El único presente

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Mirándolo así no había ninguna solución. Por la radio anunciaron que acababa de detectarse un sismo de nueve grados Ritcher en Sumatra y ellos navegaban a escasos cientos de kilómetros de allí. El aviso de la radio no era para salvarse, en realidad más que un aviso era una descarga, el emisor necesitaba contarlo, gritarlo, señalar el fenomenal tsunami que se formaría y arrasaría el océano en cosa de minutos. No había ninguna solución.

Lo primero que le pasó al capitán Miranda fue sentir que el aire se le atrancó en los pulmones. Se ahogaba pero por una bocanada extra, una respiración que recibió otra respiración. Miraba por las ventanas y el mar estaba playo, liso. Dormido. Era una cuestión de minutos, de poquísimos minutos. Pero el problema no tenía solución. Minutos nomás…

Fue tal vez la decisión más rápida y sin titubeos que tomó en su vida. Casi ni lo pensó; se le ocurrió y tomó la gorra para bajar a cubierta. Allá encontró a algunos tripulantes a los que pidió que vayan a popa, donde había un gran playón. Dijo que en tres minutos todos debían estar en la popa, incluso la gente de los motores y de la cocina. Todos.

En la popa, a los tres minutos por reloj estaban todos. Al capitán le impactó que fueran tantos, nunca los veía a todos juntos.

–Tengo poco tiempo. Hace unos días unas personas de la tripulación que no voy a nombrar me preguntaron cómo era que hacía para visualizar lo que había pasado en determinados lugares en tiempos remotos. Como sé que muchos no creen que estas cosas sean posibles, y están dadas las condiciones precisas, quiero que crédulos e incrédulos hagan el ejercicio. No puedo perder tiempo porque lo primero que se debe dar es que el mar esté así playito, chato. ¡Bajen los brazos! ¡Aflojen los hombros! ¡Respiren hondo! ¡Otra vez…!

Todos comenzaron con movimientos de hombros y de cabeza.

–Si algunos no consiguen relajarse no se preocupen, la relajación general impone una energía que les permitirá experimentar las visiones. Pero hagan el esfuezo.

Algunos comenzaban a cabecear dando señales de una intensa relajación. Miranda miró por encima de las cabezas de la tripulación el horizonte. Aún era una línea recta y monótona.

–Respiren hondo… exalen… respiren…

Nadie notó que no volaba ninguna gaviota, ni que no soplaba ni una brisa de viento. La tripulación respiraba y exalaba.

–¿Lo sienten? ¿Pueden sentirlo?

Algunos se miraban, otros trataban de no perder la relajación y miraban de reojo.

–Ya pueden moverse, ya estamos en estado alfa. ¡Sientan! ¿Lo pueden sentir?

La tripulación se miraba extrañada, empezaron algunos murmullos no muy entusiasmados. El capitán movía sus manos de adentro para afuera, respiraba con fuerza y hablaba más alto.

–¿No escuchan las olas?
–Capitán –dijo uno de los de adelante–, no sentimos nada. ¿Qué olas?
–Sientan, ¡Sientan! Agudicen los sentidos, perciban los aromas… En esta parte del océano, hace cientos de años… cientos… cientos de años un barco… ¡Sientan! ¿Lo sienten…?

El mar era un espejo, y la falta de viento hacía que los gritos del capitán se escuchasen extrañamente fuertes. Algunos empezaban a mirarse entre ellos dudando de la cordura del capitán. Miranda entreabría los ojos y el horizonte esta una línea clara y aburrida.

–A ver, a ver… Volvamos a respirar, volvamos a respirar…

El murmullo empezaba a crecer, Miranda lo podía sentir con sus ojos cerrados, hasta que un grito le heló la sangre.

–¡Yo lo siento! ¡Yo lo siento!

Miranda abrió los ojos pero todo estaba igual. Un tripulante con las manos en cruz, la cabeza en alto y los ojos cerrados gritaba.

–¡Lo puedo sentir! ¡Lo puedo sentir!
–¿Qué siente, marinero?
–Siento… siento… –en ese mismo momento, y como si fuera producto de una bandada de fantasmas, una brisa refrescó las caras y torsos de la tripulación, agitó banderas, sacudió cabos y hasta movió el brazo de una grua de estribor– siento una vibración…

Miranda tenía una piedra en el pecho, una angustia que crecía como ese mismo viento que llegaba. Trató de no perder la compostura.

–Sí –dijo Miranda– y también siento como un viento que sopla…

En ese mismo momento toda la tripulación rompió en un murmullo fuerte, estaban todos muy impresionados. Empezaron a escucharse “yo lo siento”, “yo también”.

–Señores, abran los ojos. Ya estamos en estado alfa. Ahora… ahora sintamos… –pero el pecho se le comprimió más cuando vio que el horizonte ya no era el mismo; una sobrelínea lo reforzaba–…sintamos, el viento, la vibración, tal vez hubo una batalla. Busquen en el horizonte si no viene un barco, o varios barcos.

El capitán podía ver cómo la línea de horizonte se agrandaba ante sus propios ojos. Podía ver que era solo en una parte del horizonte. Podía ver lo que nadie pudo contar, podía ver cómo la ola crecía, cómo avanzaba de rápido.

