La reposición

Fue como un golpe en medio de la frente. La sensación de vacío vibraba, latente. Quise seguir con mi lista, estaba a la mitad de la reposición de los libros devueltos pero ese golpe de vacío seguía en el aire y no me dejaba concentrar. Era como un gran, no… Como un enorme agujero que me llamaba desde algún lugar. Comenzaba a zumbarme los oídos demasiado fuerte y no pude más que salir en la búsqueda de su origen. Necesitaba completar la tarea y eso no me dejaba en paz.

Mi trabajo no es fácil. Todos piensan que es estar sentado, recibir, entregar, sugerir y guiar hacia cualquier libro, así como si nada, como si no requiriera un mayor esfuerzo. Todos suponen una vida laboral aburrida y tediosa, siempre lo mismo en el mismo lugar. Pero se equivocan. Me tomo muy en serio mi trabajo. Cada libro tiene su espacio en la gran biblioteca. Ni más allá ni más acá, tienen su justo lugar, numerado con su código y letra correspondiente. Es un sistema impecable y me siento muy a gusto aquí.

Ese vacío que me estaba atormentando era un libro faltante en su lugar, de eso podía estar seguro. Sabía que libro entraba y cuál salía y qué espacio debía estar ocupado, por eso esa mañana el vacío me agarró desprevenido. Hurgué nuevamente en mi memoria sacando cuentas pero nada faltaba y los de la pila de reposición ya tenían su lugar destinado. Me dediqué a buscar minuciosamente de dónde provenía aquella falla en mi sistema. En las filas donde estaban los libros de historia estaba todo en orden, ni una guerra fuera de lugar, ni una heroína se había escapado para rebelarse, todos los próceres estaban descansando en su sitio esperando el relevamiento para ir a una escuela. Pasé por la sección de cuentos maravillosos y fantásticos, por ahí era lo más probable que en ese sector hubieran cosas más extrañas. Por cierto ya una vez hubo problemas entre esos libros, pero eso es otra historia que no viene al caso contar ahora. Nada. Todo estaba en un orden silencioso. Hice el mismo recorrido por cada sección en busca de ese zumbido.

Ya pasaba de ser una sensación para ser algo más punzante. Me costaba respirar, me ahogaba con mi saliva al tragar, debía encontrar ese vacío urgente, ya era una necesidad. Ni siquiera lo había sentido cuando a una señorita se le habían caído todos los libros de la estantería de Jane Austen mezclándolos con los de Isabel Allende. Un horror. Y al final logré encontrarlo.

Uno no piensa en la ausencia cuando está ocupado. Levantarse. Trabajar. Salir. Comer. Siesta. Trabajar. Salir. Cenar. Noche. Así siempre, una y otra vez, es la estructura que da sentido a cada día. Es la comodidad de saber qué sigue después. Nada fuera de lugar pasa en este sitio que quiebre con esa seguridad del día a día. Todo tiene que estar armado de antemano y seguir ese plan establecido en mi memoria. Lo que le dicen una cotidianidad.

El vacío provenía de la sección menos pensada, estaba entre medio de los libros dedicados a la política. Hacía tiempo que nadie se acercaba por ese pasillo y nadie pedía un libro de esos. Se veían abandonados, tristes, grises… Ni siquiera yo pasaba por ese sector, no eran de mi interés, yo solo cumplía mi trabajo de reponer los libros y mantener el estricto orden que se requería en cada sector. Estaban limpios a pesar de todo, no había polvo ni telas de arañas, solo silencio y soledad se percibía entre ellos. Y de ahí me llamaba ese vacío oscuro y horrible que atormentaba mi cabeza. Traté de apretarlos un poco para cerrar ese espacio, pero lo único que logré fue que se abriera aún más. Faltaba el libro de Código de Ética Profesional y El Príncipe de Maquiavelo, y al tratar de tapar ese espacio, el vacío hizo desaparecer otro en la esquina de arriba de las estanterías. ¡Adiós Aristóteles! Volví a intentar agruparlos más juntos pero cada vez que hacía eso, un libro más desaparecía en ese abismo. Me volvía loco. No podía haber espacios sin rellenar, no podía pasar eso en mi biblioteca. Sí, me la había apropiado y sentía que cada espacio era un pedazo de mi cuerpo que se desvanecía, células en choque que iban mutando hacia la nada.

