María, la solitaria

En la quebrada del río Blanco, en una localidad turística llamada Las Vegas, en lo alto de una colina y en medio de un bosque de pinos, se encuentra la casa blanca, rodeada de vertientes, que habitara María.

La historia de María fue divulgada a través de los años, más por misteriosa que por dramática, aunque también. Los lugareños la conocían como María, la solitaria de la casa blanca.

María era una hermosa mujer rubia y de tristes ojos azules. Había llegado a Las Vegas en 1970 a sus veinticinco años, y había sido una sonriente maestra de la única escuela del lugar y la feliz esposa de uno de los pocos médicos de la zona. Pero, al comenzar su desgracia, días después de haber cumplido los treinta años, se apartó del mundo real para evitar que le hiciesen preguntas indiscretas de su vida privada, y prefirió dejar la escuela y ganarse la vida sin salir de su casa, vendiendo pan casero y dulces en conservas que ella misma elaboraba, y tejiendo gruesos pulóveres a dos agujas, que le encargaban los vecinos para pasar el crudo invierno de la montaña.

Todos los días de María eran iguales, excepto los lunes que sólo variaban del resto porque iba a la despensa a hacer las compras de la semana. Se levantaba apenas despuntaba el alba, se ponía encima del largo camisón una bata, les abría la puerta a su perra pequeña y sus dos gatos. Desayunaba mates que acompañaba con dos tostadas con mermelada. Después se cambiaba, se levaba y se disponía a preparar la masa para el pan. Siempre hacía nueve panes de alrededor medio kilo cada uno, ocho para vender y uno para ella. Formaba los bollos y los dejaba leudar en el extremo de la mesada, cerca del horno encendido para apurar el proceso. Luego salía al patio y elegía de la huerta las verduras que iba a cocinar. Con presteza las lavaba, las picaba y preparaba un suculento y nutritivo almuerzo provisto siempre de carne que alternaba cada día: vaca, pollo, cerdo y pescado. Luego estiraba los bollos de pan y los horneaba. Por mientras limpiaba la casa con obstinación. Abría todas las ventanas de par en par para que el aire fresco y encantado, cargado de un intenso olor a pinos, purificara la casa y sacara las malas energías acumuladas durante la noche, llevándose las posibles desgracias. Tendía la cama con esmero y prolijidad. Trapeaba los pisos. Sacudía el polvo de los muebles. Sacaba los panes del horno. Controlaba las verduras. Cerraba las ventanas. Se bañaba para sacarse el olor a comida y se ponía ropa limpia para atender a los vecinos, que iban llegando a partir de las nueve en busca de pan y dulces. Al mediodía les daba las sobras del día anterior a los animales. A las doce y media disponía la mesa para dos y se sentaba en la hamaca del living y rezaba el rosario mientras, enferma de melancolía, esperaba a su esposo que llegara de la posta sanitaria. Al cabo de una hora, como él no llegaba, se levantaba de la hamaca y se servía una pequeña porción de almuerzo que rara vez alcanzaba a terminar. Era el momento en que tenía sensaciones amargas, en el que sentía el vacío de su vida, sin otro atractivo que la soledad, hasta pensaba en los hijos que no tuvo y que quizá no tendría jamás, y su mente se llenaba de pensamientos oscuros que le provocaban un dolor agudo en la boca del estómago que la obligaba a dejar de comer. Ahí, sentada a la mesa, sola, viendo el plato vacío de su marido extraviado en el tiempo, caía por unos breves minutos a la realidad y sentía tal desesperación que el pecho se le cerraba y temía morirse. Pero la idea fija, constante e invariable de que él volvería, se imponía otra vez. La imagen de volver a verlo entrar por la puerta, se le había enlazado en su mente con tenacidad, como una certidumbre, una ilusión que constituía el sostén que la mantenía viva, no importaba el tiempo que pasara, sumergiéndola en una melancolía eterna, como flotando en una añoranza que se esforzaba por mantener alejada de la realidad, como si el tiempo se hubiese detenido aquel remoto día de primavera en que él partió a su trabajo, cuando se alzaba el amanecer y nunca más volvió. Entonces, sobrepuesta de la angustia, se ponía de pie, levantaba la mesa, lavaba los utensilios y con energías inagotables se disponía a preparar los dulces.

