Las noche de las brujas

Le llaman la noche de las brujas

Lo que los desesperados confiesan

Cuando entre copas y llantos

Salen las penas del alma…

Veo sentada en la ventana cuando el sol se esconde entre la cordillera. Pasa todos los días y para casi nadie es importante. Es solo otro hecho sin importancia. Para mí no.

Él me empieza a llamar cuando estoy andando sin pensar demasiado en lo que pasará. No sé qué pecado confesaré o me confesará. Es la noche de las brujas, cuando la gente normal duerme. No somos normales. Nunca lo hemos sido.

¿Qué hora es? No sé. Pero es la hora en donde la ciudad duerme. Alguna hora en la madrugada, en donde empieza a ser tarde la noche, pero no llega a llamarse mañana. La luna llena está en su esplendor. Ideal para locos como nosotros.

Siento que me llama con su voz. Siempre nos encontramos en el mismo lugar. Pasa siempre de la misma forma. De noche somos otras personas. Pero recuerdo, solo nos vemos en las noches de las brujas. De día aparentamos mezclarnos en la multitud. Lo veo y me da un beso apasionado en la boca. Yo le beso el cuello, sé que eso lo excita.

Nos vamos al mismo lugar siempre. Es un bar clandestino en las inmediaciones de la plaza Chile. ¿Cómo nos conocimos? En este mismo bar, trago va, trago viene, era la noche de las brujas en donde compartimos penas, alcohol, sexo, y tantas otras cosas. No le sé su verdadero nombre, aunque él tampoco sabe el mío.

Nuestros bajos instintos se manifiestan. Somos expertos en lo que hacemos. Empezamos a tomar. Empezamos a hablar. Me cuenta que odia a su madre, que nunca le perdonó que lo abandonara cuando era chico. Y que se quiso suicidar, las marcas de la vergüenza las lleva en el pecho, cuando se quiso clavar un cuchillo y, como quien no quiere la cosa, lo llevaron al hospital y se salvó de morir desangrado. Por poco. Nadie más que yo lo sabe. ¿Qué le conté yo? Se ve que el intento de suicidio también lo llevamos en la cuenta de cosas en común. Yo lo intenté con psicofármacos. Acá estoy todavía.

Nunca le había encontrado el sentido a la frase de esa canción que dice «por las noches la soledad desespera» y es cierto. No solo desespera, duele y sangra. Por eso somos dos almas en pena que se encuentran y comparten algunas horas al día. Las horas más complicadas, las horas en donde estamos más susceptibles a confesar las penas del alma. El alcohol y la buena compañía. Mezcla explosiva.

Nos vamos despacio a una de las habitaciones que tiene el lugar. Y desnudos es cuando empiezan a aparecer las marcas. Yo le beso sus cicatrices, él me besa las mías. Hasta las que están más profundas salen a la oscuridad. Somos tan vulnerables por las noches. Todos lo somos. Solo que nosotros abrazamos esa vulnerabilidad y la compartimos. Nos entregamos sin miedo a la muerte. Y es que somos los dos iguales en cuerpos diferentes. Sus cicatrices, las he besado todas. Son iguales a las mías, y muchas de ellas aún sangran. Somos vagabundos del querer. A lo lejos se sienten unos gatos. Solo ellos nos acompañan.

No sé si sea amor. Pero son sobras de querer, es todo lo que nos podemos entregar. Somos mendigos de cariño, de alguien que nos dé un poco de calor. Que nos preste su oído por un instante. No solo la piel. Lo he visto llorar, él me ha visto llorar a mí, hemos hablado de tanto, mientras que el alcohol y las penas corren. Nos hemos puesto borrachos. ¡Bebamos mi amor, bebamos! Que el presente es hoy, el pasado ya es historia y el mañana aún no llega.

Y de pronto, después de transformar nuestras pieles en una sola, ha llegado la hora. En donde tenemos que volver a fingir que no nos conocemos. Vamos recogiendo la ropa tirada, y desnudos vemos el amanecer. Nos besamos apasionadamente, hasta la próxima vez que nos veamos. El ritual siempre es el mismo. Entramos juntos, salimos separados. Y viéndolo desde el umbral de la puerta, así como está, le digo «hasta la próxima». Cuando salgo y veo a mi alrededor, me doy cuenta que somos muchos los que fingimos ser otros con la luz del sol. Nuestros verdaderos seres aparecen de noche. Lo demás es pura mierda.

Y aquí estoy de vuelta. El sol está pleno en la mañana. Salgo a caminar por la peatonal y me tomo un café. Creo que vi su rostro en la caja de un banco. Me río para mis adentros y espero que en la próxima noche de las brujas me cuente, que siente con mis besos.

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