Eltalión | Primera Parte

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Will-comiendo

Una cosa no es justa por el hecho de ser ley. Debe ser ley porque es justa.
Montesquieu

El Comisario Carlos Enríquez tuvo una epifanía. Vio en una nebulosoa a una mujer vomitando pequeñas almohadas blancas que caían flotando como plumas en sus pies desnudos. En el ensueño Enríquez intentó hablarle pero encontró que el fuerte gusto a almohadas en su boca no le permitía articular palabra.
La visión se terminó al escaparse ésta por la ventana.
Un tanto conmocionado se acercó lentamente al mapa de la ciudad que había en una de las paredes de su oficina. Su propia letra garabateada marcaba los puntos de los homicidios ocurridos, intentando crear una conexión entre ellos pero no la encontraba. No podía hallar una pista y sus superiores lo estaban presionando, sentía que su puesto tambaleaba.
Enríquez era un hombre de casi un metro noventa centímetros, de espaldas anchas y modales bastos enmarcados en su rostro cubierto de pozos de viruela.
Logró entrar en la policía, con el tiempo, siendo servil y eficiente, pudo ir ascendiendo de escalafones. Pero, por alguna razón que le resultaba inexplicable, no se sentía feliz con sus logros -el acerbo en la boca de su alma lo había convertido en una persona que no sonreía.
Durante sus noches de desvelo se imaginaba adorado por multitudes que repetían su nombre en un mantra de devoción. Se despertaba sabiendo que esa recompensa no la conseguiría en su situación actual y el mundo se le caía en los hombros.
Conjeturó que si encontraba al culpable de los homicidios algo parecido a ese reconocimiento soñado ocurriría.
En un rincón de su cabeza la imagen de la mujer regurgitando no dejaba de repetirse; buscando una distracción comenzó a revisar el archivero para ver si encontraba algo que lo pudiese ayudar.
Se cebó un mate.
Repasó montañas de expedientes, uno tras otro, buscando algún indicio que lo ayudase en su caso. Se estaba por retirar cuando una luz fulgurante lo cegó en un segundo electrizante -el aroma a almohadas era insoportable.
El Comisario Carlos Enríquez sonrío por primera vez en años.
Leyó entre dientes el documento: Homicidio agravado por el vínculo…con libertad bajo palabra.
Una foto carnet en blanco y negro (en el lado superior derecho del mismo sumario) le decía que la acusada era una mujer tosca pero agraciada. Se reflejaba en las gafas del Comisario; era borrosa pero se podía distinguir a una chica con la mente ajada y una mirada fuera de foco -esto último, más que un prejuicio, fue una revelación, aunque el Comisario creyó que era su instinto.
Eran los ojos de un condenado a muerte, eso le pareció a Enríquez. Ella tenía que ser la próxima, lo confirmaban sus tripas revueltas y su boca seca.
Había encontrado a la mujer que vomitaba almohadas.
Al principio los homicidios pasaron por ajustes de cuenta entre los mismos criminales, cosas de ellos; pero los nuevos indicios que aparecieron dejaron paso a una figura enigmática que actuaba como un Némesis. La prensa en su totalidad durante varias semanas había seguido el asunto; la opinión pública estaba dividida entre los que consideraban al asesino como una solución y el resto que pensaba que era lo mismo que combatía: un mero delincuente que tenía ínfulas de súper héroe. El periodismo remarcó el uso de la frase de la Ley de Él Talión para describir en sus titulares lo que acontecía, entonces, el saber popular lo bautizó uniendo las dos palabras: él y Talión… Eltalión.
Las autoridades tenían un doble discurso. Por un lado, proclamaban que el sujeto en cuestión era buscado por cielo y tierra, porque nadie tiene el privilegio de hacer justicia por mano propia, pero, por otro lado, subrepticiamente, sentían alivio de que alguien hiciese lo que ellos no podían hacer por ser la ley y por su propia inutilidad.
Primero apareció muerto Edgardo Rivero quien tenía una condena por robo y otra por homicidio en grado de tentativa; su caso conmocionó a la provincia: habiendo hurtado un auto se dio a la fuga, al ser perseguido por la policía escapó a toda velocidad, al hacerlo, embistió a una joven madre que llevaba a su hijo de corta edad. La mujer murió inmediatamente mientras que el menor sufrió fracturas expuestas en una de sus piernas. La familia de la muchacha atropellada, de una posición económicamente humilde, no pudo poner un abogado y la causa pareció desvanecerse. A Riveros lo dejaron en libertad por tecnicismos legales.
Edgardo Rivero apareció muerto en una zona alejada del pedemonte, al parecer había sido arrastrado por kilómetros detrás de un vehículo en movimiento. Su cadáver estaba destrozado por la acción del arrastre sobre la superficie desigual y áspera.
La cosa hubiese quedado como un ajuste de cuentas entre bandidos, pero durante la autopsia de rigor encontraron clavado en el pecho del delincuente muerto un pequeño pedazo de madera con una inscripción tallada en él: Ojo por ojo, diente por diente.
Los pesquisas quedaron desconcertados ante el descubrimiento, aunque lo tomaron como un hecho anecdótico y truculento.
Pero ocurrió lo impensado para las autoridades. Aconteció otro homicidio de diferentes características pero con el mismo sello.

