Los cuentos que Diem Carpé cuenta: Irrealidad

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Resulta que el escritor de variedades había logrado conseguir el resultado perfecto. Libro tras libro, publicación tras publicación; el cuentista se entretenía mirando como el lector se perdía aturdido entre las hojas de sus anecdóticos pasares. A veces, hasta sonreía maquiavélicamente dejando ver una mueca pícara, como si alguien hubiera sido víctima de sus jugarretas.

Es que el cuentista había encontrado la mezcla justa que se necesita para lograr un excelente escrito. Después de años de mezclar pociones sobre las hojas, y conjuros sobre los lápices, dio por casualidad con la perfecta combinación de factores: la realidad y la irrealidad.

Antes que nada se creó él mismo: se inventó misterioso y secreto, para que así, nadie pudiera conocerlo a fondo. Después, se echó a vivir, para poder así llenarse de historias que contar. Y finalmente, se dejó volar, lo que le permitió llenarse de un mundo de fantasías y quimeras.

Con estas mixturas en la mano, se decidió a apoyar el lápiz sobre el papel. Empezó con diez hojas que pronto fueron cien, doscientas y después quinientas. Se sintió escribir en un pestañeo, como si el reloj no hubiese pasado, como si todo hubiese sido parte de un sueño.

El primer libro salió publicado y para él todo fue conquista. La gente desconocía a aquel misterioso escritor, pero se sentía identificada con las vivencias, al mismo punto que no entendía como algo tan cotidiano como una anécdota, podía ser tan maravilloso.

Como les dije, la mezcla era un éxito.

Pasaron los años, y los libros que salían publicados un día lunes, se agotaban el día martes de la misma semana. El escritor empezó a vivir una vida de ensueño, y para no perder tal ganada fama, se cobijó aun más en sus tres fundamentales factores: se volvió una sombra, al punto que la gente empezó a tildarlo de ermitaño. Empezó a tratar de ganar más anécdotas de las que cualquier ser humano pudiese tener, y creó un mundo de fantasía tan irreal, que resultaba difícil querer salir de allí.

Un día como cualquier otro, mientras el escritor pestañeaba entre hojas y hojas de lo que prometía ser su próximo éxito, sucedió algo extraño. La puerta de la mansión del cuentista sonó con uno certero golpe. Entre enojado y asustado, el escritor se levantó de su escritorio para abrir. Cuando el pórtico desnudó el exterior, el escritor no podía creer lo que veía. Toda su casa estaba ahora flotando entre nubes. Nubes de todos tamaños y densidades, nubes pequeñas como un átomo y otras gigantes como montañas. Nubes esponjosas como algodón y otras nubes cargadas de tormentas duras como roca. El cuentista retrocedió tres pasos y al enredarse con sus pies, cayó de bruces al suelo.

Pasó un tiempo inconsciente, tirado en el suelo de su hogar. Pero cuando hubo recobrado la memoria, se apresuró a la puerta de calle, y al abrirla, se encontró con la normalidad misma: con las mismas calles, las mismas casas y los mismos arboles. Nada había pasado.

Atribuyo su desliz mental a algún golpe seguro en la cabeza y riendo para adentro, volvió a su escritorio.

Cuando fue a agarrar el lápiz para continuar, notó un pequeño punto en el escritorio que se movía. Se acercó para ver y era una persona del tamaño de una pulga. Por supuesto que se asustó, por supuesto que gritó y por supuesto que volvió a mirar. Pero ahora ya no era un punto, eran cientos y todos le gritaban en un lenguaje inentendible. El escritor, entre perdido y atemorizado, corrió por los pasillos de su casa con gritos certeros de terror. A medida que avanzaba, se topaba con criaturas que parecían sacadas del mejor cuento lovecraftiano. El terror iba en aumento, y la irrealidad empezó a devorarse a la realidad, a tal punto, que el escritor desconoció su hogar por completo.

El día posterior a estos hechos, un allegado del cuentista irrumpió al hogar advertido por algunos vecinos de la zona, que acusaban gritos que provenían del interior. Cuentan los curiosos, que el escritor fue hallado en posición fetal, en un rincón de alguna habitación. En la casa no se encontró nada extraño, solamente sobre el escritorio del despacho, había un original de un libro a medio hacer.

Aquel cuentista, que encontró la fórmula perfecta para caminar sobre el umbral de la irrealidad: se había aislado de las personas dejando todo rastro de sociabilidad en la nada misma, se llenó de anécdotas que son difíciles de vivir en la soledad, e inventó un mundo de fantasías donde volcar aquellas vivencias. El escritor, entonces, había enloquecido.

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