Eltalión | Segunda Parte

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Una cosa no es justa por el hecho de ser ley. Debe ser ley porque es justa.

Montesquieu

Eltalión | Primera Parte

Laura Mendoza trabajaba de empleada doméstica y estudiaba por las noches; decidió cambiar de vida en el momento mismo que salió de la cárcel. Se tuvo que mudar de barrio por el estigma de horror que acarreaba. Laura mató a su hijo de tres meses ahogándolo con una almohada, luego se fue a bailar. No se arrepentía del hecho en sí (de ese impulso irrefrenable y atroz de taparle la cara a su hijo y presionar hasta que el cuerpito dejó de latir) sino del tiempo perdido en la prisión. Lo hizo con furia, necesidad de venganza y con una sensación única de que estaba haciendo lo correcto, de que podría ser libre y bailar hasta que su pies quedasen en carne viva sin escuchar el llanto de niño por horas, sin tener que cambiar pañales embadurnados de mierda o prepara una mamadera tras otra tras otra. Pensó que podría haber dejado a la criatura sola y nadie se hubiese enterado.

Laura siempre tuvo la tentación de hacer que cesasen las palpitaciones de los seres vivos. Lo hizo de chiquita, primero con un canario de su abuela, apretó el puñado de plumas amarillas hasta que sangre y líquido vital escurrieron por sus dedos; luego siguieron un gato, unas gallinas y el perro.

Su familia pronto le tuvo miedo.

Laura había terminado de limpiar otra casa ajena y eso la llenaba de una especie de bilis en el alma, se sentó en un sofá del lujoso departamento y casi se pone a gritar al pensar que nada de eso jamás sería suyo.

Volvería a la pensión que podía pagar a duras penas. Llegaría a su habitación y la recibiría el olor a humedad y descubriría al gato amarillo del vecino durmiendo en su cama. Se haría la cena se sentaría a comer mirando la pared. Se acostaría temprano y lloraría hasta el amanecer.

Pensó que algún día mataría al gato de su vecino, lo haría con la almohada, despacio, soportando los rasguños del felino al defenderse, temblaría de placer al sentir la respiración apagarse y el estertor ulterior; eso, quizás, la aliviaría un poco.

Héctor siempre había sido bueno encontrando gente; durante años trabajó para una empresa de cobranzas hallando personas que no quería que lo hallasen. Sabía detectar la desesperación del que se está escondiendo. Le bastaba sólo el nombre de alguien para ubicarlo en menos de dos día usando diferentes métodos según el caso.

Se había sentado en la puerta de un edifico a esperar que Laura Mendoza saliese de su trabajo. Su aspecto simple le proporcionaba un camuflaje infalible entre la multitud. Sintió un deseo irrefrenable de fumar, un ansia que lo consumía como una gangrena. Esperaba como un animal carroñero, con paciencia pero con hambre. Estaba todo preparado. La seguiría en su auto y la obligaría a subir a su Kaiser Carabela negro, le pondría una almohada en la cara de la mujer y presionaría, cuando ésta estuviese a punto de morir cedería la presión dejándola recuperarse unos minutos y luego lo haría de nuevo. Poseía fuerzas suficientes para hacerlo durante toda la noche, hasta que los pulmones de la mujer estallaran de desesperación. Tenia la astilla con la inscripción Ojo por ojo, diente por diente en un bolsillo de su camisa, se la enterraría en el pecho cuando aun estuviese viva y la ultimaría ahogándola llenándole la boca de tela blanca.

 

El Comisario Carlos Enríquez apagó la radio policial y encendió la del auto; Se escuchaba un quejumbroso naranjo en flor que era más blanda que el agua que el agua blanda. Encendía un cigarrillo tras otro, estaba consumido por la visiones que no habían cesado, a cada momento se sentía asqueado por el fuerte olor a almohada que sólo él podía sentir.

Su pistola 9 mm tenía hambre, siempre la tenía. En el submundo del hampa era considerado una especie de redentor homicida, de leyenda de carne y hueso. Todos los delincuentes le tenían un especial respeto sabedores de los ataques de furia brutal que lo poseían y cuyos resultados sangrientos estaban amparados por la legalidad.

Estaba a punto de prender el décimo cigarrillo cuando vio salir del edificio a Laura Mendoza, enseguida su ojo entrenado le dijo que un hombre extraño la seguía en un viejo y destartalado Kaiser Carabela negro que andaba casi a rastras entre el tránsito.

Puso en marcha su auto y se dispuso a seguirlos.

Laura Mendoza luchó con cada átomo de su cuerpo pero la fuerza del hombre era muy superior, se había bajado de un auto que parecía para llevar muertos y la estaba arrastrando al coche. La hizo entrar don un violento puñetazo que la noqueó.

Despertó con un terrible dolor en la boca, se la tocó y se dio cuenta que estaba terriblemente hinchada, con su lengua recorrió sus dientes y notó que le faltaban un par de ellos.

