Los vendedores de caos | Parte 1

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El caos es amigo mío”

Bob Dylan

I

            “La empresa no se responsabiliza por cualquier daño que provoque este producto”

Todas tenían inscripto ese tópico en un costado, con tipografía grande, negra y cursiva. Eran cajitas de cartón que cabían perfectamente en la palma de una mano. Estaban apiladas en la oficina más grande de la empresa bajo un organigrama caduco, con nombres de empleados que ya no existían o que nunca lo hicieron.

Cada cajita estaba llena del más puro y genuino caos de calidad excelente, cuyas propiedades se aplicaban a cada ocasión idónea. El usuario la abría y de ella salía un pequeño remolino, que de buen talante captaba la idea del beneficiario y ponía vientos a la obra. Había una gran variedad de caos, dependiendo de la circunstancia y la necesidad. Por ejemplo, el caos más vendido era el modelo “Tifón de Calcuta”, muy requerido por las amas de casa en general, cuya característica principal era confundir casi con brutalidad. Cambiaba de lugar los calzones de la señora y los exhibía por las ventanas abiertas que daban a la calle, sacaba las revistas porno bondage del dueño de casa y pegaba las mejores fotos en la sala del recibidor y cosas por el estilo. Cada cajita de caos generaban un desorden cruel pero efectivo para las necesidades de renovación que sentían los clientes. Habían en catálogo muchas clases para la venta: “Luces de Hiroshima”, “Elefante suelto en un bazar”, “Electroshock en el Paraíso”, “Krakatoa mon amour” entre otros.

Todas las mañanas a las 07 30 hs. se juntaban los vendedores en la puerta de la empresa. Vestían sobriamente: traje,corbata y zapatos negros; camisa blanca. Después de un riguroso inventario, algunas firmas y varias declaraciones juradas, se les daban las cajas de caos para la venta y salían en parejas a recorrer la ciudad ofreciendo el producto. Se desperdigaban silenciosos como hormigas y ,afanosos, llevaban sus sendas valijas llenas de cajas de caos debidamente embaladas.

Una pareja de vendedores se subió a un colectivo que iba para el norte de la ciudad. A pesar de que el vehículo estaba vacío, a excepción del chofer, se sentaron cada uno por su lado. Ordoñez, el mayor, se sentó en el primer asiento. A Gimenez le costó subir con las dos voluminosas valijas, y con esfuerzo se ubicó en el fondo del colectivo. Viajaron los tres en silencio hasta que las calles se hicieron polvorientas, flanqueadas por casas amarillas que desaparecían por la velocidad. Sin decir nada Ordoñez se levantó y tocó el timbre para descender. Caminaron al azar por un barrio viejo de casas de adobe con techo de caña y más adobe. Ordoñez se encendió un cigarrillo mientras tarareaba “Rosa Rosa” de Sandro. Gimenez odiaba esa canción. Llevaba las maletas llenas de cajas de caos con una dignidad tambaleante, detrás de su compañero.

No tenían una técnica de ventas definida; a veces iban golpeando casa por casa, a veces caminaban cuadras y cuadras sin ofrecer cajitas de caos. La gente al principio los confundía con mormones, luego esas sospechas se desvanecían con la sonriente oferta de caos del mejor. La mayoría de las personas les cerraban las puertas en las narices. Los pocos que se daban el tiempo para escucharlos invariablemente les compraban el producto ofrecido.

            II

            Greta vivía al final de la última calle del barrio. Se llegaba a ella a través del sendero de flores azules y piedritas rojas. Era una vivienda de paredes de ladrillos y techo de caña bajo; parecía no pertenecer a la misma barriada. La casa le resultaba muy incómoda a la mujer por ser tan alta y porque tenía la costumbre de mirar siempre para arriba. Greta sólo sabía hacer bien una cosa: domesticar mariposas. A éstas les tenía particular afición y las dejaba sueltas por las habitaciones, así que los recintos estaban llenos de mariposas tornasolando las paredes. Cómo estaban domesticadas no deambulaban haciendo eses en el aire ni ensuciaban los pisos. Obedientes bajo una postura rígidamente militar estaban quietitas. Pulsando un poco, esperando las órdenes de la mujer para bailar, hacer acrobacias o vuelos suicidas.

