Explicando lo inexplicable

El pasar de los días me hace vivir diferentes experiencias que me dejan muchas veces atónito. Cada semana aparece frente a mi puerta como un regalo, los días que adentro me esperan se traslucen por sobre el brillante papel que envuelve el obsequio. Pero siempre hay un pero. Como el mejor de los regalos, uno no sabe nunca con qué clase de cosas se va  a encontrar dentro del envoltorio. Y a veces las sorpresas suelen ser desagradables.

Declarado empático desde pequeño, me cuesta a veces hacer oídos sordos a ciertos regalos que no desearía recibir. Pero la semana está siempre y siempre nos dará algún día incierto.

Me es difícil tratar el tema del amor viéndolo de afuera. Pero mi percepción es una incontrolable esponja y mi mente una fábrica de innumerables teorías. Es lo que soy y no me quejo.

Debe ser difícil vivir tratando de darle arranque al futuro. Sobre todo cuando uno tiene que pensar por dos. Uno no elige enamorarse, uno se enamora y debe atravesar cada uno de los desafíos que el sentimiento dispone. Un día es música y otro días es ruido, en un momento estás viviendo el sueño, y al instante estas sufriendo la pesadilla. La montaña rusa del amor no tiene descanso ni paradas, las pistas que uno arma a duras penas se van construyendo con el pasar de los segundos. Porque solo se ama de verdad una vez, no hay ensayos ni practicas. Se actúa de forma instantánea y esporádica.

Desde un rincón de un pasillo puedo observar curioso una caída en picada de un segundo de desamor. Es solo un segundo: discuten, lloran, gritan, se enfurecen, pero el segundo termina y en el silencio posterior se comen con los ojos, se besan con los gestos, se piden perdón a gritos mudos. No lo dicen, el orgullo (ese, el que no debería existir) los hace explotar con furia y amarse en silencio. Me convenzo que el amor es así,  que se pelea por temor a lo nuevo, porque son los dos los que se están amando y amar es construir un camino incierto y veloz que nadie sabe como terminara.

Pueden discutir por horas y por días sin dejar de amarse con locura. Ninguno tendrá el argumento válido y los dos tendrán la razón. Meterán a terceros en la discordia, pero solo por el hecho de tratar de sentirse acompañados en el misterioso viaje de amar. Y aprendo: el tercero siempre y nunca tiene la culpa.

Sigo en el rincón del pasillo, mirando la puerta de calle con ganas de escapar de aquel fuego cruzado de sangrantes puñaladas de amor. Un último pensamiento aparece en mí como conclusión final de mis experiencias vividas en tiempos pasados y presentes: el amor es sinónimo de dualidad a la hora de querer explicarlo a través de la razón. Siempre será cuestión de dualidad, pues el amor es cuestión de dos.

Finalmente escapo con un gusto amargo en la boca, amargo por no poder dejar conforme a mis teorías y por no calmar mi empatía. En la calle el viento perderá en el aire mi resolución final: podrás discutir hasta sangrar las horas de la madrugada con hirientes golpes certeros, pero en el acolchonado amanecer del nuevo día amaras con todas tus fuerzas, y las heridas ayer provocadas serán sanadas en su totalidad y solo dejaran una cicatriz en tu corazón.

Tranquilo, el corazón está acostumbrado a eso. Pero eso…eso es otra historia.

También podes leer:

El arte de despertar

El año pasado escribíamos:

Para ELLAS ¿con cual te quedas?