Los cuentos de Diem: Cuando las deudas son promesas

No, querido lector, no está leyendo mal. No estoy confundiendo aquel viejo dicho que tanto usamos cuando queremos traer a colación algo que nos olvidamos para tal o cual persona. Hoy lo prometido, no es deuda. Es al revés.

Todos en algún momento de nuestras vidas, satisfechos o no, nos encontramos de una u otra forma llenos. Tal vez –y debería ser un pecado- no nos damos cuenta de ese detalle tan importante, y como es natural del ser humano, queremos seguir llenándonos más y más.

Pero dejémonos de palabrerías de manual y vamos a lo que este escrito atañe: una historia.

Tal vez de pequeño, cuando mi corazón mandaba más que mi mente, me sentí lleno. Lleno en la vida, con todas mis metas y todos mis aspectos completos. Les recuerdo, era muy pequeño, y tal vez en aquel momento, mi meta era algo simplona o hasta burda si se quiere llamar. Pero ahí estaba yo, un pequeño entre tantos, sintiéndose total y completamente lleno.

Es asombroso como ahora, dejando el lápiz unos segundos para recordar, se me viene a la mente lo mal que me sentía por estar en una situación así. Es increíble lo vacío que uno se encuentra, cuando se siente lleno.

Cabizbajo en mi habitación, con ningún aspecto que satisfacer y con pocos problemas que afrontar, me encontraba aquella noche que tomé la decisión.

-Voy a hacer un listado, y a cada puntito (en ese momento seguramente no conocía el significado de la palabra ítem) le voy a asignar si estoy satisfecho o no-

Y así empecé: “Familia: ok. Amigos: ok. Salud: ok”. Y así, varios etcéteras más.

Cuando acabé, mire la lista detenidamente, revisando que nada me faltara. Efectivamente, nada me faltaba. ¡Que decepción!

Sé que muchos de ustedes dirán: ¿Decepción? ¡Quién pudiera estar bien en todos los aspectos de la vida! Pero recuerden, yo era solo un pequeño. Alguien con la facilidad de estar bien con el más mínimo de los placeres.

Salí de mi cuarto más triste aún. Refunfuñando por no encontrar un aspecto al que tildar de “no completo”, me dispuse salir la calle. Estando afuera, contemplando la nada misma y pensando en todo, apareció ella. La vecinita que tantos suspiros me sacaba. La salude tímidamente, y cuando me retribuyo el saludo, una vacante se abrió en aquella impenetrable lista.

Corrí a mi cuarto, busque la lista y anote: “Amor:…no completado aún”.

Vacío nuevamente ¡Lleno nuevamente!

Tal vez, en aquella edad, ni siquiera sabía lo que era el amor de verdad (¿Es que alguien lo sabe realmente?) Pero esa simple acción, aquel saludo, me había hecho recordar algún ítem (o puntito) olvidado ¡Tan metido en mi dilema y olvidarme de algo así!

Fue en ese momento, siendo niño aún, que me prometí a mí  mismo deberme algo siempre. Porque si hay deudas en nosotros, hay una meta que cumplir, un puntito a tachar en esa lista de ítems que se hace interminable día tras día. Porque, les repito, es increíble lo vacío que uno se encuentra, cuando se siente lleno.

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