Los cuentos que Diem Carpé cuenta: El Protagonista

Yo se que el sol le es indiferente. Es que a le da igual si las nubes le tapan la luz, o si tal vez un chaparrón travieso le bañe su pelo hasta las raíces. Yo se que le da igual, y no puedo evitarlo.

Sigo pensando en aquella vez que tomé un libro de mi biblioteca, abrí una página al azar y saqué su nombre. El nombre que tal vez me marcaría para siempre. Pero que podía hacer yo. Si tan solo era un alfeñique con ansias de vikingo. Un pésimo escritor con un cargador a tope de ideas.

Le creé una vida, y una razón para tenerla. Lo doté con los mejores atributos y características. Lo hice impredecible como el mar y libre como el aire; dócil como la arena, pero ardiente como el fuego. Se transformó en la mejor mixtura jamás creada por mi tembloroso lápiz.

Con el correr de la historia, le cambié sus pesares, sus amores y sus caminos. Jugué a ser un Dios; señalando con el dedo desde cómo debía sentarse, hasta cuando debía comer o incluso, respirar. Estúpidos delirios de grandezas de todos aquellos que escribimos. Pero todo sur, tiene su norte… todo yin, tiene su yang.

Tapado de hojas de historias precisas, fue que empecé a notarlo. Había cambiado infinidad de veces sus escenarios y, bajo el rigor de mi lápiz, jamás le había convencido ninguno: siempre lo noté disgustado cuando lo hacía caminar de noche por calles húmedas, o lo sentía inquieto cuando lo dejaba llorar hoja tras hoja, desgastando sollozos por un amor no correspondido.

De un día para el otro, me estanqué. Me encontré con una historia de cientos de hojas escritas, pero con un personaje totalmente carente de sentido. Un personaje que se asemejaba más a mí, que a un héroe de novelas.

Y ahí lo entendí. El personaje estaba mutando, y en cada mutación, le metía una parte de mí.

Y es que yo no soy ningún héroe de ninguna novela. Soy el actor de mi propia vida. Todos somos personajes de nuestras propias historias, y cada una es única, ineditable, impublicable e irrepetible.

Sostuve entre las dos manos aquellas páginas escritas, entre las que aparecía una y mil veces, el nombre de aquel personaje tristemente célebre; y con fuerza, las hice volar por toda la habitación. Mientras me movía bajo una lluvia de hojas, salí del lugar. Abrí la puerta, y con un suspiro, logré que me diera igual si afuera había sol, tal vez nubes, o tal vez algún chaparrón que bañara mis pelos hasta las raíces. Después de todo, soy yo quien puedo llegar a ser  impredecible como el mar y libre como el aire; dócil como la arena, pero ardiente como el fuego…

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