista—. Todos somos bastante pelotudos. Todos. Y todos tenemos una manera, un mundo con el fondo pintado de un color, y a todos nos gusta que nos digan las cosas del color con que pintamos el fondo. Y ¿sabés una cosa? Vos no sos diferente a los que están allá adentro. Tal vez seas más limitado que ellos, porque tenés más necesidad de que te hablen con tu mismo color de fondo y sólo con ese color. Todavía puedo ver la cara sobradora que le pusiste a la que te dijo lo de los planetas, como si esa cara te liberara de la estupidez de esa mujer, como si tuvieses que aclararnos a todos que esa basura de los planetas te parecía estúpido.
Gabriel permaneció callado, miraba el piso. Sintió que todo el tiempo fue un estúpido, en el taller, antes de ir, después de salir, siempre había sido un estúpido, igual de estúpido que todos los que estaban allá adentro de la sala.
—Etonces para vos somos todos estúpidos, ¿no?
El tallerista que hacía un rato que ya no sonreía se arregló el saco, se emprolijó el pelo frente al reflejo de un vidrio y miró a Gabriel.
—Cuando dijiste que no me ibas a reclamar la plata me caíste bien. Y por eso sólo fue que vine a decirte lo que vos realmente querías escuchar.
—¿Toda esta mierda que me acabás de vomitar es lo que quería escuchar?
—No. Vos querías escuchar el Secreto de la verdad de la vida.
—Ah, sí. Y ¿cuál es ese secreto?
—Que a nadie le interesa saber la verdad. Todos pagan por una mentira bien presentada.
Le estiró la mano para saludarlo, y Gabriel, un poco confundido, se la dio.
—Tu vida está llena de cartelitos de facebook también, sólo que son de una página de culto, de algo sólo “para entendidos”. Pero estás tan o más adentro del face que todos los que me están esperando en el salón.
Apretó la mano y con un movimiento enérgico la soltó y se dio vuelta ahora yéndose. “Haceme caso con bañarte a la mañana. Está buenísimo”, dijo y cerró la puerta.
Y el silencio inmenso de aquella tarde de barrio silbó una brisa en su cara que, al final y a pesar de todo, le hizo sonreir.

 Secreto de la verdad 06

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