Los cuentos que Diem Carpé nos cuenta: Ana

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“Ana se duerme de una vez, el perro ladra pero el día terminó. Un rato antes de soñar, repasa el día y llora una vez más…”

Su vida transcurre férrea. Quien la viera en la calle, sólo podría asombrarse de la seguridad que Ana despide al caminar. Una mujer entrada en edad, con ya varios problemas solucionados, se perfila a la vida de forma madura. Y eso en Ana se nota. Deja una estela de raciocinio por cada paso firme que da. Y en su vida, todos son pasos firmes.

Con mano dura y a golpes, se dio un lugar en alguna exitosa empresa. Sin falta de nada, se vistió con las mejores ropas, se decoró con las mejores joyas y los más exquisitos perfumes cubrieron su piel. Sus amistades rondaban los altos círculos sociales, mientras que los personajes más excéntricos la miraban con recelo.

La vida de Ana es así, aparentemente firme; y adelante del ojo más vago, completa.

Cuando la noche la encuentra sola, Ana vuelve a su departamento. Un lugar plagado de enseres finos se vislumbra frente a la más fina mampostería. Todo ordenado. Pero todo en unitario: Una silla, una mesa, una cama de una plaza. Todo ordenado…pero ordenado para una persona.

Hay algo dentro de Ana que es más fuerte que su fortaleza. Algo dentro de todo ese aspecto de mujer dura y bien plantada, que demuestra la debilidad más dolorosa: Ana está sola.

Va con pena hasta la alacena, toma un vaso y lo llena con agua. Lo bebe por sorbos, y el ruido del agua al pasar por su garganta, retumba en el solitario departamento. Agacha la cabeza y el pelo le cubre la cara, como si sintiera temor de ella misma. Y es que suena hasta entendible…cuando uno crea un caparazón y se queda adentro, salir al exterior se agota como opción.

Camina y se marcha a la cama. Con cada paso firme que da contra el suelo, una lágrima temerosa se escapa de sus ojos. Ana llora y no hay nadie que la escuche, no hay nadie que le diga que todo va a estar bien. Se desviste frente al espejo, y mientras el reflejo le muestra una mujer hecha y derecha, Ana se ve frágil, doblada y quebrada. Apaga la luz, se acuesta y se queda mirando al techo.

Las agujas del reloj truenan en el silencio de la noche…en el silencio de su soledad. Y Ana llora, llora aferrada a la almohada. Llora por no poder salir de su caparazón, aquel que construyo con tanto ahínco. Llora porque mañana reirá de las banalidades, saludará a gente a quien nada le importa y triunfara en el vacío del mundo al que se sometió.

Ana llora, y poco a poco la luz que destellan sus ojos, se va apagando.

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