Los cuentos que Diem Carpé cuenta: Bajo Presión

La casa estaba deshabitada aquella tarde que colaba inviernos por debajo de la puerta. Se sentó en el suelo del comedor y sacó un cigarrillo del bolsillo superior de su camisa. Con manos tiritonas le dio fuego al vicio. La primera pitada fue onda y profunda, como si quisiera con humo acallar las voces del interior. Un maltrecho traje vestía su cuerpo castigado por un rutinario miércoles. Los  ojos, delineados por grandes venas rojas, destilaban impotencia. ¿Impotencia de qué?

El reloj de la pared estaba en esa etapa en donde las agujas avanzan una vez y retroceden dos. Pero el estaba inmutado, casi en un estado catatónico, tanto como para no advertir aquel hecho. Hecho que, en alguna otra situación, lo hubiera puesto de mal humor. El suelo empezaba a tornarse frio, pero él no notaba nada en absoluto, estaba en un maligno trance. Las piernas encogidas y los brazos hacia arriba, culminando con dos manos en la frente. Una postal de lo que la angustia les hace a los hombres más fuertes. ¿Angustia de qué?

Las lágrimas comenzaron a brotar sin que él se diera cuenta, los labios empezaron a apretarse contra sus dientes y el ceño se frunció hasta la cúspide de la nariz. Los dedos que sostenían torpemente el cigarrillo, se volvieron violentos, tanto que destruyeron el vicio de un santiamén. Las palmas de las manos se convirtieron en puños, puños que golpeaban el piso una y otra vez. El grito ahogado en humo de cigarrillo en su interior, se convirtió en un rugido cargado de bronca en el exterior. ¿Bronca de qué?

Se levanto del suelo y con la voracidad de un oso, desgarro su saco, su corbata y su camisa. Los cueros maltrechos de su piel, quedaron descubiertos al exterior, temblorosos en el frio de aquel invierno que ya no sólo se colaba por debajo de la puerta, sino que ahora reinaba en toda la habitación. Reventó algún plato contra el suelo, empujo sillas y pateo puertas; todo en una mezcla de llantos y gritos guturales. Se estaba transformando, él lo sabía y no había forma de detenerse.

Cayó rendido al suelo, sollozando el malestar que su vida pasaba. Se encogió en posición fetal, cerró los ojos y se quedo dormido. El frio, rey ausente de la habitación, le colocó una cobija de impávidas cuchillas para abrigarlo.

El jueves despunto en el alba de un día más. Despertó en el suelo de una habitación gris. Miró el reloj que giraba en el mismo lugar, y se enfadó por eso. Se levantó del suelo, miró sus fachas en un espejo y resignándose con la cabeza, se cambio de traje. Se lavó la cara, agarró su maletín, salió a la calle y volvió a ser él mismo de todos los días.

Impotencia del no ser, angustia de sucumbir, bronca de querer cambiar y no poder. Esas son las respuestas que no encontró. Esas son las respuestas que uno no puede meditar cuando se enoja por un reloj que avanza una vez y retrocede dos. Cuando nos demos cuenta de que lo banal es el frio que se cuela por debajo de la puerta, aprenderemos a abrigarnos con el calor de la decisión. Decisión de ser libres y no sucumbir bajo la presión.