–Capitán, algo pasa allá, en el horizonte –dijo un marinero.
–¡Pero claro! ¡Señores, hace cientos de años acá hubo un tsunami! ¡Relájense! ¡Respiren profundo! Necesitamos más relajación de todos para poder experimentarlo lo más real posible.

Ya no era una línea de horizonte, era una ola lejana. Era escalofriante verla. Lo curioso era que de la nada hasta cierto tamaño creció muy rápido, pero ahora parecía haberse quedado en un espesor determinado. A lo mejor había sucedido algo…

–¡Siento muy fuerte la vibración, Capitán!

Ese marinero que sentía la vibración lo asustaba. Realmente tenía un sentido desarrollado para percibir cosas. El viento se puso más agresivo.

–¡No se asusten! ¡Así de real se siente! ¡No se asusten que es una visión! ¡Pasó hace cientos de años…!

Pero el viento empezó a hacer volar cosas, todos se agarraron de la baranda que empezaba a sacudirse temerosamente.

–¡Si esto es una visión no nos puede pasar nada –gritó un marinero–, así que a saltar!

Uno, dos, seis marineros saltaron al agua, siete. Los que se animaban a saltar desde esas alturas saltaron. Sus risas y gritos divertidos se disolvieron enseguida en el viento. Cuando algunos marineros vieron a dos de los que saltaron flotando semi hundidos en el agua se alarmaron.

–¡No se preocupen, están nadando, nosotros no podemos verlos bien!
–¡Capitán, no quiero seguir con la visión!
–Marinero, vaya a su camarote y trate de dormir! ¡Hasta que no salga de este estado alfa no va a poder dejar de ver este suceso! ¡Tomese unas aspirinas antes de acostarse!

Lo de las aspirinas relajó a varios, fue una buena idea. Era una señal de que todo era una visión, tomar aspirinas en medio de ese tsunami… El barco ya se inclinaba mucho de babor a estribor y de popa a proa. La nave estaba a la deriva.

–¡Capitán, no hay nadie manejando el barco!
–No se preocupe, marinero, usted vio que antes de que empezáramos no soplaba el viento! ¡Sería un…!

Pero en pocos segundos aparecieron las olas grandes. Parecían estar pasando por una tremenda tormenta. Miranda estaba aterrado, y ya había visto a al menos tres personas caer por la borda. Sólo él las había visto porque estaba parado sobre un entrepiso más alto, los demás tripulantes intentaban agarrarse de donde podían.

Después de unos pocos minutos de olas grandes el mar se aplanó de una manera extraña, muy desagradable. En menos de medio minuto el mar se transformó en un patio liso de agua y el barco rápidamente se enderezó. Pero lejos de calmar a nadie, desde la popa todos se pararon lentamente para ver ese muro de agua, esa pared verde oscura que avanzaba a una velocidad indescriptible. Era una visión tan surrealista que las primeras voces de los que se ponían de pie eran de un asombro divertido.

“¡Miren eso!”, dijo uno. No había tiempo ni interés en ver las pocas personas que habían conseguido quedar arriba de la cubierta. Habría quince personas ya de pie acercándose a la borda para ver aquél muro de agua venir a toda velocidad.

Curiosamente Miranda sintió que el pecho estaba bien, ya no sentía la piedra de la angustia. El muro avanzaba visiblemente rápido, pero Miranda bajó despacio la escalera y fue hasta donde los otros marineros. Cuando llegó notó que lloraban, todos lloraban sin sonido, regaban sus pómulos de su propia agua salada. Uno lo miró con sus ojos redondos y vidriosos.

–Esto no era una visión, ¿no, capitán?
–Para esto, para este momento has vivido toda tu vida. Hoy es tu presente, el único que tendrás realmente. ¿Crees que era mejor vivirlo con angustia?
–No tengo angustia, capitán.
–Yo tampoco –dijo otro marinero.
–¿Quién de ustedes pensó que iba a irse de este mundo con otras diez, quince personas desconocidas?
–Yo… yo soñé con esto hace dos noches.
–¿Y soñabas que morías con nosotros, o de otra manera?
–No. Soñaba que cuando usted nos avisaba que se acercaba un tsunami yo le decía que navegue al oriente a toda marcha.
–¿Al oriente?
–Sí, y soñé que era la única manera de salvarnos.
–Pero… –Miranda volvió a sentir el puño en el pecho, su rostro se transformó, el muro de agua estaba ya casi encima de ellos– …pero, ¿de verdad soñaste eso?

El marinero miró el muro de agua, lo miró a Miranda que tenía el entrecejo quebrado del dolor, de la angustia.

–No, es mentira.

El capitán miró la ola, el barco ahora rompió la calma y comenzó a inclinarse. Parecía que la popa trepaba la ola, pero era que la nave comenzó a deslizarse a toda velocidad empujado por la cantidad de agua que subía de volumen. Miranda trató de mirar al marinero pero se vio solo, una lluvia de gotas de agua ya no le permitía ver más que hacia arriba, hacia ese dique de agua que crecía y crecía poniendo el barco cada vez más vertical, y más vertical. Miranda sintió patinarse y quedar colgado de la baranda. El barco estaba de punta. No se hundía porque la velocidad del agua lo hacía subir, trepaba por la popa. Sus manos se patinaban. Levantó la mirada. Jamás había visto tanta agua en sentido vertical. Era como un lago inmenso de pie. Se sorprendió ver por un instante un manchón celeste de cielo. Y sus manos cedieron.

 

Ola Gigante4

 

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