La naturaleza de la realidad

Seguro que es la lluvia. No voy a culpar a nadie más.

Dejar de hacer lo que estaba haciendo para mover una vez más mis sentimientos, dejar de lado la rutina de escribir y escribir con libertad.

Que más da si es inentendible o no, agresivo y/o ofensivo, da igual. Es lo que el lápiz quiere que sea.

Gastar granito contra el papel, sentado en un escalón, alumbrado por la tenue luz de la noche, abrigado con la precipitación que acaba de empezar.

Esta vez no me encuentro solo. Estoy masticando a la memoria, estoy saboreando cada detalle que alguna vez viví de alegrías y tristezas.

Miro con nostalgia cada momento recorrido y muchas veces encuentro vivencias que alimentan lo cotidiano y siento alrededor un universo que se desvanece. Mi universo.

Lo que uno crea va a ser siempre poco para el otro y mucho para uno. Aunque solo sean palacios en el aire; para nosotros es el lujo más grande. Para el otro es un sueño de un incoherente…sin pensar que ese otro opina desde la ventana de su propio castillo.

¿Y qué tiene de malo vivir de sueños? ¿La persona que está con los pies en la tierra tiene más chance de vivir feliz que aquella que vive en las nubes?

Desde mi punto de vista no es así, desde mi punto de vista la persona que vive con los pies en la tierra vive más cerca de que la tierra le coma todo el cuerpo. A unos metros del suelo puedo garantizarme de ver caer a la gente promedio y de contemplar que cada vez más personas eligen el soñar como modo de vida.

Yo puse los pies en el suelo, incluso en la actualidad los pongo más de una vez y juro que cada error que he cometido, que cada desgracia que he sufrido, que cada llanto que he padecido fue cuando mi estadía era por esa tierra.

Quién pudiera divagar por horas en una tierra de estrellas.

No en una forma de bohemia auto-impuesta por una moda. Una moda que transformo a la revolución y la llevo al sistema. Porque la revolución primero está en la mente.

Despierto y estoy en ese escalón con los pies descalzos en el suelo, en estos momentos empapados por la lluvia. Me permití volar, crear y destruir un castillo en menos de una hora. Me permití amar, odiar y recordar lo amado. Me permití soñar despierto. Me permití llegar a mi mundo, expresar mis ideas, contradecirme y aceptar los tratos.  Me permití ser yo.

¿Cuesta tanto ser uno mismo?

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