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Le petitmort o el amor eterno por 7 días

Todos sabemos que vamos a morir y sin embargo, vivimos como si fuésemos inmortales.

Emprender un largo viaje te para frente a la cualidad cambiante y efímera de la existencia. Tomás conciencia, si estás atento, que de aquí a tres meses  no podés garantizar que ninguna de las cosas que dejásestará en su lugar… ni siquiera podés garantizar que vos vas a ser el mismo. Entonces no te queda más que aceptar la naturaleza perecedera de lo que te rodea y amarlo profundamente mientras dura.

Dos semanas antes. Ese fue el punto en el que comencé a tener la sensación de que todo lo que conocía acabaría.

Esa noche, cuando fui a la casa de mi amigo a “ver una película”, sabía que los límites eran delgados y confiaba en que podía desdibujarlos con pasar un dedo.

Era un tema que ya habíamos hablado. Ambos compartíamos la idea de que el sexo es la expresión socialmente ilícita del afecto, y que lo único que impide la libre circulación de esta moneda tan cotizada es el sentimiento básico y mal gestado de apego. Él me atraía, y que hiciera caso omiso de mis insinuaciones lo ponía en un plano más desafiante aún.

Vimos una peli de Almodóvar y la vimos en su cama: vestidos pero tapados, manteniendo una distancia de amistoso respeto.  Por momentos, vi la peli. El resto del tiempo mi cabeza estaba en controlar a través de la respiración mi pulso acelerado, o en el calor hormonal que mi cuerpo acumulaba como una usina sin poder descargarse. ¿Mi compañero? Por momentos se dormía. Cualquier idea que yo antes hubiera tenido sobre su apatía sexual para con mi persona quedó ampliamente superada con esa actitud… pero soy insistidora y lo despertaba de tanto en tanto sin resignarme.

Terminó la peli y la noche afuera era muy fría. En un gesto que –para mi molestia- no guardaba segundas intenciones, me invitó a quedarme a dormir. “Hace mucho frío, mañana te vas temprano si querés”.

Procedí entonces a lavarme los dientes haciendo uso de mi dedo y cuando volví a la cama él ya estaba acostado sin remera. Insegura de mi proceder, me acosté vestida a unos 30 centímetros de su cuerpo y nos dijimos “hasta mañana”.

Y ese fue el momento exacto. Nunca en la vida me había sentido tan poco provocativa como justo ahí. Simplemente no lo podía creer…. Cerré los ojos con toda la fiebre corriendo dentro mío y el triste consuelo de que, al menos, ninguno de los dos comentaría jamás el episodio.

“Miranda”- dijo y abrí los ojos fingiendo desinterés – “estoy desvelado… y como es tu culpa porque no me dejaste dormir durante la película, creo que lo justo es que te quedes despierta”. Me reí.

“Tampoco puedo dormir… y no creo que ninguno de los dos lo haga hasta que aclaremos esta situación.”

Fue una buena introducción. Después de un debate sumamente racional sobre causas y motivos, supimos que ambos comprendíamos el aspecto teórico del sexo con amor y sin compromisos, pero teníamos miedo de llevarlo a la práctica. Porque el comunismo, en teoría, funciona… ¿pero quién puede garantizar que después de tener sexo con alguien no vas a enamorarte? No es algo fácil… y la amistad entre nosotros era valiosa para ambos.

Con una mentira por demás ridícula, decidimos que no tendríamos sexo: sólo dormiríamos un poco más juntos para bajar la tensión entre las cargas opuestas… ahá…

Fue una noche increíble y cuando nos despertamos al día siguiente había una paz contundente, así como uno imagina el amanecer en esos sitios donde nadie lo está mirando.

Volví a mi casa sumamente feliz y todo ese día fue una repetición reiterada de escenas, de esas que suelen proyectarse mientras uno pone cara de nada y… sonríe. Me di cuenta lo que estaba pasando y decidí decirle a mi amigo lo que sentía.

Claramente para mí no había funcionado lo del sexo desapegado: estaba enganchada por demás. Pero me esmeré en resaltar el hecho de que partiría en una semana por largo tiempo y que ambos tendríamos tiempo para que todo volviera a la normalidad y poder seguir siendo amigos.

Aceptó la propuesta en apariencia inocua y nos dimos la oportunidad de amarnos durante 7 días.

Nos llamamos, nos escribimos mensajes, nos mandamos mails enamorados. Salimos juntos, cenamos, nos contamos mucho más de nuestras vidas. Vimos pelis, hicimos el amor, dormimos abrazados.

La última noche que pasé con él algo extraño sucedió en mi interior. Viendo la luz del alba que acechaba como el final de un cuento feliz, sentí dolor por lo que terminaba. “No quiero que te vayas” le dije. Si bien sabía que era yo la que en unas horas volaría cruzando un océano, sentía con total subjetividad cómo pronto aquella habitación, ese sentimiento de intimidad y esa historia se alejarían de mí. Al día siguiente todo sería un bonito recuerdo. Hubiera querido decir que lo extrañaría, pero sabía que no era así: seguiría con mi vida. No habría lágrimas ni novela de imposibles. El momento presente que tanto significaba para mí, pasaría como todas las cosas trascendentes e intrascendentes pasan… sin dejar más restos que los que un sueño puede dejar.

Lo besé entonces y le agradecí por hacerme sentir amada de un modo tan maravilloso. Y unas horas después, en el avión, escribiría la historia en un intento inútil de inmortalizar los sentimientos sobre papel.

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