Los cuentos que Diem Carpé nos cuenta: La huida

trennoche

Con la bufanda atada a mi cuello como si fuera la horca de un condenado, así me encontraba en la mañana. Es que el frió era demasiado grande, y tal vez la mínima brisa que entrara hacia mis pulmones, lograría afectarme. No es que sea un tipo propenso a enfermarse, para nada. Sino que la debilidad de mi cuerpo este último mes ha sobrepasado mis límites. Es por eso que temo por mi salud. Pero esto no es lo importante. Lo importante es la mañana, ese “ahora”. ¿Siempre debe importar el ahora?

La madrugada de un lunes gris, de un otoño que hacia amistades con los matices del día, me encontró en el andén de aquella estación, esperando por aquel tren. Disfrazado en harapos de pies a cabeza, pateaba el piso para no congelarme. Intento inútil, pues mis zapatos ajetreados (y el único par) no lograban refugiarme del frio concreto bajo mis pies.

Mi cuerpo, la estación y un gato celoso de la escena, éramos los únicos que velábamos por las luces del alba. Luces que no aparecían en el este. Luces que yo no quería que aparecieran. Siempre me sentí más ameno con la luz de un farol que con la luz del mismísimo astro rey. Solo con mi soledad, como dicen. Sólo, y nada más.

En la espalda una mochila con lo que había logrado juntar, en el pecho un colgante. Tal vez el colgante que era el motivo de aquel “ahora” en la estación.

¡Pero qué injusto y que necio! Echarle la culpa a un colgante. Mejor sería echarle la culpa a la historia detrás del colgante, o a la persona que me regalo el colgante. O mejor aún: no echar culpas y cargar con mi decisión, y por qué no llamarlo mi destino.

Si estoy acá, congelándome hasta los huesos, es decisión enteramente mía ¿O no? ¿Podemos determinar una decisión tan grande -como en mi caso, el partir- a causa de un tercero y no por decisión propia? ¿Es qué seguimos siendo tan humanos como para dejar que el corazón domine a la razón y terminar en cualquier lado a causa de eso?

Aprieto el colgante con mis dedos, como dándome la razón y respondiéndome a mí mismo. Como sintiéndome humano una vez más.

Escapar. No voy a mentirme. Lo que estoy haciendo es escapar. Cobarde por haber llorado cuando nací, cobarde siempre. La marca del ser que vive. Sé que tal vez debería bajar esta mochila, subirme al primer taxi para volver, y afrontar los problemas como es debido. Pero… ¿Por dónde empezar? ¿Qué debo hacer, enumerarlos en una patética lista? ¿Quién tiene el manual para saber lo que está bien y lo que está mal? ¿Por qué tener un manual?

Tantas preguntas y tan pocas respuestas.

Es que las puertas para mí, siempre fueron instrumentos de salida. Un portal a otra dimensión, donde todo aquel que ose atravesarlas, no volvería jamás. En cierta forma un aventurero, en cierta forma un cobarde. Otra vez, un cobarde

El chirriar de las vías contra la locomotora hace vibrar el suelo y a mi mente entera. Es hora de partir.

Como por arte de magia, una persona aparece de la nada y saluda al tipo asomado. Ambos se meten al vagón rápido, seguramente cubriéndose del frio.

Aprieto una vez más el colgante con la mano y me permito recordar. El recuerdo, cruel verdugo.

….

La locomotora arranca y el calor de la maquina se fusiona con la fría mañana creando aquel vapor que parece haber sido sacado de un película sobre la Belle Époque. De a poco se aleja, dejando la nada detrás. En la escena ahora se encuentra la estación, pues ni el gato celoso ha querido participar de la misma.

En la otra punta de la estación, un taxi arranca. El taxista observa por el espejo retrovisor un hombre que aprieta con su mano, alguna clase de colgante que se extiende sobre su cuello. Un hombre que por más que lleve una bufanda atada al cuello como si fuera la horca de un condenado, se nota que sonríe.

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