A eso de las cinco se sentaba en la hamaca a tejer en el remanso cálido de la tarde diáfana, frente a la ventana que daba a la calle, con el rumor del agua de las vertientes, sumida en una melancolía que la amparó durante todos esos años del dolor de los recuerdos, hasta que caía la noche. Con la vista cansada, dejaba el tejido y salía envuelta en una manta hasta el medio de la calle desierta, para ver si lo veía venir. Esperaba unos cinco minutos, mirando el punto lejano en que se convertía la calle de tierra, con los ojos contrariados y el corazón apretado. Luego entraba a la casa, cenaba de forma frugal, hundida en su desesperación, soportando el peso de una soledad irrevocable. Después lavaba la cocina dejando todo en el más perfecto orden, y sin poder resignarse volvía a la ventana, descorría la cortina, apoyaba la frente contra el vidrio y permanecía así unos instantes con los ojos cerrados y cuando se convencía de que tampoco esa noche regresaría, se iba a la cama y lloraba la amargura de la espera, ahogando el llanto en la almohada, como si alguien pudiera oírla, hasta hundirse en el sueño.

En una ocasión, estando María como todas las noches parada en medio de la calle una noche de lluvias, absorta en su nostalgia sin darse cuenta de la realidad, la sorprendió la vecina de enfrente que por años la viera salir a la calle, y apiadándose de ella la tomó del brazo y le dijo con expresión compasiva, “María, ya no lo esperes más, él no va a volver”. María con un fuerte ademán sacudió el brazo para liberarse, la miró con ojos desolados, “¿qué sabés vos? Metete en tus cosas, seguro ha tenido un contratiempo y tardará en llegar”, le contestó extraviada en el delirio. Notablemente molesta, le dio la espalda a la mujer y enfiló hacia la casa.

En el pueblo siempre se hablaba de María, los vecinos arriesgaban toda clase de conjeturas para poder dar alguna lógica de lo que ocurrió. Muchos decían que había perdido la razón. Otros, mal pensantes, tejían hipótesis más maliciosas, como por ejemplo que el marido la había abandonado por otra mujer. Algunos que lo habían asesinado y desaparecido. La policía nunca supo dar una explicación. Al centro de salud no volvió más a trabajar. La cosa es que nunca se supo la verdad, sólo que María había decido dedicar su vida a esperarlo.

Una tarde de otoño, pronto a caer la noche, María daba la última vuelta al tejido antes de que oscureciera, cuando ocurrió el milagro. Se abrió la puerta de golpe y su marido apareció en el umbral. Un vendaval de estupor estremeció a María y la dejó sin aire. Inmóvil, dejó quietas las agujas y lo miró con el corazón detenido. Cuando pudo exhalar el suspiro de alivio contenido por tantos años, se levantó, dejó el tejido en la hamaca, dio tres o cuatro pasos tambaleando de la emoción, hasta acercarse al hombre al que todos los días con sus noches había esperado por veinte años agonizantes de soledad y que ahora estaba inmóvil frente a ella, trayendo de nuevo a la casa su olor a medicina que tanto había añorado. Lo miró con el corazón enloquecido. Le vio los ojos cansados, el pelo canoso, las ropas gastadas y la piel marchita. Extendió lento las manos y le acarició el rostro con ternura serena, cuidadosamente, pasando las palmas por la frente, las sienes, los pómulos, los pulgares por los labios. Él, inmensamente conmovido, pudo ver en los ojos de María las noches de desesperación, y que aún lucía hermosa. Se miraron por un largo rato, los dos con los ojos vidriosos. Entonces María habló: “Por fin has llegado, mi querido. Has tardado mucho”, le dijo con tono enternecedor, recibiéndole el abrigo. “He tenido un día duro, María. Vengo cansado y con hambre”, le contestó con la voz apagada y con una soltura demencial como si nada hubiera sucedido.

El hombre se lavó las manos y se sentó a la mesa. María calentó la cena y la sirvió con amor y encanto natural. Cenaron en silencio, mirándose cada tanto y sin hacerse preguntas, como si él se hubiese ido ese mismo día por la mañana. María, viéndolo frente a ella, feliz de volver a tenerlo a su lado, volvió a sentir ansias de vida… y sólo entonces, el tiempo comenzó a correr de nuevo.

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