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El vuelo del colibrí

Se llamaba Juan De La Cierva y, quiso el destino, que fuera testigo de algo asombroso.

Cierta tarde, mientras disfrutaba de su jardín, en la Murcia natal, quedó absorto ante la contemplación de un ave de diminuto tamaño, casi tan pequeño como una mariposa. Pero no fueron las dimensiones del pájaro las que asombraron a De La Cierva.

Provisto de los colores más bellos y brillantes, el animal podía permanecer como suspendido en el aire mientras se alimentaba del néctar de una rosa.

A partir de ese momento, el magnífico pajarillo ocupó, en su totalidad, los pensamientos del hombre.

Eso no era casual. Desde pequeño, el volar había sido su sueño más ansiado y, de hecho, lo había concretado, al convertirse en piloto durante su adultez. Pero esto era distinto. Esto superaba toda imaginación posible.

Y, así, Juan De La Cierva, decidió dedicar su vida entera al estudio de éste frágil amigo. Si el colibrí podía hacerlo, el hombre, o una creación del mismo, también.

Noches enteras de desvelo lo llevaron a transformarse en científico e inventor. —Observad éste milagro de la naturaleza y aprended de él— decía a sus asistentes.

— Pero, maestro— le decían algunos, — Los Chinos, Da Vinci, muchos hombres lo han intentado sin éxito.

— No es lo que ellos anhelaban conseguir lo que yo persigo— contestaba él.

— ¿Y qué es lo que persigues Juan?- le preguntaba Hilario Armendia, su mejor amigo.

— No lo sé, no lo sé- respondía Juan.

Cierto día, sus asistentes lograron arribar a la construcción de un aparato que reunía condiciones similares a las del ave, al que llamaron helicóptero.

Sin embargo, eso no era lo que perseguía Juan. De la Cierva siguió diseñando en secreto, y rompiendo papeles, llorando e insultando, hasta que, una tarde,  vio la luz eso, a lo que tanto había aspirado y que los otro, nunca habían llegado a comprender…

Juan de la Cierva había inventado una máquina que, en vuelo, bebía del licor de las flores.

Escrito por Alejandro Guarino para la sección:

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