Historia de un asesino arrepentido

  •  
  •  
  •  
  •  
  •  
  •  

Llega despacio, y aun  más despacio entra en su casa. La luz estaba tenue, como esas luces que uno deja para no asustarse cuando se levanta. Resulta que Alfredo era un asesino a sueldo, de poca monta, sin ese toque tarantinesco que tanto conviene en estas historias. La suma era quinientos pesos, la depositaban en una cuenta y él se refugiaba en una tapera que tenía en el interior del país.

Repaso su plan cuidadosamente, sentado en el comedor de la casa ultrajada. Pronto cayó en cuenta de su descuido, ella despertaría en cualquier momento y empezaría una orquesta de gritos innecesarios. Debía apurarse.

Subió las escaleras, sigilosamente, demasiado bien para ser un asesino inexperto. Pensó por un momento (como todo principiante) que los profesionales siempre exageran. Llego a la habitación de la mujer, estaba cerrada. Abrió poco a poco la puerta y rechino horriblemente, retumbando su sonido por todo la casa.

Una vez adentro, descubrió que estaba amaneciendo, el sol entraba por la ventana. Esto facilito su tarea, se movió ágil hasta la cabecera donde dormía la mujer y se detuvo allí. Escucho su respiración, rogaba que no respirara, que hubiese muerto antes por otra pelotudez, pero no era así. Ella respiraba firme y constante, pero con esa respiración dormida.

Tomo el cuchillo, destapo a la mujer entera. Vio su tez blanca, su cuerpo hermoso balado por amanecer, por miedo decidió no ver más: tapo la cara de la mujer con una almohada y adivino donde estaba la yugular. Perforo la almohada con el cuchillo y cuando lo saco  noto que no estaba esa mancha perfectamente circular de sangre que uno imaginaba. En su inexperiencia, supuso la muerte instantánea de la mujer, por lo que retiro la almohada. Fue ese el momento donde vio por primera vez la cara de ella: tenía unos treinta años, tez blanca, y unos ojos azules que lo miraban con tristeza. Pero aun vivía.

Esto lo enloqueció, inmediatamente murió de amor por ella, la debía salvar. La debía salvar a cualquier costo. La mujer, enmudecida, lo acompaño hasta un hospital donde la trataron de la herida, que por fortuna fue superficial.  Ella continuo sin decir nada cuando él le saco un boleto de tren hacia el interior para ir a vivir juntos.

Todas las noches disfruto de su desnudez, su tez banca, sus ojos azules y su cicatriz que no sangraba. Todas absolutamente todas, excepto la ultima, donde al despertar encontró una almohada sobre sus ojos, un cuchillo en su boca y una mancha perfectamente circular, que esta vez no era superficial.

Escrito por Franco para la sección: