Los cuentos de Diem Carpé: Salto al silencio

-Hey… ¡Hey! ¿Me estás escuchando? Ves lo que te digo, no me escuchás nunca.-

Y en cierta parte, era verdad. Él estaba totalmente sumido en la aventura de pensar más allá. Escuchaba las voces, pero no entendía lo que le decían, su mente se había colgado y ahora viajaba en algún suspiro de viento,  o se dejaba caer con las gotas de roció de alguna juguetona nube.

Al principio era totalmente imperceptible. Empezó a quedarse callado en alguna que otra reunión. Algo que en el medio de una charla numerosa, nadie notaria. Pero con el tiempo su condición se agravó. Simplemente pasó a ser una persona solitaria, que se quedaba en silencio por los rincones, mirando un punto fijo en la nada.

Sus allegados lo tomaron como una ofensa. Y los que no lo conocían, se alejaban como esquivando alguna enfermedad contagiosa. Pero la peor parte, sin lugar a dudas, se la llevo la persona que vivía con él.

El amor de su vida jamás quiso abandonarlo, pero todas las opciones se le vieron agotadas.

-Hey… ¡Hey! ¿Me estás escuchando?- gritaba en espera de alguna reacción. Pero nada pasaba.

Rechazada, ignorada, se sintió de más. Lastimada como estaba, cogió sus cosas y se paró en el marco de la puerta de aquel departamento que era su hogar. Dispuesta a irse para no volver jamás.

-No vas a decirme nada, ¿verdad?-

Sentado en un rincón como estaba, a la deriva de la oscuridad, levantó la vista.

¡Una reacción! ¡Después de tanto tiempo, mostraba una reacción!

Apretó las manos, hizo fuerza con sus rodillas para ponerse de pie…pero no pudo. Algo dentro de él no reaccionaba a los impulsos.

El amor de su vida, seguía parado en el pórtico de salida del departamento, esperado una palabra, un gesto. Cualquier ademan que la hiciera quedarse para siempre.

-No vas a reaccionar ¿verdad? Si te causé algún problema, te pido perdón-

La puerta del departamento sonó como un balazo. Y en su mudo mundo, percibió la sangre resbalando de su cien. Apretó las manos, intentó con todas sus fuerzas hablar o al menos ponerse de pie. Pero no pasaba nada. Tanto tiempo habitando en sus interiores lo habían dejado incapaz de hacer el mínimo movimiento motriz. Haciendo uso de una fuerza sobre humana, hizo el mayor esfuerzo, y lo único que consiguió fue caerse de bruces al suelo

¡Cruel destino que lo dejaba a la deriva de la nada misma! ¡Maldito cuerpo que lo traicionaba cuando más lo necesitaba! ¡Tantas veces se desplazó como una brisa por las calles, pensando en Dios sabe qué cosa, y ahora estaba arrastrándose como un infante, aprendiéndolo todo desde cero!

Conseguía moverse con sus codos, a la rastras del piso, mientras emitía quejidos de respiración. El mundo dentro de él, estaba intentando entrelazarse con la realidad. Pero era costoso. Y el tiempo, a la vez, limitado. El amor de su vida debía estar ahora a metros de distancia, metros que para él eran imposible de alcanzar.

Con muchísimo esfuerzo y después de mucho tiempo, llegó a las rastras a la puerta. Empujo el picaporte y quedo mano a mano con el exterior. El último departamento del edificio de nueve pisos era el suyo. A la derecha el ascensor, y a la izquierda la puerta hacia la terraza.

Giró a la derecha y con muchísimo ahínco intento apretar el botón para llamar al ascensor, pero su fuerza no alcanzaba, estaba totalmente solo y no había lugar adonde ir.

Fue cuando su mundo interior lo abrumo por completo. Tanto que destrozo la realidad.

Al cabo de cinco minutos se encontró parado. Un viento fuerte golpeaba su cara y le hacía volar sus vestimentas. Esa laguna mental, lo había llevado a doblar a la izquierda y subirse al borde del barandal de la terraza.

Se asustó como nunca.  Intentó gritar, pero otra vez, estaba mudo. Fue cuando comprendió la más triste verdad. Su mundo interior estaba de cabeza, y lo que era peor, estaba habitando un asesino por los pasillos de su mente, un asesino que clamaba la sangre de su primera y única víctima. Él mismo.

Intentó con mucha fuerza bajarse de la baranda, o lo que fuese que le ayudara a salir de esa horrible situación. Pero todo era inútil.

De pronto un pie se soltó al vació, e hizo que el contrapeso fuera inevitable de sobrellevar.

Cerró los ojos.

En su mundo se vio volando de la forma más peculiar y vio las estrellas teñirse diferente aquella noche…

-No vas a decirme nada, ¿verdad?-

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