No me movía pero los libros seguían desapareciendo de a uno, dejando huecos extraños. El silencio que provocaba el hecho me golpeaba tan fuerte que no podía mantenerme en pie. Me senté sin fuerzas en el piso viendo cómo seguían abandonándome. Se sentía como una afrenta a mi persona, a mi trabajo arduo y estricto. Un caos se aproximaba y lo estaba viendo brotar. ¿Qué pasaría si me quedara sin los libros? ¿Quién podría acercarse allí y decirme: quisiera leer algo sobre un señor que vuela muy lejos pero no sé qué libro podría ser, me recomienda algo? O ¡Señor, el libro de poesía que me prestó no me sirvió para nada, la novia de mi amigo lo terminó dejando igual! No. Nadie iría a pedirme sugerencias. ¡Ya no hay más libros! tendría que responder y luego, un día, debería cerrar por que no habría libros que reponer, ni prestar, ni sugerir, ni personas que acudan allí.

Sentí como desaparecía toda una estantería completa de libros, ya en otro sector. La biología y estructura de los animales no existía más. Adiós a los políticos y a los veterinarios e investigadores del ratón enano de la Patagonia. Aunque no me molestaba que los arácnidos desaparecieran, siempre me produjeron miedo, sobre todo esas que se quedan escondidas en una esquina observándote lentamente, para bajar en el momento en el que se abre una página que está doblada en una esquina. ¿Quién dobla las esquinas de un libro? Eso es maldad reprimida y se descargan con los pobres inocentes libros.
No pude aguantar más. Cada libro seguía siendo una célula que moría de mi cuerpo. ¿Terminaré por desvanecerme yo también? ¿Dónde se estarían acumulando? Por qué no creo que los estuviesen leyendo, y un libro que no se lee, se olvida, se amontona y luego muere. No sé en qué momento mi conciencia dejo de ser fiel a la realidad y me perdí en una especie de ensoñación. Se repetía en mi cabeza ese cortometraje donde los libros cobran vida y se hacen amigos del bibliotecario. Se me figuraba que ese tipo era yo, que trascurría mi vida con ellos cuidándome en cada paso que daba, volando a mi alrededor, cubriéndome con sus cálidas hojas mientras dormía, y yo haciendo felices a miles de personas que adquirían color cada vez que abrían un libro que yo les entregaba. Y me desmayé.

No sé cuánto tiempo habría pasado tirado en el piso si esa suave voz no me despertaba. El sueño era dulce y liviano, estaba en un líquido rosa sereno, atravesado a veces por un haz de luz tenue y brillante. Y esa voz me sustrajo de ese espacio. Volví a la realidad. Sí, era real todo lo que me rodeaba. El peso de mi cuerpo tenía sentido de nuevo, los sonidos eran casi imperceptibles y el silencio era el de siempre, atravesado por leves murmullos de los pensamientos de quienes leen absortos en sus páginas. ¿Señor está bien? La voz volvió a llamarme y yo de a poco retornaba de mi inconciencia. A mí alrededor todo era como siempre. Cada espacio en su lugar, cada libro en su espacio. Sí pequeña, estoy bien.

Aun se escucha el sonido punzante del vacío, pero el miedo me detiene cada vez que quiero ir a en su búsqueda. Él sigue existiendo y seguirá ahí persistente, sacándome de la estructura de mi día normal, comiéndose mi rutina despacito y saboreándola. Ya no es más levantarse. Trabajar. Salir. Comer. Siesta. Trabajar. Salir. Cenar. Noche. Hay algo que quiebra con mi realidad. Las noches han dejado paso al insomnio. Los hechos comienzan a cambiar. La reposición no está completa. Una risa oscura a veces me hace burla y yo trato de ignorarla. Sé que lo que pasó ese día fue un hecho real, lo viví, lo sentí en mi cuerpo como cuando se siente la cortada del cuchillo cuando tratás de cortar pan y tu dedo está en una posición desfavorable. Cada día que pasa, un vacío nuevo aparece y desparece. Ahora la cosa es así, un libro se va, y al rato vuelve a aparecer. Con las hojas dobladas, o manoseadas, a veces marrones y otras con la tapa mojada. Intenté dejar de reponer espacios vacíos y oscuros. La risa macabra persiste cada vez que me evade.

Escrito por Gabriela Chiapa para la sección:

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