No hay luna que les venga bien

-Me bajarías la luna?

Esa fue la pregunta que dio inicio a todo. Por que fue una pregunta que sonaba a reto, una pregunta disfrazada de prueba de amor. Ella me sabía cautivo de sus deseos y caprichos, y si la luna era lo que quería, era la luna lo que le daría.

Estaba ante un reto enorme: La dama blanca de las noches, que inspiraba a tantos enamorados y poetas. Y yo no podía fallar, porque significaba mi fracaso como el gran romántico que era.

Sonreí y asentí, sabiendo que me metía en una grande, pero tenia que hacerlo, y con eso demostraría de lo que era capaz por ella. Ella me miró e hizo un gesto de suficiencia, satisfecha de que su amante hiciera por ella todo, incluso traerle para ella el satélite natural de la tierra.

Había que idear una forma de traerla, no era una tarea sencilla. Pero cuando uno es el mayor de los románticos de todos los tiempos las cosas siempre salen más fácil.

No habría mayores problemas: Yo, iba a bajar la luna para mi amada y se la iba a entregar para que ella fuera poseedora de la musa inspiradora por excelencia. ¿La manera en que iba a hacerlo? No importa. No quiero aburrirlos con cuestiones técnicas y tecnológicas. Pero el fin se iba a cumplir con creces, de eso no había dudas.

Algunos días después del requerimiento de la dueña de mi corazón, salimos hacia el espacio en busca de la Luna. Digo salimos porque obviamente es un trabajo que requiere la ayuda de varias personas. No voy a dar más precisiones sobre el trabajo en si, resulta engorroso de explicar y no es lo principal de este escrito. Pero después de varios días, quizás una veintena, de hacer cálculos, mediciones, ensayos y prácticas, finalmente procedimos a tomar la luna y arrastrarla hacia la tierra, teniendo en cuenta que redujimos su tamaño previamente para que mi amada pudiese disfrutarla óptimamente.

Volvimos a la tierra con la satisfacción de haber logrado el cometido, y ahí procedí a realizar todo lo referido a la presentación: un regalo como este merecía un envoltorio acorde. Al tiempo todo quedo listo. Era el momento de entregárselo y ver su cara de satisfacción, y con esto me habría ganado su corazón para siempre, no habría otro como yo en el mundo. Me convertía en el romántico más grande de todos los tiempos, teniendo en mi haber la hazaña de bajar la luna para una mujer. No había más tiempo que perder.

Llegue hasta donde ella se encontraba, tomé su mano, y susurré:

-Acá esta amor mío, conseguí lo que tanto deseabas…

Ella abrió los ojos denotando sorpresa, y tomó mi regalo con ambas manos, para luego desenvolverlo por completo. Al contemplarlo, su cara de alegría se transformó de repente y dejó ver un gesto adusto. En ese momento pregunté:

-¿Te gusta, amada mía?

-Pensé que era más brillante de lo que es, igual es muy bella… Pero hubiese preferido una estrella…

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