Greta estaba aburrida, por eso cuando escuchó la oferta de una caja de caos tan pero tan barata, hizo pasar a los dos hombres vestidos de negro para interiorizarse. Entre Ordoñez y ella hubo una mirada fugaz y todas las mariposas pestañearon al mismo tiempo. Gimenez lo notó y no le gustó nada, no le agradaba que el otro fuese feliz. Todavía no entendía cómo hacía Ordoñez para congraciarse con las amas de casa, robarles un beso y una promesa mientras pedía un vaso con agua por la garganta seca, entonces las envolvía  con palabras hipnóticas y lujuriosas, además de siempre  llevarse la mayor comisión y cerrar más tratos que cualquiera. A lo único que se abocaba Gimenez era llevar a la voluminosa valija llena de cajitas con los diferentes tipos de caos. Gimenez esa vez había equivocado el significado de la mirada entre su compañero y el ama de casa.

Antes de golpear Ordoñez estaba sudando, algo le decía que saliera corriendo de allí. Cuando se abrió la puerta miles de alas poblando las paredes lo recibieron y entró en pánico. Su fobia a las mariposas era inexplicable. Nunca tuvo un encuentro desafortunado o un mal rato con una. Le venía desde las entrañas y le provocaba nauseas el ver a esos bichos coloridos balbuceando.

Cuando Ordoñez estaba por huir algo lo frenó, el perfume de la mujer; algo lo calmó, la mirada azul que ella trataba de ocultar tras el pudor. Le sonrió como pudo, la dualidad del horror de las mariposas y la belleza perfecta lo confundían. Quería gritar de miedo por esas alimañas coloridas y caer de rodillas para besarle los pies a Greta.

Cuando ella los hizo entrar a la sala de estar se mantuvo callado. Extrañamente Gimenez se hizo cargo de la venta. Durante la exposición de éste sobre los beneficios del caos en el hogar y en la vida misma Ordoñez y Greta no dejaron de mirarse subrepticiamente entre las palabras lacónicas, mudas e insonoras de Gimenez quien ahí se dio cuenta: Ordoñez no sólo ganaba más plata y seducía a todas las clientas sino que también tenía la posibilidad de ser feliz. Un ardor le ganó un espacio en el estómago y se convirtió en bilis. Nadie lo escuchaba ni siquiera él mismo. Ordoñez, Greta y las mariposas estaban en los suyo, en el preludio del amor.

Ordoñez se ruborizó cuando Greta le preguntó si quería un vaso con agua y juntos se fueron a la cocina. Antes de desaparecer por la puerta ella le dijo que por el momento no le interesaba la oferta en cuestión. Gimenez se sintió un fantasma. Quedó ahí, sentado entre las mariposas obedientes. El deseo de que a Ordoñez le diera un ACV lo invadió. Lo vió morir sin poder controlar esfínteres delante de esa mujer insulsa y consumida y no pudo ocultar una sonrisa. Como si fuese un contraataque del karma la caja de caos que tenía en la mano, un modelo “Tsunami azul”, accidentalmente se le cayó al piso y se abrió.

El caos se desperdigó por todos los rincones de la habitación. Las mariposas comenzaron una danza frenética, infantil y sensual. Carruseles de alas. Los muebles se pusieron patas para arriba de tanto reírse. Los cuadros en las paredes derramaron su contenido – un barco a velas siguió capeando la tormenta en el piso de la sala y unos angelitos rococó comenzaron a volar por el lugar comiéndose a las mariposas danzantes. Las flores amarillas de los jarrones cantaron a los gritos, desafinadas y fuera de tiempo. Unas cantaban “Naranjo en flor” y el resto “Highway to Hell”.

Living easy…Era más blanda…living free…que el agua…Season ticket on a one-way ride… que el agua blanda… Asking nothing…era mas fresca…. leave me be….que el río… Taking everything in my stride… naranjo en flor…
A Gimenez se le escurrió una lágrima de frustración por la mejilla. Tendría que pagar todo ese desastre y el caos derrochado. Escuchó la voz de Ordoñez proveniente de la cocina, quien le decía a Greta palabras mágicas que hablaban de lunas verdes y besos suaves. Ordoñez, a pesar de sentirse verdaderamente atraído por esa mujer alta y en extremo pálida, estaba acuciado en secreto por la presencia pérfida e ingrata de las mariposas. Su lengua sudaba las letras que formaban la frases que hipnotizaban a la mujer mientras sus ojos no dejaban de vigilar el movimiento de esos bichos asquerosos que bailoteaban a su alrededor.

Era tiempo de partir.

Greta le juró amor eterno sin decírselo; Ordoñez sólo podía estar pendiente de la verrugas en las cejas de las mariposas. Gimenez guardó bien las cajas de caos y se fue sin saludar, el otro lo siguió despidiéndose de ella con un saludo a medias. Los dos hombres se marcharon caminando por el sendero de flores azules y piedritas rojas. Greta se hacía cada vez más chiquita, para desaparecer  cuando ellos doblaron por la esquina.

– | FIN DE LA PRIMERA PARTE | –

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