La real dimensión del «deber ser»

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isabel-allende2La física quántica dice que hay múltiples dimensiones que se desarrollan al mismo tiempo pero con resultados diferentes. Es complejo de explicar pero esta historia sucede ahí, en una dimensión diferente a la nuestra. En otra dimensión de la vida de Isabel Allende, donde ella no se dedicó a escribir.

En aquella dimensión Isabel Allende fue una mujer muy interesante, atractiva, inteligente, pero con algunos problemas que esta vez la fama y el éxito no le redondearon, y contra los cuales rebotó a cada momento. Su autoestima y su valorización, en esta dimensión, no fueron aquellos pilares que le conocemos nosotros, sino que fue una mujer lastimada y muy sensible por dentro, lo que implica dura y fuerte por fuera, incluso hasta podría haber sido una buena emprendedora si no hubiera sido por alguna inconstancia clavada en las laderas de la inseguridad.

Tuvo una vida mejor que la de muchas otras que no fueron una Isabel Allende ni en sus peores dimensiones, sin embargo en esta dimensión… no escribió. No escribió nada. El talento lo tenía, es la misma Isabel Allende que en nuestra dimensión brilla y viaja de USA a Chile y de Chile al mundo. La misma. La que cada 2 de febrero toma un cuaderno y una birome y comienza un nuevo libro, pero que en la dimensión de la que hablamos no hace nada de esas cosas, sino que vende objetos de decoración. Los vende muy bien porque es encantadora, tiene una picardía en la mirada que se afiló gracias a la ausencia del éxito y la fama. Es una picardía que precisó muchas veces para sobrevivir, para salir airosa ante el dolor o sobre los tajos sangrantes de una inocencia que idolatra. Y defiende. Una inocencia que defiende con ironía, con mucha inteligencia y elegancia. A veces le va mejor, a veces no tanto, pero es feliz. No lo feliz que cree que se pueda serlo, pero es todo lo feliz que ella puede ser.

En esta dimensión, digámoslo, Isabel Allende es más linda. No, no por sus rasgos, sino por su coraje. O mejor dicho por el poncho de coraje con el que cubre un terror descomunal. Un pánico que quita el aire. Ese poncho con el que se cubre de un coraje de “igual te miro a los ojos” la hace única. No se le conocen muchos hombres, pero es solo eso, que no se le conocen. En su mirada nadan varios amores como en una pecera, pero ninguno es más importante y sólido que su miedo. Y esa fragilidad la vuelve irresistible a los hombres. Absolutamente irresistible.

De los hombres que pasan por su vida, a algunos le muestra sus ojos, y a otros también sus manos. Los que miran sus ojos pasan, pero los que además miran sus manos no la olvidan nunca más. Quedan presos del baile que sus hormonas liberan en cada gesto que hace cuando habla. Y cuando ríe. Y cuando piensa. Y cuando mira.

Isabel Allende en aquella dimensión probablemente un día muera, y Dios la mire y le pregunte “¿Por qué no usaste el don que yo t…?”, pero Isabel Allende no lo va a estar escuchando. Va a estar mirando el piso como única respuesta a la pregunta que sea. Y Dios le va a sacudir el pelo, y va a sonreir. E Isabel Allende va a levantar la cabeza y va a sonreir con esa picardía que Dios mismo le dio. Y ella va a decir algo genial y Dios se va a reir fuerte, y caminando juntos y divertidos Dios le va a susurrar: “¿Y a quién carajo le importa si escribiste o no? Acompañame a cebar unos mates que te quiero mostrar el lugar. Te va a encantar”.

Y Dios la va a perdonar por no haber escrito ninguna de sus más de veinte novelas en aquella dimensión. Para mí que la va a perdonar.

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