Los Cuentos que Diem Carpé cuenta: Estado de Espera

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“Si vienes, por ejemplo, a las cuatro de la tarde; desde la tres yo empezaré a ser feliz.”

Es una historia difícil de contar y sobre todo difícil de sentir. Porque lo que ellos sintieron esa noche, solo quedará para ellos y nadie más.

Él, sereno como noche de primavera, sentía el amor por primera vez. Sentía, ¡y eso le asustaba tanto! Es que la emotividad del hombre siempre es considerada una perdida entre los dividendos de la sociedad. No es fácil darse el lujo de derrochar sentimientos, no es bien visto; y por supuesto, no es bien retribuido. No estaba completamente seguro de entregarse, y mucho menos estaba preparado para dejarse llevar. Pero ahí estaba, era un niño sintiendo por primare vez la luz humana en la cara. Era un fantasma pudiendo tocar sus alrededores.

Ella, aniñada y efímera. Se refugiaba en el día a día de las noches. Jamás había tenido oportunidad de amar, y por eso le mostraba los dientes a todos aquellos que osaban sentir. Si se sentía ajena a algo, era lógico que reaccionara con miedo. Pero nunca se le ocurrió cambiar el miedo por valor. Siempre dejo todo al tiempo, y este tirano sólo agrandaba la deuda con su corazón.

No podría decirles con exactitud cuando fue que llegaron a saber el uno del otro. Pero si les puedo asegurar que los caminos se cruzaron como por obra del destino. Y entonces se conocieron sin mirarse, y así, sin mirarse se amaron desde el principio. No se tocaron ni por un instante, y en todos los instantes se sentían juntos. Los cuerpos eran extraños, pero las mentes trabajaban como una. Era la magia bailando con todo misticismo sobre ellos.

Pasaron los días, las semanas y los meses. Seguían sin verse, pero amándose a la distancia. Hasta que un día él no aguanto más y decidió que los sentimientos afloraran y que los cuerpos se encontrarán. Entre nervios y torpezas, encontraron un lugar que pudiese darles abrigo para una cita conformada. Esa misma noche, mientras hablaban, se dijeron las cosas más hermosas. La noche no fue larga, pero si fue largo el amanecer. Después de compartir las palabras que los corazones callan, no se puede esperar más que cosas buenas para ellos.

Llegó el momento. Él se apresuro al espejo de su habitación: se vistió de señor, se perfumo para matar, y perfilándose como un caballero, juntó su coraje en el bolsillo y partió al encuentro de ella.

Él llegó. Ella no.

Pasaron las horas y nada pasaba en los alrededores. El lugar que les daría cobijo, le decía ahora que ya era tiempo de marcharse.

Camino por las calles perdido, como confundido y desilusionado. Le echo la culpa a ella, se echo la culpa a él, culpo a Dios, al mundo y al destino. Pero nada lo tranquilizaba. Cuando llego a su casa, intento contactarla, pero no la encontró. No volvió a encontrarla nunca, como si nunca hubiese existido.

Lo que muchos no saben es que él no perdió todo sus sentimientos en aquel juego de ruleta rusa contra el amor. Algo le quedó, y era su honor de hombre. Honor a la palabra de que él la esperaría para aquella cita reveladora. Y ahí está él, cabizbajo, como buscando ese coraje que se le cayó del bolsillo aquel momento. Él, esperando eternamente en aquel lugar que los abrigaría para siempre.

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