Horas extras para el amor

-¿Vos estás seguro que esto está bien? –

Se escuchó la frase de un jefe molesto, mientras una pila de papeles caía bruscamente sobre el escritorio de Martín. Otra vez los formularios, los sellos o la ortografía; alguna de esas cosas había fallado.

Martín levantó la vista y no dijo nada.

-Gutiérrez, se me va poniendo las pilas. Esto no es una empresa cualquiera. Acá hay cientos de personas atrás suyo esperando tener su puesto – La misma amenaza de siempre. La misma amenaza que recibe cualquier empleado en síndrome de dependencia.

El empleado juntó los papeles, apretó los labios y asentó duramente con su cabeza. El empleador dio media vuelta y se marchó.

Era viernes, un viernes que acababa. Un viernes que lo encontró resoplando las horas extras venideras. Horas extras impagas, injustamente. Porque cuando el error es del empleado, el empleador no paga. Y siempre, pero siempre, es error del empleado.

Mientras tipeaba insignificancias numéricas en la pantalla de un ordenador aburrido, ojeaba como sus compañeros de trabajos empezaban a marcharse. Uno a uno los box se empezaron a desocupar. Camisas manchadas de sudor, de tinta y de tristeza dejaban la empresa con destino a ese falso fin de semana que nos venden como descanso. Todo rutina, todo muy normal.

Pronto la oficina quedó desierta. Martín levantó la vista y no vio a nadie. Se dejó llevar por los pasillos vacíos de la institución, buscando un rastro de humanidad. Pero no encontró nada. Volvió a su box, y estirándose lo más que pudo, dejó caer una mano sobre el mouse. El mouse buscó el reproductor de música. La música empezó a sonar por los auriculares que dejaban colar un pequeño indicio de viernes. Ya un poco más relajado con los auriculares puestos, Martín siguió trabajando.

Había pasado una hora desde la marcha del último empleado cuando en el cuarto de copiado se oyó un golpe fuerte. Tan fuerte que Martín lo escuchó con auriculares puesto.

-¡El cuarto de copiado! Pero si no había nadie allí- pensó Martín.

Otro golpe fuerte. Otro golpe que exaltó a Martín tanto que lo hizo ponerse de pie, olvidando que tenía los auriculares puestos. Auriculares que se desenchufaron de la PC, dejando que la música sonara a todo volumen, inundando cada rincón del 4º piso de la empresa.

Extrañada por la música, Marina salió del cuarto de copiado. Llevaba recién unos minutos haciendo el mantenimiento de la fotocopiadora que revisaba todo los viernes. Pensaba que estaba sola, como cada viernes, como siempre. Al asomarse en la puerta, vio a un sujeto parado con cara de extrañeza mirándola fijo. Tenía unos auriculares puestos con el cable desenchufado oscilando a la altura de la cintura. A Marina esa situación le causó gracia y soltó una sonrisa.

Martín desde la otra punta, observó la sonrisa de le extraña mujer y también sonrió. Ambos se acercaron y se presentaron.

Charlaron durante horas mientras la música seguía sonando, dejando sus trabajos para más adelante. Recién cuando la noche apremió Marina se excusó diciendo que debía terminar su trabajo; que debía marcharse.

-Claro, claro- dijo Martín, aunque por dentro no quería terminar la charla. El viernes finalmente había entrado como un tsunami en la oficina y le acarreaba sentimientos encontrados.

Volvió a su box y al tiempo se observó como Marina lo saludaba con la mano desde lejos. Martín saludó, sonrió y aunque él no lo sabía, también se enamoró.

La semana pasó lenta, pero ya era viernes otra vez. Y otra vez la marcha de empleados desfilando a la nada misma. Martín se encuentra en su box estaba terminando el balance que debía entregar hace media hora atrás. El balance que terminaba con los números 749. El balance que había revisado más de cinco veces. El mismo balance que corrigió a propósito para finalizarlo por los números 431. Era un error, el lo sabía. Pero también sabía que el error costaba horas extras. Horas extras de un viernes. Horas extras para reencontrarse con Marina. Horas extras para darle una chance al amor.

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