Estaba en una habitación sin ventanas y con una cerradura testaruda que no la dejaba salir. Las paredes amarillas descascaradas mostraban el verde que tenia debajo. Intentó gritar pidiendo auxilio pero la hinchazón no se lo permitió.

La puerta se abrió de un golpe y entró Héctor con una seriedad de monstruo descubierto y decisión de verdugo. En sus manos llevaba una almohada inmaculadamente blanca

Ella asustada puso su espalda contra la pared e intentó una endeble defensa.

Él, con calma, se le acercó a la mujer.

Mendoza intentó resistirse pero la fuerza de Héctor era mayúscula. La tela blanca de la almohada al meterse en su boca se llenó de la sangre que perdía por las piezas dentales caídas. La vista se le nubló y se sentía cercana a la muerte, soportó la falta de oxígeno durante un corto instante hasta que se vio huera de su cuerpo, laxa tirada bajo el peso del hombre que parecía no hacer ningún esfuerzo.

Entonces la cara de Héctor explotó. Por todos lados se desparramó masa encefálica y jugos vitales manchando el verde amarillo de la pared, a la almohada y a una estupefacta Laura.

Convulso el cuerpo de Eltalión cayó al piso ante el pasmo de ella. Laura miró a su salvador.

El cañón de la 9mm humeaba, había saciado su apetito.

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El Comisario Enriquez siguió al Kaiser Carabela a una distancia prudente. había visto cómo el hombre extraño le propinó un puñetazo a la mujer y la subió al auto.

Llegaron hasta las afueras de la ciudad, a una casa venida a menos, apaleada por el tiempo y la desidia. Henríquez siguió de largo y estacionó el auto unos metros más adelante.

Durante el viaje había pensado en Eltalión, lo imaginó feliz y completo por toda la atención que le prestaba la opinión pública, lo conjeturó libre cómo una nube por el hecho de que podía hacer lo que quisiera y de alguna manera Eltalión hacía justicia, la practicaba y la llevaba a límites insospechados. El Comisario sintió una especie de angustia efervescente, vaporosa, que iba consumiendo su raciocinio y lo convertía en una envidia malsana y putrefacta.

Henríquez se acercó con cuidado a la casa en donde estaba estacionado el Kaiser Carabela. Por la ventana y vio a Héctor hablando solo mientras acariciaba una almohada para luego salir del recinto. El Comisario sacó unas ganzuás del bolsillo de su camisa.

Tomó su arma y entró a la vivienda, cautelosamente se dirigió a un pasillo en el cual escuchó ruidos. Estos provenían del interior de una habitación que tenia la puerta entreabierta, por ella se podía ver a Héctor sobre una mujer que se resistía débilmente.

Enríquez disparó sin dar la voz de alto.

Nunca dejaba de asombrarse de si mismo cuando mataba a otra persona y esa vez no fue la excepción. Le costó un par de segundos para recuperarse de la visión del cráneo estallando.

Laura, con el agradecimiento en su mirada, no dejaba de tiritar sollozando. Intentó hablar pero sólo pudo balbucear unas palabras embadurnadas en sangre que cayeron al piso y se quedaron ahí.

Carlos Enríquez suspiró fuerte, puso la almohada en la cara a la mujer y la sofocó hasta la muerte.

El último acto de Laura Mendoza en este mundo fue el movimiento crispado de su pierna izquierda.

La luna parecía reírse a carcajadas entres las nubes pálidas.

El plato con restos de arroz con pollo aun estaba sobre la mesa.

El Comisario Carlos Enriquez se encontraba sentado entre los cadáveres -el hombre desfigurado y

la mujer con los ojos abiertos y laxos.

Fumó toda la tarde un cigarrillo tras otro, sin parar, sentado en el piso con la vista en una grieta verde amarilla de la pared.

Miró a los muertos detenidamente por largo rato y se sintió aliviado y satisfecho.

Revisó las pertenencias del hombre y encontró la consabida tablita con la inscripción Ojo por ojo, diente por diente. Sin mayor problema la clavó en el pecho de la mujer y, sin saber por qué, casi llora de felicidad.

Una mosca se posó sobre la barbilla de Laura Mendoza, luego voló a lo que quedaba del rostro de Héctor y se quedó atrapada en la sangre coagulada.

El Comisario urdió la siguiente fase del plan: arrojaría el cuerpo de ella en algún lugar lejano, pero no lo suficiente como para evitar que la encontrasen y enterraría al hombre en el patio de la casa.

Se sentía completo, recibiría toda la gloria que no podía conseguir como oficial de la fuerza pública. En sus insomnios sentiría a una multitud coreando su nombre.

Con placer y fervor murmuró Ojo por ojo, diente por diente.

Él sería Eltalión de ahora en más.

FIN