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Las luces de la ciudad

 

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Después de vivir 17 años en un pueblo tan hermético como pequeño, me decidí ir a la ciudad. A mis padres no les gustó mucho la idea, tenían miedo que «me manchara», «me arruinara», «cambiara». Pero ellos no sabían que lo necesitaba, la monotonía de aquel lugar perdido en el medio del campo de Tupungato ya no era para mí. Ellos, sus padres, sus abuelos, todos habían vivido, trabajado, procreado y muerto allí. Yo sentía que mi vida tenía que ser distinta. Y me fui sin hacerles promesas que sabría que no podría cumplir. Me fui, con una pequeña mochila con ropas y algo de plata. Me fui a ser yo misma.

Conseguí un trabajo de secretaria en un estudio jurídico, a dos cuadras de la plaza España, en Ciudad, y un departamento para vivir que compartía con dos chicas más. Empecé a escribir, cosa que me había gustado siempre desde chica, me tatué un paisaje de montaña en el brazo recordando a mi tierra pequeña y lejana, empecé a relacionarme con otras personas.

De a poco uno pierde el miedo. De a poco, uno empieza a crecer.

Esos ojos los vi de casualidad, verdes como las praderas de mis sueños. Con fuego en su cuerpo, como el infierno. Atrayente, no sé si para todos. Pero sí para mí.

Me impactó profundamente ver aquella mirada. Que se continuaba perfectamente con un cuerpo masculino, enfundado en traje y corbata, mayor que yo (unos 30 años) y con una voz profunda y grave.

Traté de ignorarlo. Como si no hubiese pasado nada. Pero hay veces que querer no es suficiente. Desearlo me era inevitable, aunque tuviese varios años más que yo.

Habían pasado unos meses cuando un día,  no sé cómo, Mariela y Roma, mis compañeras de departamento, me convencieron de ir a un boliche por la calle Gutiérrez, y como estábamos cerca nos fuimos caminando. Me prestaron un vestido negro bien apretado y ceñido al cuerpo, me maquillé los ojos bien negros, bien impactantes y me dejé el pelo suelto, largo hasta la cola. No sé, pero se me cruzó su cara por la mente. Ernán.

Fuimos y estaba tocando una banda tributo a Soda Stereo, banda que amo con todo mi corazón, y por un momento todo dejo de existir más allá de aquella banda que emulaba al trío. De pronto empiezan los acordes de «Entre caníbales», cierro los ojos y alguien me susurra al oído «Una eternidad esperé este instante». Abro los ojos, me doy vuelta y ahí está Ernán, no lo pienso mucho y me le tiro a la boca, esa boca que me desnuda a besos, esa boca que sabe muy bien que hacer. Mete su mano por debajo de mi vestido, toca mi sexo, nos miramos, me agarra de la mano. «Vámonos de acá» me dice, «Sí» asiento con la cabeza. No hay tiempo que perder.

Pensé en todo lo que podría pasar, yo era virgen pero no me importaba pecar con él, tenía en su ser una fuerza que me atraía extraña y profundamente. Llegamos a un edificio, se metió en la cochera subterránea y entramos. Su departamento era amplio, en el sexto piso y el balcón tenía vista a la plaza independencia, que de noche brilla única con las luces de neón. Cerré los ojos mirando aquella vista.

-Voy a hacer café-  me dijo, mientras yo me quedé recitando en mi mente la letra de aquella canción mientras que la expectativa iba creciendo.

«Come de mi, come de mi carne

Entre caníbales

Tómate el tiempo en desmenuzarme

Entre caníbales»

Se acercó y me empezó a besar el cuello. Sentí su respiración cada vez más agitada. Y le dije en voz baja

-Soy virgen, es mi primera vez.

Él lo tomo con una delicadeza y un tacto terrible, me dijo

-¿Querés que sea tu primera vez o lo dejamos para más adelante?»

Yo estaba lista. No dudé.

-Hagámosla increíble entonces»- me dijo, y me desprendió el vestido.

Yo le saqué la camisa, el pantalón dejaba notar una erección que se hizo viva cuando le saqué el bóxer. Me empujó hacia la cama, me sacó la tanga y sentí como su lengua iba dibujando figuras en mi sexo. De pronto el mundo fuera de eso dejo de importar, ese placer único de quién sabe bien lo que hace y lo que provoca es incomparable, y cuando casi acabo en su boca, se me subió arriba y me poseyó. Acabamos poco tiempo después con las luces apagadas, solo iluminados por el neón de las luces de la ciudad.

Esa noche fue increíble y no me arrepentí de nada. Esa sería la primera de muchas experiencias inolvidables con él en aquella ciudad tan lejana y diferente a donde nací. Aquella que por las noches se llena de amantes, amantes que, como nosotros, develan sus pasiones bajo el neón de las luces de la ciudad.

FIN

Dedicado a Ana de Sade, por encender pasiones

A ES por ser quien me encendió.