La leyenda del árbol seco

Cuenta la leyenda que un pequeño pueblo de ¿quien sabe donde? hubo una historia de amor, de esas que suelen pasar más amenudo de lo que uno se entera y que nadie cuenta. A veces por olvido, otras veces porque son demasiado tristes… ésta es una de esas.

Julio era un tipo normal, apenas pasados sus treinta abriles, un tipo con una vida dura, con una infancia complicada, de hábitos no muy sanos, pero jamás un mal tipo. El destino lo había llevado a dejar su pueblo por trabajo y, decidido a mejorar su vida, hacía ya tiempo había marchado a otra ciudad, tratando de redimir sus errores y buscar el progreso.

Aprovechado un feriado largo, Julio había decidido volver a sus pagos para visitar a su familia y a sus amigos, a descansar un poco, nada fuera de lo normal. Llego a la terminal como cualquier viaje de los que antes había hecho, fue a su casa, saludo a sus padres, tomo unos mates y justo recibió la invitación a una fiesta que organizaban un grupo de amigos, amigos que apreciaba mucho. Así fue que entrada la noche lo pasaron a buscar y entre medio de charlas y copas la cosa se fue poniendo amena, nada fuera de lo normal, gente, música, tragos… pero apareció ella y ya nada volvería a ser lo mismo.

Martina era una piba de unos 25 años, flaquita, muy sencilla, dotada de una belleza sin igual. Justamente por no ser exuberante, aunque sus caderas dejaban notar una cola perfecta, simpática como pocas, cada vez que sonreía sus dos colmillos superiores marcaban el ritmo perfecto entre sus labios y esas perlas dentales… obviamente Julio había notado todo esto. Es que ella, sin quererlo, resaltaba del resto de las mujeres del lugar.

Poco importa la forma en la que tuvieron su primer acercamiento, lo importantes es que se miraron de una forma en la que solamente los que han sentido el “amor a primera vista” lo hacen y desde allí que todo se complicó… al menos para quien fuera más débil, que en este caso era él.

Martina provenía de la gran ciudad, hacía tiempo vivía sola en el pueblo, sin encontrarse del todo a gusto, a veces soñaba tanto con volver a su gran ciudad que prácticamente ya lo tenía decidido, pero conocerlo a Julio esa noche, ese amanecer, había logrado sacar de su mente por un rato ese deseo fijo y solo podía pensar en lo bien que se sentía charlando con aquel tipo, esperando el momento en que él le robase un beso, puesto que no se iba a negar. El diablo, que siempre mete la cola, hizo que ese beso llegara. Y luego de ese otro más y miles más y cuando después del beso vino el abrazo… uhmm eso quiere decir que pueden implicarse algunos sentimientos. Y si a la hora e irse buscaron darse la mano, están enmarañados sentimentalmente… y eso es lo acabó por pasarles. O al menos eso sintió Julio que le pasaba.

El resto del fin de semana fue de mensajes bellos, de cosas bonitas que uno dice cuando el corazón se adueña de la boca y el repertorio para una conquista parece no tener fin, tanto así que volvieron a verse, a besarse y a caminar de la mano y aunque habían jurado no hacer el amor, solamente para no involucrarse más, fue inevitable. Hubiese sido un crimen en el nombre del amor si con todo eso que ellos sentían sus cuerpos no se hubiesen fundido en uno.

Como toda leyenda tiene que tener un fin y acá es donde la cosa se pone seria. Julio debía volver a la ciudad donde actualmente vivía, solo que para él, el amor de su vida se quedaba esperándolo a dos horas de distancia, nada, podía venir al menos dos veces al mes, podía incluso pedir un traslado en algún tiempo más. Todas las fichas parecían caer clavadas. Confiado hacía planes en su mente, soñaba despierto. Los que lo conocen dicen que siempre fue igual: un tipo que vivía el amor súper intensamente, que no le buscaba explicación alguna. Si se enamoraba lo disfrutaba a pleno, amaba con locura, con intensidad, creía en el amor a primera vista y a segunda, también creía en el amor ciego… basicamente le gustaba amar. El problema es que cuando las cosas salían mal, era el que peor la pasaba. Tenía alma de Ave Fénix.

Martina tenía planes distintos… lo que sintió por Julio no alcanzó para hacerla cambiar de opinión, volvería a su ciudad natal. Ésta estaba muy lejos del pequeño pueblo, así que ya no serían dos horas… era otro mundo. Fría como pocas, se mantuvo en su posición, tratando de herir lo menos posible a Julio, pero guardando lo que sentía en el fondo de algún bolsillo. Decidió explicarle a su enamorado el deseo de su partida.

¿Que podía hacer aquel muchacho? Su mundo se venía abajo, podía rogar que ella no se fuera, podía pedir que lo esperara, podía prometer cosas que seguramente quería cumplir. Pero no era egoísta, sabía que quizás para Martina quedarse fuera peor, que no la hiciera feliz, que esperarlo no alcanzaría para el resto de los días que no podía estar… y así fue que la dejo partir.

Cuenta la leyenda que estos dos jóvenes se despidieron en la plaza, frente a la estación de trenes, uno esperando el tren del norte, la otra el tren del sur.

Dicen que sus últimos besos fueron bajo un naranjo que hay en la esquina de dicha plaza y que al verlos partir, el árbol no soporto tanta tristeza. Ver como dos que se amaban se decían adiós. El naranjo empezó a llorar… tanto que termino por secarse, no volvió a florecer, intentaron arrancarlo mil veces pero jamás lo lograron y es que cada vez que alguien escarbaba, notaban que sus raíces seguían vivas. Julio cada vez que volvía al pueblo, regresaba a la esquina del naranjo, soñando con encontrarse a Martina buscando lo mismo que él… hallarse. Pero el árbol seguía seco, con sus raíces vivas, esperando por si algún día Martina y Julio volvían a encontrarse y besarse bajo su ya muerta sombra.

 

 

NDA: Historia basada en hechos sumamente reales, disfrazados de fantasía para la ocasión…

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