La guerra de la Sal | Capítulo 4

I

            Nefer no dejaba de llorar, no podría avisar del ataque. Por su parte Álvaro sopesaba la situación y no veía escapatoria. Uno de los guerreros se detuvo y habló – Este es buen lugar – Los otros asintieron al tiempo que sacaban machetes y cuchillos – Hay que llevarle las cabezas al Garza – Álvaro intentó una inútil defensa, entonces uno de ellos le atizó un golpe en la nuca. Otro tomó a Nefer de los pelos y le puso un cuchillo en la garganta. La punta de éste penetró levemente en la piel e hizo salir unas gotas de sangre. Se escucharon cuatro estampidos.

Los guerreros cayeron laxos con sus cabezas deshechas. El que los espiaba vio a través de una mira telescópica cómo Nefer y Álvaro se sacaban sus ataduras.

II

            Se llamaba Ezequiel, joven con una pelada incipiente, era el encargado del puente levadizo de la muralla del Feudo Central, la única entrada a éste. Estaba preocupado, la presencia de gente de las tribus era evidente. Se paraban desafiantes en el límite del alcance de las flechas de los guardias, como probando la distancia; era extraño. Se lo había dicho varias veces al Gringo y éste le dijo otras tantas que no se preocupara. Buscó por todos lados al Jefe Núñez y no lo halló. Más tarde iría para su casa, pensó. Tenía una mala sensación.

III

            Unos ojos verdes leían las líneas de un párrafo… El convoy pasó veloz frente a él, crema, negro, crema, negro, números y oscuridad, más oscuridad y el total sumándose a sí mismo… Cerró el libro “Fahrenheit 451”. Los ojos miraron la esfera de un reloj pulsera, marcaban las 4:16hs. Encendió un fósforo y lo acercó a la punta de un cigarrillo. Detrás, en el ojo de buey, la Tierra giraba sobre su órbita. Unos dedos tamborileriaron impacientes sobre la mesa de metal.

IV

            Nefer y Álvaro corrían entre las ruinas de la ciudad. No se preguntaron quién fue el de los disparos, sólo aprovecharon la oportunidad. Él iba adelante, siguiendo el camino que le parecía que los llevaría más rápido. Ella no había dejado de llorar.     

V

            Ezequiel tocó la sangre que salía por debajo de la puerta del Jefe Núñez, sus dedos quedaron pringosos; una gota roja cayó en el charco, formando círculos concéntricos. Se paró horrorizado y puso su mano sobre el picaporte. Entonces comenzaron a sonar las campanas. Un guardia había dado los campanazos de alarma al ver acercarse a cientos de guerreros de las tribus que comenzaron a rodear la muralla. En la calle todos los transeúntes comenzaron a correr. Entre la gente que se desperdigaba Exequiel vio al Gringo, quien se dirigía hacia la muralla más precisamente al puente levadizo. Comenzó a seguirlo.

VI

            Detrás del ojo de buey se veía al planeta Tierra perderse tras el horizonte gris. Alguien fumaba en un rincón oscuro, se llamaba Enrico, tenía el pelo cano, la cara arrugada y unos profundos ojos verdes. Sobre la mesa, al lado del libro y del cenicero, había una notboock. Enrico miró su reloj, las agujas marcaban las 18:17hs. Una voz salió de la máquina – Hola base… acá el Recolector…- El hombre dejó las penumbras. Presionó enter. La computadora salió del estado de hibernación y mostró una video llamada en curso. La comunicación era mala, la voz se entrecortaba y la imagen se distorsionaba. Al cabo de un instante se arregló lo suficiente para mostrar al Recolector, quien tenía su cara cubierta al estilo tuareg y usaba unas gafas oscuras. Enrico le contestó de mal talante – Hace dos días que te deberías haber comunicado, ¿alguna novedad? – El Recolector se rascó una ceja y le contestó -Sí…tengo candidatos seguros, voy a iniciar el protocolo… Va a estar difícil – Enrico asintió. La comunicación se cortó súbitamente.

VII

            Ezequiel estaba muriendo aunque no lo sabía, pensaba que el sopor que lo invadía era puro cansancio no más. Había intentado subir el puente, pero las palancas estaban trabadas. Cómo en un sueño vio al cadáver del Gringo en el piso. Ezequiel habia subido a la casamata del puente, siguiendo al Gringo y lo descubrió intentando bajarlo. Cada uno sacó un cuchillo y así terminaron; Ezequiel no pudo impedir que el Gringo bajara el puente hasta la mitad. Murió escuchando el griterío de los habitantes del Feudo pensando que se había armado una fiesta.

VIII

            El Garza miró con satisfacción cómo se bajaba el puente, hasta que no lo hizo más, entonces estalló en insultos, pero fue sólo un instante. Se caracterizaba por esas explosiones de ira, pero eso le permitía luego caer como en una ensoñación en donde pensaba mejor.

Hizo que las catapultas apuntasen detrás del puente levadizo, porque imaginó que ahí se concentraría el grueso de la defensa. Entonces hicieron lo suyo los Sanroque tirando con sus catapultas Trebuchet rocas de veinte kilos que hacían destrozos entre los defensores del puente roto. Entonces el Garza ordenó a los Nuyán que dispararan a discreción sus flechas incendiarias y a los  Losmayén que sus pericotes atacaran como infantería.

En el interior del Feudo Central reinaba un caos generalizado, las saetas habían prendido fuego algunas viviendas y las piedras caían con certera puntería. Los habitantes corrían sin rumbo y algunos guardias comenzaron a abandonar sus puestos en las almenas del muro. Los pericotes mordían todo lo que se atravesaba en su paso. Por el puente levadizo semiabierto comenzaron a colarse guerreros Sanartines e Ipos que se trenzaron mano a manos con los guardias. La lucha se fue extendiendo a las callejuelas. La resistencia cada vez era menor. Era el principio del fin

IX

            Álvaro había intentado disuadir a Nefer pero fue imposible. Habían corrido por una hora para llegar y ver el espectáculo del sitio al Feudo.  Él le dijo que estaba todo perdido, ella sólo quería entrar a combatir. Él no la dejó sola, nunca lo haría. Juntos se dirigieron hacia la batalla.

 

Continuará con la última parte.

 

 

 

 

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