Los cuentos que Diem Carpé nos cuenta: Epifanía

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Se cansó de estar encerrado en las cuatro paredes, las mismas cuatro paredes que lo miraban sin ojos, que lo oían sin oídos. Las mismas paredes que contenían el peso muerto de su cuerpo cuando la terquedad lo llevaba a revotar contra ellas. Se cansó de estar tirado sobre la cama de sabanas frías y desoladas compañías. Se cansó. Y era toda la escusa que necesitaba.

Caminó en las penumbras de su apartamento, pues el alba no se despuntaba por la ventana y la luz del cuarto no alcanzaba a iluminar ni la palma de sus manos. Mientras avanzaba, se atropellaba con libros, cuadernos, lápices, pinturas, botellas y pastillas. Como si la decadencia pagará el precio de la oscuridad, impuesto por el juicio de un hombre caminando en las sombras.

Estar cansado no era nada más que el detonante. Estar hastiado podría ser la seguidilla dentro del procedimiento perfecto para escapar en la eternidad de la noche. Y la tranquilidad podría ser el resultado final a tan desesperado plan.

Mientras avanzaba palpando la nada, se topó con lo que buscaba. Un picaporte hacia el exterior. Una salida. Sin perder tiempo abrió la puerta y dejó que la luz de la luna inundara el castigado lugar. Se paró debajo del pórtico y observó la noche en el exterior. Se llenó de la calma que reinaba absolutamente todo, se vislumbró con la oscuridad que cubría los rincones más recónditos y se lleno de la brisa nocturna, esa donde la noche parece acariciarnos con suaves manos.

Respiró hondo y se sintió enorme. Se sintió único. Se olvido por un momento de todo. Dejó atrás los libros, rayoneó los cuadernos, quebró los lápices, quemó las pinturas, vació las botellas y tiró las pastillas. Nuevamente era él en compañía de la nada. Nuevamente era él desde cero.

Titubeando pero sin permitirse pensar, puso un pie descalzo en el exterior. Las baldosas frías lo invitaron a seguir. Un píe siguió al otro, un paso, una zancada y otra más. Sin darse cuenta pero queriendo, estaba corriendo y cada vez más rápido.

Con la noche de testigo, desapareció por entre las calles de la ciudad. No estaba loco, no estaba perdido. Simplemente después de tocar fondo, se había animado a correr sin ataduras, de la mano de la su libertad.

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