/La venganza de Juan – Una partida contra el diablo

La venganza de Juan – Una partida contra el diablo

Las sierras tenían un aire a bandadas empujando el sol. Pájaros que se movían como figuras sin restos de cielo. Lucifer se tomó un tiempo y antes fue a Unquillo a visitar la capilla museo de Guido Buffo. Bajó del Intercórdoba y caminó cuesta arriba, entre el sudor y las piedras del camino y la estela de polvo que dejaban algunos autos. A mitad de camino, la casa de retiros espirituales de Don Bosco. Lucifer la ignoró.

– Los ricos vienen aquí a hacer retiros espirituales, ¡cuando el único retiro espiritual es la pobreza!

Dos kilómetros más arriba, la capilla que construyó Buffo en 1930, en un dejo de lúgubre romanticismo, en honor a su hija y esposa muertas. Su esposa fue la primera periodista argentina. La capilla fue aprobada por al arzobispo, en parte porque Buffo estuvo casado con una mujer de apellido, Allende. Ciencia y espiritualidad new age se funden en esta capilla que tiene una réplica del péndulo de Foucault en el centro, frente al altar donde la cruz se alza hacia la escasa luminosidad. Detalles de un visionario. En la cúpula está pintado el cielo, no un cielo de Michelangelo, sino una mano que sostiene una esfera representando el Universo, y la esposa e hija vivas entre esas nubes, como figuras centrales de su amor eterno. No hay un Dios en contacto con Adán, sino una esfera en una mano. Y la exaltación del amor, en un acto solitario y casi enajenado, aunque no carente de delicadeza.

La capilla está rodeada por árboles y arroyo y tierra y cielo. Luego de que fuera aprobada, durante su construcción el arzobispo notó que toda la obra escapaba a la tradición, y entonces puso como condición que se celebrara misa una vez al mes por lo menos, en ese templo esférico y oscuro que a un lado guarda en el piso las tumbas de los tres, la esposa, la hija y el propio Buffo, enterrados allí bajo el cielo que había pintado en los muros su romántico espíritu. El cuerpo muere, pero el trato con el cielo no cesa. Cielo que persiguen nuestros ojos muertos, que imagina nuestra mente como un reencuentro, y que nuestra fe convierte en morada que presentimos.

Dibujar el cielo es tener un alma de niño.

Lucifer salió y observó en las paredes exteriores de la capilla que Guido Buffo había grabado a mano el pentagrama de la Novena Sinfonía de Beethoven sobre la piedra de fachada. En esa búsqueda de armonía entre formas y sonidos. Armonía, término new age para expresar el egocentrismo y quitarle la monstruosidad de su piel bajo otra palabra, bajo una metáfora. La armonía es una metáfora.

Lucifer meditó por un instante sobre el alma de Guido Buffo. Se le había escapado por un pelo de concha, y ahora estaba ciertamente contemplando el cielo.

Luego bajó por la cuesta y tomó el Intercórdoba de regreso para inmediatamente dirigirse a Deán Funes.

El Jockey estaba atestado de humo y apuestas. Pancurto estaba sentado en una de las mesas, con las cartas en la mano. Alguien se levantó de la silla y Lucifer ocupó el asiento vacío y se sumó a la partida. Se desabrochó el largo abrigo y prendió un cigarrillo. Jura alguien que había visto a la Muerte allí, esperando dar el guadañazo aquella noche, pero que súbitamente se retiró asustada y se perdió en lo oscuro. Luego alguien dijo:

– Paisano, ¿no tiene usted calor con ese gamulán?

– Vivo resfriado. Un resfrío crónico que nunca pude curarme.

– Le apuesto que esta noche perderá desde el resfrío hasta el abrigo – dijo Pancurto bromeando con el desconocido.

– Y yo le apuesto que esta noche perderá usted el alma – dijo el diablo sin andarse con vueltas.

Pancurto hizo un gesto de desinterés. El alma no era lo más preciado que tenía. Lo más preciado era su casa y su cuenta bancaria.

