La laucha

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Soñaba toda la semana con la salida, pero apenas entraba a su casa se sentía irritado: la abrumadora obsequiosidad de su madre era tan mortificante como el encierro.
La ciudad y los perros, Mario Vargas Llosa.

Sólo había un libro, “El Viejo y el Mar”; estaba casi deshojado y lleno de hongos, sus letras ilegibles habían formado nuevas historias por el aburrimiento. El único juego de mesa en el sitio eran unas damas al que le faltaban fichas, reemplazadas por botones y tapas de botellas.

El frío arreciaba, se pegaba a las ventanas como tentáculos de pulpos perdidos. La tormenta estaba en su esplendor. Era casi perfecta: agua, nieve, nubes distraídas y granizo caían sobre el techo endeble. El campo de visión era casi nulo, la mirada se congelaba y caía hecha hielitos un par de metros más allá.

En el interior de la pequeña casa la temperatura era agradable, la salamandra estaba todo el día funcionando y no faltaba la leña para alimentarla. El lugar sólo tenía una habitación, en donde se desarrollaban las actividades, comer, dormir y estar, sin nada más que hacer. La vivienda estaba enclavada en un sitio lejano, a días de distancia de cualquier contacto con otro ser viviente

Habían hecho todo lo posible por soportarse, era casi un mes de encierro y nada auguraba que el claustro terminaría pronto.

Martín observaba por el rabillo del ojo a su acompañante, le pareció cómico cuando el primer día tomó el libro de Hemingway y le preguntó quién era ése, pero ya no le causaba gracia su ignorancia irresoluta. Por su parte, Cristóbal veía a Martín como una persona remilgada y consentida, le llamaba la atención la falta de callos en sus manos, estaban bien cuidadas, excesivamente blancas, no como las suyas, que eran un mapa de cicatrices y piel curtida por años de trabajo en los campos.

Martín no racionaba sus cigarrillos y se estaba quedando sin nada para fumar, por su parte Cristóbal guardaba su tabaco y su papel para armar con codicia, Martín decidió pedirle a Cristóbal que le convidara uno, a lo que el otro se negó enfáticamente. Unos días después Cristóbal notó que su bolsa de tabaco estaba imperceptiblemente más vacía, estaba seguro que Martín le había sacado sin su permiso. A pesar de las acusaciones, Martín negó todo.

Comían en horarios diferentes, porque Martín odiaba que el otro comiera masticando con la boca abierta, mientras la comida caía por las comisuras de sus labios; Cristóbal, cuando descubrió esto, comenzó a masticar con más fuerza que nunca, el ruido que hacía tapaba a la tormenta enloquecida del exterior. Martín se iba al rincón más alejado de la habitación e intentaba concentrarse en algo que le gustara, pero los sonidos de la comida envuelta en la saliva le provocaban un asco que le corroía el estómago y le daban náuseas y maldecía a Cristóbal y su mala educación.

Dejaron de hablarse y se estableció un territorio tácito para cada uno, sin límites marcados, sin una frontera explícita. Se estableció una tierra de nadie, justo al lado de la salamandra, un sitio neutral en el cual los dos podían desplazarse sin recibir una mirada fulminante del otro. Se respiró un poco de paz, la suficiente como para que los días discurriesen con una tranquilidad laxa, peligrosa por lo endeble.

No se hablaron, pero siguieron rumiando furia uno contra el otro, cada ruido, cada movimiento, cada pestañeo era motivo de un odio descarnado. En el sosiego crecía la discordia, oculta en la indiferencia.

Una noche, en la que el viento estaba a punto de derribar las paredes débiles, Martín se despertó gritando del terror. Había sentido como algo caminaba sobre sus cobijas, algo pequeño, casi imperceptible, pero con el suficiente peso como para incomodarlo. Cristóbal se levantó de un salto y encendió una vela, para alejar a la oscuridad y darle un poco de visibilidad a la situación. Martín estaba aterrorizado, gritaba que un fantasma lo había acariciado; por unos instantes Cristóbal le creyó y no cejó en la búsqueda de la respuesta al misterio. Con las manos temblorosas sostenía la vela mientras buscaba en los rincones, en el techo, en la nada. Entonces estalló en carcajadas, se rió por largos minutos, tomó algo del piso y los puso en la cara de Martín, era una pequeña laucha que había sobrevivido en la incógnita de un agujero en el piso. Cristóbal no paraba de reírse mientras sostenía al animalito. En un rapto de furia, Martín tomó al roedor y lo arrojó contra la pared, dejando una mancha de sangre en ella.

Cristóbal no se pudo contener y con la fuerza que le habían dado años de trabajo físico ahorcó a Martín hasta que fue una masa laxa. Sus ojos se apagaron como lo haría un pábilo bajo el suspiro de un espectro y un hilo de baba incontrolable salió de las comisuras de sus labios.

Cristóbal convivió con el cadáver durante una semana hasta que cesó la tempestad y salió el sol.

El hombre se fue caminando por el sendero lodoso que llevaba a la civilización, caminó unos kilómetros y se arrodilló a la vera del camino. Del bolsillo de su abrigo sacó el cuerpo inerte de la laucha y lo enterró cerca de unas flores rojas que habían sobrevivido a la ferocidad de la tormenta.

Mientras tanto una mosca ulterior se posó en la punta de la nariz de Martín y se frotó las patas.