Inoportuna oportunidad

Desde el día que la vio por primera vez, Ludovico supo que no iba a tener el valor de hablarle. Jazmin… ella… muñeca con pulseras, un puñado de pétalos al viento, la sumatoria justa de todas esas cosas que agitaban el pulso, música andando. Cautivante y decidida, con una llama de vida en los ojos achinados y esta actitud intensa que amedrentaba a los hombres sensibles y entorpecía las palabras.

Cada vez que caminaba aquellas calles ajenas a su barrio, rogaba porque el azar los cruzara, como así también porque las sombras de los árboles le permitiesen mirarla desde lo oscuro, desde la soledad de su timidez, desde aquel entrañable deseo de hacer inmortales los instantes. Porque el tiempo se detenía cuando Jazmin aparecía, ya fuese sola o acompañada, vestida para el colegio o la universidad, caminando o en auto, la vida de Ludovico suspiraba aire y se sumergía en las agitadas aguas de la pasión, encallando siempre en playas solitarias, o naufragando en el miedo de los cobardes del corazón. Él siempre estuvo a destiempo, esperando encuentros casuales en otros ámbitos, encuentros que nunca se dieron.

La vida fue pasando… y les pasó a los dos. Ludovico se ató al amor, Jazmin se desprendió de todas las cadenas. Sus caminos continuaron dispares. Él se fue del barrio, ella también. Pasaron diez, quince años, vaya a saber cuánto. Hasta que un día… un día el destino los volvió a unir. Ludovico como intento de escritor, quién volvió a mantener su actitud pasiva, escondido en otros árboles y tras otras sombras, Jazmin como lectora compulsiva. Ella estaba igual, solamente aquella llama en los ojos hoy era un incendio. Él había aprendido a conjugar algunos verbos.

Esta vez no fue una calle de barrio lo que los puso uno en frente del otro, sino las letras. Él la recorría con la vista, en silencio, con esos nudos en el alma que impiden soltar. Ambos se leían, ella disfrutaba algunos escritos de Ludovico, sin saber quién era aquel tipo tras las letras, sin recordar en lo más mínimo a aquel adolescente observador, a él le perfumaban el alma sus comentarios, recordando cada vez que la vio.

Una madrugada, envalentonada por los placeres de una cerveza fría, aburrida en la soledad de una noche de lectura, comenzó como otras veces una charla con Ludovico… quién navegaba en la soledad de un mar de gente. Como un lobo rengo, vencido y viejo. El alcohol socavó la guardia de Jazmin, la oportunidad derrumbó el muro de contención de aquel océano de sentimientos de Ludovico. Mezcla imperfecta y brutal, maravillosa. Una serie de sincericidios impiadosos fueron aconteciendo, uno tras otro, donde se duplicaban las apuestas y se arriesgaba el triple. Ludovico le contó del pasado. Jazmin unió las palabras que le habían despertado tantos sentimientos a aquel pibe de barrio y no supo en que perderse primero, Ludovico profundizó en los sentimientos de Jazmin y terminó de perderse en ella.

La charla siguió, por horas, por días… ambos quisieron que siga por siglos. Una coincidencia tras otra, una palabra justa tras otra, un encuentro tras otro, un deseo tras otro, unas ganas tras otra… tan juntos y tan separados. Tan cercanos y lejanos. Tan terrible es la vida con sus oportunidades inoportunas.

Una vez más… a destiempo. Pero esta vez eran dos los que se miraban desde las sombras, con la necesidad irrefrenable de encontrarse entre tantos desencuentros, eran dos naufragando en ese mar de gente vacía, eran dos inventando situaciones. Extraño destino que atiza las llamas de un abrazo eterno, que se encarga de alimentar las nostalgias de los apasionados del desamor, de los adictos a las soledades, de los soñadores imposibles, de tantos otros innecesarios, un vos tan urgente y un nosotros tan utópico. Pero que te regala esa oportunidad de sorprenderte un día cualquiera, de inundarte el alma de caricias, de robarte sonrisas sin sentido, de darle manija a la imparable máquina del corazón, de volver a la adolescencia, a lo primitivo, a lo natural, a las ganas de todo.

Puede que sea injusto haberse encontrado así, pero sin dudas es mucho más injusto no haberse encontrado jamás…