– Para qué perder el tiempo apostando el alma, se la puedo regalar.

– Qué tiempos, por Dios… En fin, no me interesa otra cosa que su alma, señor. Póngala sobre la mesa, y yo pondré estas monedas de oro.

Pancurto miró las monedas y sus ojos brillaron. Nada tenía que perder, así que se abrió la camisa y tomó con la mano un puñado de aire y lo colocó sobre la mesa.

– Este aire, este vacío, es mi alma, señor – dijo, mientras los demás lanzaban una risotada y festejaban la ocurrencia.

Los otros se levantaron de la mesa y pronto el espacio se llenó de observadores de aquella partida extraña, que solo tenía dos jugadores ahora.

El diablo no se inmutó. Su mundo no era este, y lanzó una frase que se le ocurrió:

– Mi mundo no es de este reino.

– Vayamos a lo nuestro. Muestre las cartas, señor.

El diablo no tenía nada. Un cuatro de copas y tal.

– ¡Escalera real, putazo! Vengan pa´cá esas monedas – a Pancurto los ojos le brillaron casi hasta las lágrimas. – ¿Quiere apostar otra vez, eh?

– Ahí van más monedas.

El oro rodó sobre la mesa y Pancurto se deshizo en lágrimas de emoción.

– ¿Qué apostamos ahora?

– Su fe.

Pancurto se cagó de risa. Con la mano se arrancó la cadena con el crucifijo que llevaba al cuello, como es costumbre vieja el llevar una cadena con un crucifijo, vaya uno a saber porqué.

Un cinco de copas y un seis de espadas bajaron de la mano del diablo perezosamente, con el aire de quien gana la partida con nada.

– ¡Dos ases y tres treses, cago´n tu mare! – bramó Pancurto y levantó las monedas de oro, mientras pidió pollo para todos los presentes y le regaló, que estaba generoso, al diablo aquel crucifijo que había puesto sobre la mesa.

Quince minutos después le trajeron de la rotisería de enfrente diez pollos asados y arroz. Pagó con una moneda de oro y otra noche más que se fue triunfante del lugar. El diablo ya había desaparecido, pero de todas maneras el pollo no era parte de su dieta.

Ya de vuelta en el infierno, Juan lo miró asombrado mientras se le relataban los hechos delante de escribano. Cuál era la venganza, si el hijo de puta de Pancurto había ganado la partida, eso exigió saber.

Delante del escribano, Lucifer citó perezosamente esas palabras:

– El que pierde gana – hizo una pausa mientras los ojos de Juan no estaban convencidos de nada. -Mire, para que no se ponga en tela de juicio mi proceder y mi integridad, le citaré a Borges: Cada fracaso es un secreto triunfo.

– Hay gente que no sabe lo que dice…

– No es de lo mejorcito de Borges, cierto. En fin, se lo diré en otras palabras: cambiar el alma por el oro ya es perder. Cuando Pancurto tome conciencia de eso habrá sabido que perdió la partida.

– CUANDO tome conciencia… Mientras tanto está montado arriba de mi mujer y con el oro en sus bolsillos.

– De última – dijo el diablo -, cuando aterrice aquí se encargará usted mismo de cagarlo a trompadas y listo. Por lo pronto, he conseguido arrancar de su cuello el único amuleto de protección que tenía – y arrojó sobre la mesa del escribano el crucifijo como prueba contundente.

Juan tomó el crucifijo y en un acto sincero lo besó y lo abrazó.

Todas las miserias, todo el peso de las miserias, y los gritos aullantes y los deseos de venganza, y los actos fallidos y la tierra pudriéndose sobre los ojos, toda la muerte sobre las espaldas y la imposibilidad de renacer, todo el sol acabado, todos los dedos que señalan, los gritos de mis hermanos y sus razones, la oscuridad creciente y el lejano cielo, los espejismos que destruyen y matan, y al fin el término del amor y de la esperanza, todo se abrazó conmigo a la cruz del hombre que odiaba, y de mi ser muerto hace tiempo.

FIN