La quinta mamushka

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Cuando nos juntamos a comer en lo de Jose, me gusta llegar temprano, ser la primera. Nos creemos con ‘derecho’ por conocernos y ser amigas desde la salita verde del jardín, supongo. Porque haber pasado una vida entera juntas, suma porotos a la amistad.

Encaro al living mientras dejo las botellas de vino que traigo del chino sobre una mesa, me saco los zapatos en  el trayecto y me acurruco en un rincón del sillón grande, y empezamos a desandar la semana, a contarnos todo lo que hicimos y lo que dejamos de hacer, las penurias y males de amores que nunca faltan, propios y ajenos, porque en definitiva el chisme también nos nutre, y resulta que casi siempre los cuentos terminan parecido: existe uno que quiere mucho y otro que quiere poco, o que no quiere, o que no sabe querer. Concluimos que las historias se reducen más o menos a eso.

Jose trae dos copas. Me cede el sacacorchos y elige algo de música. La miro estirarse sobre la alfombra hasta alcanzar una caja con CD’s y pienso que está más linda y se lo digo. Que se le nota que está enamorada otra vez, y se ríe. Me gusta verla reír, porque Jose la pasó mal. Pero mal, como el culo. Con un marido que la plantó con dos chicos, casi dos bebes, sin laburo, así, medio en bolas. De una. «No te quiero más», le dijo. «-ay no puede ser, boluda. Acá hay algo raro»   entonces empezamos a hacer un trabajito de hormiga alrededor de Ernesto. Buscamos el mínimo detalle que nos diera algún indicio, algún indicador que nos llevará a una doble vida, a una secretaria despampanante oculta, a una rubia secreta, a una compañerita de tenis, algo. Pero no. «No te quiero más » era eso. Era «no te quiero más». Simple, sencillo. Crudo. La verdad. Y ni siquiera pudimos odiarlo, porque dejar de querer no aplica como real pecado. Le duele hasta la ceguera al ‘no querido’, pero los demás sabemos, entonces en secreto perdonamos, que es un pecado que en algún momento somos capaces de cometer.

Baja Jose a abrir la puerta a alguna de las demás que llega. Mientras, dispongo platitos y doblo servilletas sobre la mesa ratona. Entre los adornos que empiezo a sacar hay una mamushka. Me sorprende, porque nunca la había registrado. La abro, y empiezo a sacar y a abrir una por una las muñecas rusas, y las ordeno prolijas sobre el borde de la mesa. Son cinco. Estas también, son cinco. Cuando era chica, en casa de mis abuelos había una parecida. Matrioshkas, le decían ahí. Era más grande, de madera más oscura y más pesada. O al menos eso me parece ahora, allá lejos en el tiempo. A mí me gustaba robármela, y correr hasta el pasillo largo que iba del comedor a las habitaciones, cerrar todas las puertas, y sentarme sola, con la mamushka. Entonces jugaba a adivinar de qué color seria el vestido, y el pelo, y los ojos, y si tenía boca o no, la muñeca que venía detrás de la que acababa de abrir. Y así, hasta llegar a la quinta, la última, la más chiquita, que era una réplica exacta de la primera, pero esta no se abría como las demás. Yo trataba, sabía que no, que era una sola pieza de madera maciza, pero de todas maneras intentaba, cada vez.

Porque sabes, y entendes que es ‘no’. Porque probaste y no pudiste, y buscaste la manera, y te engañaste y te mentiste mil veces, y nada. Y queres creer que sí, que vas poder, y tampoco. Sabes que no, pero igual probas. Volver a intentar una y otra vez, y no te das por vencido.

Porque el desamor, el mal amor, el amor no correspondido, se parece  mucho a la quinta mamushka.

Escrito por Marcela para la sección:

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