La curiosidad mató al gato

No creo en una vida más allá, pero, por si acaso, me he cambiado de ropa interior.
Woody Allen

Era una catástrofe.

No puedo no usar ropa interior. Andar por la vida sin nada debajo para mi es la incomodidad absoluta, el total acercamiento con nuestros antepasados homínidos involucionando los siglos de avances en materia textil y de moda en cuestión de segundos. Resulta imposible saber con exactitud en qué momento comenzaron los seres humanos a usar ropa interior, aún así investigaciones demuestran que nos han acompañado durante un largo trecho de nuestra historia; por ejemplo, el Hombre de Hielo, Ötzi, que vivió hace unos 5.300 años y cuyo cuerpo momificado fue encontrado en los Alpes en 1991, vestía un tosco calzón de piel de cabra, o sea que hasta él no se privaba de unos buenos zolsilloncas.

Mientras yo buscaba y buscaba en el ropero y nada, me acordé de que toda mi ropa interior estaba en el canasto del lavadero. Tenía que salir, no podía lavar ningún calzoncillo y esperar que se secara para ponérmelo y sentir las caricias del algodón, que protegerían mis partes de la ropa como un samurai cuidaba a su daimyo. La desesperación me dominaba, una angustia visceral subía por mi cuerpo y se traducía en un único pensamiento: tendría que ir incómodo y desnudo aún con ropa.

Entonces en el fondo del placard algo brilló como el Faro de Alejandría en su apogeo, su fulgor era tal que tuve que entrecerrar los ojos por un instante. Era la panacea, un slip viejo y envuelto en una bolsa de plástico transparente me llamaba desde el fondo del mueble. Ávido lo saqué del envoltorio, pero el slip no era tal. Era una bombacha; un regalo de esos que se dan en noches de sexo y amor entre sábanas, un hermoso recuerdo.

Frustrado me dispuse a prepararme para lo peor, pero algo me intrigó ¿Cómo me quedarían las chobambas? Tomé las bragas, tiré el machismo por la ventana, dejé los prejucios en la mesa de luz y me las puse. Fue como entrar al Edén, al Valhalla, a la Yanna, al Aaru, a los campos Eliseos; un nirvana de seda negra cubriendo a la perfección mi cuerpo. Me vestí y me fui. El calce justo me permitía movimientos insospechados. La sensación de que llevaba conmigo un secreto perverso y sexy me colmó de dicha; todo un vicio.

La curiosidad mató al gato; y en este caso no sólo lo hizo sino que también le puso bombachas; cómodas, confortables y agradables bombachas que arrullaban mi caminar y me hacían sentir pleno. Pasé por un local frente al Hospital Central y me compré tres de ellas por 50$, negras sin estampas, secretas y perfectas.

Ahora me pregunto si las medias de encaje de esas con ligas son mejores que los calzoncillos largos, para usar durante el invierno.

 

FIN

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