La foto del pasillo

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Hace unos meses entré a San Nicolás de Bari, la conocida iglesia de la av. Santa Fé, en Buenos Aires, y al salir una mujer con un niño me detuvo preguntándome por algún sacerdote. La iglesia estaba vacía, estaban por cerrarla como es habitual en la siesta, y mientras ella me preguntaba como si yo supiera de las actividades de la iglesia, y después de unos eternos cinco minutos, soltó: “es que apareció la hija de mi marido en una foto de mis hijos y quería saber si eso era algo malo”.

La conversación fue más larga de lo lógico y normal porque me costó entender lo que le había sucedido, pero lo concreto es que en una foto de la pared de un pasillo de su casa donde sus dos hijos están sentados en un sillón la hija del marido que tuvo con una mujer anterior apareció entre los dos chicos de ambos. En la foto.

Un fenómeno tan raro me obligó a preguntar por la hija de su marido y me explicó que había muerto hacía varios años y que para ella era como una hija más. La adoraba. Le pregunté qué dijo su marido sobre la foto y me dijo que nada, que no le importó. “Entonces la ve también a ella en la foto…”, y sí. El marido, la familia, amigos, todos ven a la chica en la foto. “¿Hace cuánto tiempo apareció?” Hacía un mes.

Muchas veces pensé en contar esta historia en el Mendolotudo, porque ya me había pasado unos meses antes en San Telmo pasar por una vieja iglesia de las tantas que se esconden entre los árboles y los cables aereos del aquel barrio bajo porteño y ayudar a una mujer sola que golpeaba los altos portones cerrados de la iglesia, también en las aplastantes siestas capitalinas, aunque en esa oportunidad la mujer llevaba un mensaje al párroco de un sueño que había tenido. Por más que insistí no me lo quiso contar. “Es para el padre”, decía.

La mujer de la foto me decía que lejos de darle miedo la foto, le daba paz, le gustaba. “Los está cuidando”, decía. Pero todos los demás le decían que tire la foto, les daba mucho miedo. Me preguntó qué podría significar la foto. Y yo pensé en ese padre que no se conmueve por la aparición en la foto de aquella hija muerta a los trece años, tantos años atrás… La miré y ella me miraba como si yo tuviese la respuesta. Y la tenía, solo que no sabía si era bueno dársela.

El tema de estas historias se me vino a la cabeza porque hoy recordé el mejor cuento de miedo que leí en mi vida. No porque me haya dado miedo, sino porque es cortito y espeluznante, muy concreto. Un niño está jugando en su cuarto en la planta alta de la casa y la madre desde la cocina abajo lo llama a comer. El niño grita “ya voy”, deja sus juguetes y apenas sale de su cuarto la madre con la cara desencajada, le tapa la boca y le dice: “Yo también escuché eso”.

Terrible.

Y esa historia se me vino a la mente porque hoy me llegó este video que tiene algo de esa cosa cotidiana mezclada con lo peor, lo más aterrador.

Pero el video no es tan bueno porque el chico se ríe. En cambio en este otro… no hay niños que ríen. No hay niños. Y este sí que es bueno.

Este otro video es también muy bueno.

A estos dos últimos videos, si le quitamos la resolución final, podrían ser reales. De hecho los cuentos reales son así, salvo que nunca aparece el monstruo al final. Nunca al menos de la manera grotesca del grito y los ojos blancos. Es más, un cuento espeluznante podría ser que solo se apague o se prenda la luz del hall o del living pero al mismo tiempo que escuchamos la llave eléctrica accionarse, o ver algo al fondo del pasillo, o que de pronto aparezca un familiar ya muerto en una foto de la pared del pasillo. De una hija muerta. Esas cosas así solas son espeluznantes, porque no tienen final. O son algo puntual, algo que pasó y listo, o son… un comienzo.

El chiquito le agarraba el pantalón, corría unos pasos y volvía retumbando sus zapatillas en la iglesia mientras ella me miraba con atención. ¿Qué podría significar que aquella niña muerta hacía casi una década apareciera en la foto de sus dos hijos, entre ellos, así, de la nada? Recuerdo sus ojos mirándome.

Preferí darle una respuesta incompleta, mitad verdad y mitad silencio, que es una de las maneras de la mentira, y le dije que sí, que yo también creía que el significado de la foto era que ella los estaba cuidando. Y sonrió. Y sonrió relajada y yo miraba al chiquito que jugaba. Y me disculpé y le dije que tenía que irme. Ella ya estaba visiblemente más tranquila y yo me fui, no quería seguir mirando al niño que obviamente era uno de los dos protagonistas de la foto en donde aquella hermana política los cuidaba desde el más allá. Hay madres que son capaces de despertarse en la mitad de la noche sintiendo lo que le pasa a su hijo a miles de kilómetros, pero no pueden ver cosas que pasan tan cerca… y necesitan de alguien que sí sepa lo que pasa.

Y los cuide del peligro que los acecha.

 

Hermanos-3B

 

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