Juan Montes era un reconocido instructor de artes marciales quien, en un acto incompresible, arremetió contra la familia de su ex mujer y los mató a todos, incluida ésta. Lo hizo con un cuchillo de cocina. Fueron cinco víctimas: tres mujeres y dos niños masacradas brutalmente a golpes y puñaladas. El homicida purgó una condena de ocho años y por buena conducta pudo acceder a la libertad condicional.
A Montes lo hallaron moribundo, destazado. Le habían cortado piernas y brazos y le aplicaron torniquetes a cada herida alargando así su sufrimiento. Por último, le cercenaron orejas y nariz, le vaciaron las cuencas de los ojos y le arrancaron la lengua de raíz. En su pecho tenía una astilla de madera con el mismo mensaje que el anterior: Ojo por ojo, diente por diente. En ese momento la policía supo que algo estaba pasando.

Entonces hubieron dos homicidios más: un fiscal y un golpeador; ambos unidos por un hecho nefasto. Arnaldo López abusaba de su hija Inés desde que ella tenía corta edad. Ella, tomando coraje quién sabe de dónde, decidió denunciarlo. El fiscal Diego Blanco que le tomó la denuncia sólo garabateó un papel y lo dejó olvidado en un cajón de su escritorio. Arnaldo López tuvo el camino libre para tomar a Inés a golpes de puño para luego degollarla con un cuchillo Tramontina. Inés falleció por la brutalidad de su padre y por la desidia del fiscal.

Ambos, López y Blanco, fueron encontrados en un galpón en alquiler situado en el carril Rodríguez Peña. El padre de Inés tenía literalmente casi todo su cuerpo roto; lo habían molido a golpes concienzudamente. Luego lo colgaron de los pies y le practicaron un tajo en el cuello por el cual se desangró lentamente.
Por su parte, Blanco fue obligado a presenciar la golpiza, y posterior deceso de López, inmovilizado en una silla con ataduras que le hacían sangrar. El fiscal clamó por ayuda pero fue infructuoso, agonizó con la compañía del cadáver de López. Blanco falleció de sed y desesperación a los aproximadamente cuatro días. Ambos tenían la consabida madera con la misma inscripción clavadas en sus pechos.

Héctor estaba en una cocina gris pero impecablemente limpia. Era un hombre alto y flaco como un álamo de cementerio, de piel cetrina y polvorienta; con una mirada ominosa y el tic de mojarse constantemente los labios con la lengua que lo hacía parecerse a una serpiente
Tenía tres televisores encendidos a todo volumen, cada uno en un canal diferente.
No le gustaba el mote que se le había impuesto: Eltalión. Hubiese preferido uno un poco más acorde a su necesidad de ser identificado como un héroe, algo así como el Justiciero o el Vengador. Había descubierto la frase Ojo por ojo, diente por diente en una cita sacada de una página web. No sabía que ese concepto se llamaba la ley del Talión, aunque tenía un sentido básico de justicia que justamente se correspondía con ese tópico.
Se sentó frente a los televisores y se sirvió un plato de arroz con pollo que humeaba aromas. Estaba esperando que comenzaran los informativos para ver si hablaban sobre él. Pensó que sería buena idea comunicarse de alguna manera con los medios para dar su parecer sobre el apodo de Eltalión que tanto lo disgustaba. Desistió de la idea, algo le decía que era una mala jugada y él se dejaba llevar pos sus instintos.
Comenzaron los noticieros y la pregunta que se hacían era la que se repetía la población… ¿Cuándo atacaría de nuevo?
Héctor se dio cuenta de que hacían casi tres semanas de lo del fiscal y el abusador. Tenía que seguir adelante con su cruzada. Iba por buen camino, estaba logrando el reconocimiento, cada vez que actuaba se sentía más reconocido por la gente, estaba llegando a su meta.
Terminó de comer, dejó el plato a un lado y se puso enfrente una pila de diarios viejos con apariencia de pergaminos. Sólo miraba el suplemento policial. Metódicamente pasaba hoja tras hoja. Entonces una noticia en particular le llamó la atención. Madre que mata a su hijo de meses por no poder ir a bailar sale en libertad decía el título, el cuerpo de la noticia explicaba brevemente que una mujer había asfixiado a su hijo para poder salir de la casa y dirigirse a un baile. Lo había hecho con una almohada, luego se vistió, se maquilló y se fue.
Testigos posteriormente afirmaron que la vieron bailar hasta el amanecer para luego ser retirada del establecimiento por los encargados de seguridad, ante el estado de ebriedad que presentaba.
Héctor remarcó la noticia con una lapicera, luego se dirigió hacia una de las habitaciones de la casa, la cual usaba como taller. Comenzó a tallar sobre una astilla de madera con un pequeño buril. Lo hacía con cierta soltura y con una caligrafía tosca pero contundente, con los lentes sobre la punta de la nariz y el ansía del cazador en sus tripas.
…Ojo por ojo, diente por diente…

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