Los Cuentos que Diem Carpé cuenta: La última canción

ADENTRO

“…Porque el cielo da, y el cielo quita…”

Cuando la banda afinó para la última canción, ya quedaban pocas personas presentes en aquel bar de mala muerte. Ese donde los amores duran minutos, y las penas se pesan por toneladas.

Entre la batería y la guitarra en voz, me encontraba sentado sobre el amplificador, empuñando el instrumento que me eligió como compañero. Aquel retumbar de cuatro cuerdas que no todos aprecian, pero todos irremediablemente escuchan: el bajo.

Las luces del precario escenario se encendieron tenues, y ojee la lista de temas. Me encontré con la sorpresa de no recordar haber guardado para el final mi canción…mejor dicho, su canción. Esa que compuse para ella en aquella madrugada de invierno, cuando todavía el amor ardía en la piel y lo único que importaba era estar juntos.

El “Do” inicial lo dio la guitarra. Lastimosa y desgarradora como pocas veces. Entrabamos la batería y yo juntos, sincronizando los cerebros. O al menos, eso esperaba.

Es que mi cerebro no estaba del todo en la presentación. Mi cerebro ahora goteaba calendarios. Se dejaba llevar por la música y me transportaba tiempo atrás.

Como si mirara por la ventanilla de alguna fortuita máquina del tiempo, pude contemplar aquella primera vez que la vi bajar del ascensor, angelada y eterna. Me dejó reaparecer en el primer beso, y en el último también; ese que nos dimos bajo lágrimas y miradas esquivas. Me dejó volver a Enero, y me dejó morir en Junio. Me repasó por las locuras de las citas, las primeras salidas y los últimos gritos enfrentados. Me dejó una vez más ver su cara al llegar, y me dejó ver su espalda al marcharse para siempre.

Un golpe seco del redoblante, me hace volver a mí. Me doy cuenta que estaba escapando con la música. El mejor de los viajes si no me equivocó.

La canción sigue, y mi mente también. Contemplo el mástil de mi bajo con pena, como si le quisiera contar a mi mejor amigo de cuatro cuerdas que estoy entendiéndolo todo. Que este viaje al pasado para con ella, no es más ni menos que la respuesta que nos estamos brindando mutuamente: el adiós para siempre.

Hace ya varias semanas que lo sé fuerte en mi interior, pero como un terco golpeando una pared, me negaba a aceptar. Es hora de decir chau por última vez y dejar ir para seguir. Tal vez el tiempo cíclico e idiota, nos regale más sorpresas. Pero la existencia hostiga el seguir; y en los anales de mi vida quedara aquella botella de champagne a medio tomar en su heladera, aquella marioneta que fabricaba con mi mano para entretenerla y la banda para el pelo que aún no saco de mi billetera.

Esta última canción será también la última huida que me permitiré. Lo sé.

La canción llega a su fin. Pocas palmas desde abajo del escenario nos obligan a despejar las tablas, miro a mis compañeros que me preguntan si estoy bien. Tal vez los ojos húmedos fueron lo que me delataron, o la distracción que el viaje me provocó. No lo sé.

Con un pulgar arriba les indico que todo está perfecto. Una triste sonrisa esbozada, marca una mueca para dejarlos tranquilos.

Empiezo a acomodar los cables, a desconectar equipos y a guardar los instrumentos. Casi sin notarlo, estoy sacando un cigarrillo al mismo tiempo que le regalo una mirada a la nada. Y es ahí, en ese momento mientras todavía tarareo la última canción, que con un largo suspiro le estoy dando el último adiós.

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