La última noche en la ciudad

Unas luces azules, rojas y verdes, alumbraban los últimos días de des logros en su ciudad. Después de haber besado, amado, llorado y haberlo dejado todo, decidió irse lejos, para que el recuerdo de lo que no pudo ser, la perdiera de vista.

Caricias nunca le faltaron, sueños menos, propuestas… ni hablar. Pero tenía un desierto de sentimientos, un paisaje frío de proyectos y un pasaje al olvido de muchos. ¿Cuántas veces deseó lo que hoy rozaba? y ¿cuánto le costó estar a la altura de un hombre que no la merecía?

Pagó con lágrimas de silencio la tortura de la mano no tomada, el mechón que cubría sus ojos jamás corrido, y ese “te amo” entre líneas, de una hoja en blanco. Bebió de la miel de su boca, que provocaba el ardor más demoledor de un futuro aún no construido y que, a su vez, armaba la coraza que recubre hoy su corazón. Sonrió con cada ilusión regalada, de lo que a él le quedaba de paso y brillaba en la sombra de su cariño disfrazado. Creyó una y mil veces en la funcionalidad de las apariencias y el dinero y le guiñó un ojo al crupier que no hizo otra cosa que maldecir sus cartas. Cansada de las decepciones, se entregó ebria al blues de los brazos ajenos y las noches sin estrellas, se dejó llevar por las palabras que quiso y llegó donde la luz del sol no hace compañía.

En una bocanada de humo y un sorbo de whiskey decidió vivir el amor propio y probar los sabores de la felicidad, de las muecas sin segundas intenciones y de las miradas sinceras a primera vista. Atada aún a la tristeza de los payasos, se dejó tomar por ese hombre nuevo que le regaló rosas escritas. Se permitió besos de carácter imperfecto y abrió su voz a aquel mercenario de noches. Historias, risas y sonrisas, y un solo deseo: poseerse para mañana no ser.

Una laguna de dudas empapaba su cuerpo que se prendía de placer y como una estaca que rompe maldiciones, la hizo suya. Las suaves manos de ella, arañaban la piel de esa espalda de bestia y su pelo se enredaba en sus dedos. Dueña de un pecho que se erguía con cada impulso que él daba, y de ojos que nunca encontraron otro lugar para mirar, más que los suyos color hazel. Se colocó a su lado, el que él había designado para ella y dejó su cola a disposición de la lujuria.

Gimieron juntos al son del tic tac que anunciaba la aurora. Él mordía su fino cuello y ella la almohada para que su pasión no se escapara de la habitación, él tiraba de su pelo para acercar su boca y ella correspondía con un beso. Giró su cuerpo como quién acaricia una mariposa, admiró la simpleza de lo bello, la simetría de sus pechos e inició un camino de susurros y encanto comenzando en el ombligo, recorriendo esas sutiles curvas y queriendo llegar donde ella no lo dejaría. Con sonrisas propias de la complicidad y la vergüenza, se abrazaron mientras entraban una vez más en el húmedo éxtasis del amanecer. Llegaba el momento del final. Él se aferró a su pecho y llevándola hacia donde nacen sus latidos, se dejó llevar por una corriente que lo invadió. Suplicó permiso para ser él en su vientre y en segundos indecorosos lo cubrió de las ultimas esperanzas de volverse a ver. Caminó desnuda hacia el baño con una mueca de adolescente esperanzada, deseando que la mirada de esos ojos hazel, la obligara a cerrar los suyos para siempre.