Lluvia ácida

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Lluvia de flores.
Un cuervo busca en vano
su nido.
Matsuo Bashō

Empezó a llover, despacito, con pereza; busqué los baldes para paliar las goteras intrusas, furtivas y petulantes.

Era una lluvia rara, como pequeñas chispas de electricidad mojadas, que estallaban como minúsculas bombas nucleares. Luego, en el apogeo de su expansión, comenzaban a corroer el sitio dónde las gotas habían golpeado. Se comían la materia como si fuese una delicia imposible de evitar.

Que llueva, que llueva, la vieja está en la cueva…

Un pájaro atravesó las nubes mojadas, en un segundo electrizante sólo quedó su osamenta, que siguió volando como si nada.

Se iban abriendo agujeritos en el techo de las habitaciones de casa que mostraban el cielo de hule violeta.

Una nube intentó escapar de la carnicería inútilmente. Primero fue despellejada, luego descuartizada y, por último, sólo quedó su esqueleto al garete en el horizonte inquieto.

…Los pajaritos cantan, la vieja se levanta…

Ya no era una lluvia que carcomía las cosas, se había convertido en una atroz tormenta que destruía todo a su paso con su agua antropófaga y sus malos tratos para con todos.

Caían gotas que gritaban de odio, que mordían y despedazaban techos, árboles, personas, peces de colores, estatuas de mármol y caleidoscopios rengos, pero no a los gatos, extrañamente a ellos los trataban con un respeto singular, como si fuesen semidioses. La tempestad los acariciaba y les daban atún en lata.

Ni siquiera los mojaban.

…Qué si, qué no, que caiga un chaparrón…

No se podía salir, no se podía estar adentro de la casa, en cualquier lugar que estuviéramos la lluvia nos alcanzaría y nos desollaría y nuestro interior sanguinolento quedaría como nuestro cuerpo verdadero.

Los perros nos seguirán porque olerán nuestra sangre, pero ése es otro tema.

… Con agua y jabón…