El señor es mi pastor

Nadie se hizo perverso súbitamente
Juvenal

Se sentía culpable; el olor del papel de la Biblia abierta frente a él lo hipnotizaba, lo llenaba de placer y lo llevaba a mundos infinitos de bibliotecas eternas, pero lo que le hacía el padre Ignacio le daba asco… ¿Cómo podía sentir dos sensaciones tan contrapuestas al mismo tiempo? El gozo y la repulsión lo manejaban como a un títere.

El padre Ignacio tenía las manos callosas y extrañamente olía a virutas de madera. Lo sentía bufar detrás suyo mientras le recorría las nalgas y los muslos con esas garras de incubus; el golpeteo de sexo que hacía cuando se masturbaba detrás de él.

Una lágrima cayó por la mejilla del niño mientras el cura rugía en silencio.

Sobre el dintel de la puerta un cartel recitaba para sus adentros el Salmo 23, escrito con ribetes dorados y ampulosos.

El crucifijo miraba para otro lado con aires de complicidad y Jesús no podía hacer nada porque hacía dos mil y tantos años que estaba muerto.

Las zarpas del cura Ignacio clavaban sus uñas en la piel del chico que, entre sollozos, iba urdiendo una venganza. Se imaginaba al párroco frente al altar mostrando la Carne y la Sangre de Cristo al que la quisiera ver. Entonces, él, en un arrebato justiciero, dejaba de lado sus artilugios de monaguillo y le propinaba una bestial paliza con sus puños pálidos y escuálidos delante de todos los fieles, proclamando a los gritos el por qué de esa honestidad brutal traducida en un sacerdote muerto.

Esa ensoñación clandestina le permitió escaparse unos segundos de la realidad viscosa; sólo unos instantes, porque la pesadez de la habitación cayó sobre él nuevamente cuando el sacerdote eyaculó

sobre sus nalgas y el semen resbaló por sus muslos. Esto le causó más impacto aún que el olor de las páginas de la Biblia, el crucifijo mirando hacia otro lado y el olor a aserrín del padre.

El cura Ignacio terminó de aullar en silencio.

Casi sin resuello murmuró una bendición mientras hacía la señal de la cruz sobre la frente del muchacho.

Con desesperada determinación le pidió silencio sobre lo ocurrido al monaguillo… como siempre… con la promesa del Fuego Eterno si se le daba por andar hablando por ahí de lo que le hacía desde hacía años.

El cura Ignacio se fue, llevándose toda su suciedad.

El monaguillo se quedó ahí, estático, sin poder dejar de llorar sin hacerlo, con la vergüenza del silencio a cuestas como una Cruz arrastrada rumbo al Gólgota, con las palmas de las manos y los pies indemnes, pero crucificado de todas maneras.

Más tarde, en un segundo atroz, crecieron en su espalda unas alas de ángel tibio, y fue el nuevo Santo que nunca fue ni será canonizado, pero que tiene el privilegio de la Verdad.

Abrió la ventana y se arrojó al vacío; luego de un instante eterno de caída libre comenzó a aletear vigorosamente y ya nunca más nadie lo vio. Sólo se sabe que fue comido por el horizonte y la felicidad por la libertad.

ETIQUETAS: