Los cuentos de Diem Carpé: Síndrome de abstinencia

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Creo que fue aquella noche cuando tomé la decisión.

Tal vez el detonante fue sentirme caminando sólo mientras las calles eran un mundo de gente. O quizás, el hecho de no generar sombra alguna ante las luces de la ciudad. Un hecho triste si los hay.

Llegue bastante acelerado a mi habitación, y con pasador me encerré en el interior. Sabía que debía librarme del padecimiento. Pero no sabía cómo, ni cuánto iba a tardar. La única certeza era la necesidad del fin.

Me senté en la cama mientras las luces rojas de aquel desalmado reloj despertador, marcaban las tres de la mañana. Cualquier hora es buena hora para una decisión así.

Los efectos empezaron a hacerse notar a la media hora de arrancada la cesión de abstinencia. Lo primero que golpea es la memoria; ese puto rinconcito de la mente humana que muchos quisiéramos reiniciar una, otra y otra vez.

Es imposible mejorar si la memoria va a estar gritando segundo a segundo las cosas que –creemos-nos hacen sentir bien, pero engañosamente nos consumen de a poco.

Me pongo de pie de un salto, me saco los zapatos y piso descalzo el suelo, buscando un electroshock de realidad contra las frías baldosas. Camino tres pasos y volteo, tres más y volteo nuevamente. Girando a mí alrededor. Cualquier cosa es buena para evitar pensar.

En una de esas vueltas, me encuentro con el espejo. Y así, conmigo mismo. El único culpable de sentir esto, es el que me mira atrás de ese vidrio.

Una mueca de mi cara golpea la imagen reflejada de estar abrazado a lo que estoy intentando dejar.

¡Basta, basta! ¡Esto es imposible! Como puede uno crear abstinencia a algo que tan bien nos hace sentir.

El sudor frio abunda por todas partes. La ropa empapada pegada al cuerpo. Los sentidos se hacen grandes. Gigantes. Puede uno sentir hasta los poros respirando a través de la piel. Grito en silencio. Me quedo con la garganta seca y ajeada.

Me muevo contra las paredes de una habitación que parece achicarse. Trato de distraerme abriendo cajones que, parece, hacen siglos no se abren. Con manos temblorosas despejo la abarrotada gaveta: papeles y artilugios guardados con finalidad cero. Y en el fondo, casi olvidada, una foto.

Dos personas sonríen abrazadas. Están enamorados. Uno soy yo, la otra es ella.

Y de la nada, silencio. Etéreo silencio. Silencio que entra y me hace entenderlo todo. Este síndrome de abstinencia no podrá ser calmado jamás.

El mismo reloj despertador, marca ahora las seis de la mañana. Abro la puerta de mi habitación. Afuera clarea el alba. Una cajetilla de cigarrillos me invita uno.

Descalzo, me siento en el escalón que da a la calle. Completamente sólo. La bocanada de la primera pitada se eleva y se pierda con la brisa matinal. Atrás de la cortina de humo aparece mi mano sosteniendo aquella foto. Sonrío y cierro los ojos. Los abro y frente a mí, veo que ha vuelto mi sombra a hacerme compañía.

Seguramente la noche del día que acaba de empezar, me verá otra vez golpeando las paredes, bailando la patética danza del síndrome de abstinencia. Pero ahora es ahora, y ahora estoy. Y ahora la siento conmigo. Y entonces nada puede salir mal.

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