Marina

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Marina nota

‘Soy Inés, y el mar me habla. Me habla y yo también le hablo. Le cuento cosas, paso muchas horas  caminando sus playas, juntando sus caracoles, levantando ramas, entro en él y salgo de él. Corro entre sus olas caprichosas y su carácter variable. El mar me habla. No le tengo miedo. Es común que la gente le tema, que no se le anime, que se hipnotice con su aspecto más amenazante y lo admire y lo respete, de lejos. Pero el mar es mi amigo. Me acaricia, me abraza, me traga, me contiene, me lleva, y siempre me trae otra vez al lugar de donde vino a buscarme. No me es indiferente y yo no lo soy para él. El mar, a mí, me habla.’

Llegaron una  tarde, temprano. Antes de doblar en la curva hacia la punta ya intuían los edificios blancos recortados sobre el horizonte azul, la espuma bordeaba las playas que alcanzaban a ver. A lo lejos se escondía entre las nubes bajas el faro de la isla de los lobos. ‘Mañana tenemos bruma’ sostuvo una voz que venía del asiento de atrás. Eran cuatro. Eran amigas de esas que se acostumbraron a verse crecer. Esas que no registran el paso del tiempo de cada día, y se sorprenden de golpe cuando se ven en fotos, todas amontonadas en alguna fiesta, o algún morro y no hace tantos años, y sin embargo tanto más jóvenes. En este viaje, su típica juntada anual en la playa, todas atravesaban una crisis,  a su manera. Todas añoraban las épocas en que los problemas eran de los grandes, y los grandes eran los otros. Pero ahora ellas eran ‘los grandes’ y sus decisiones, sus aciertos y errores, eran  suyos, eran propios y de nadie más. Los últimos tiempos fueron difíciles, el último año, sobre todo. La más chica, la agrónoma, acaba de superar un cáncer. Otra, la centrada, la perfecta madre y ama de casa, sorteaba su primera vez en varios meses, en que se animaba a dejar a su marido sólo en casa, después de haber sufrido un ACV. La de pelo largo castaño, la escritora, un abismo inmenso por la partida de sus hijos, la psicóloga de los ojos negros graciosos, una crisis profunda de vida, de replanteo absoluto y audaz.  Sabían que esos días en la costa no iban a ser  fáciles. Habían acordado espacios íntimos, y momentos de silencio, respetar las necesidades de soledad de cada una cuando fuera necesario. Todas venían, de alguna manera, a salvarse en compañía, pero solas.

Tal como había predicho el oráculo trasero en el auto, a la mañana siguiente, cielo, mar, arena y viento  eran una misma cosa, una incertidumbre grisverdosa, áspera  y salada que empujó a la escritora a caminar las rocas que bordeaban la playa, costa abajo. Bordear lo incierto, pensó, y se rio para sí misma. Caminó un rato a ciegas, y sintió que no estaba tan mal eso de dejarse llevar. No ver, y confiar. Era una sensación demasiado placentera para su gusto, para ella, que vivía cada día  en una especie de constante estado de alerta, que no dejaba de ser agotador. La sorprendían sentimientos encontrados estos últimos tiempos, el desgarro de ver sus hijos partir, y el orgullo de haberles metido bajo la piel el derecho a elegir ser libres a costa de lo que sea. La calma y la tempestad. Viento y sal, se sabía del  mar, y  sentía exactamente, más que nunca, la tierra moviéndose bajo sus pies.

Desde las dunas apareció una figura recortada sobre la neblina brumosa que se acercaba a las rocas donde ella se había sentado. Unos segundos más tarde descubrió los rulos oscuros, que bordeaban la cara de Marina, más cortos por la humedad del mar, que no alcanzaban a rozarle los hombros. Traía una manta azul con la que la abrazó al sentarse en el pedazo de roca que la escritora limpió de arena, con la palma de la mano, y golpeó dos veces, como un  oficio mudo, invitándola a acompañarla en esa mañana gloriosa que se les ofrecía justo ahí, para ellas, un perro, un pescador, y para nadie más. Marina sacó dos manzanas de una bolsa, galletitas y un termo con café, sin vasos, que se fueron turnando para tomar, y calentarse las manos al sostenerlo. Otro sentimiento encontrado, pensó; El frío de la playa, el calor del café compartido, y se lo dijo a Marina, que se rio con sus ojos negros graciosos, como se ríen los sicólogos de las pavadas de los escritores, o como se ríen las amigas de las pavadas de las amigas. Y se siguieron riendo, hasta que de golpe pararon, abriendo una pausa eterna, de la eternidad de un suspiro, y de nuevo más risa, de esa que te hace llorar, y  entonces, las lágrimas, y ya dejaron de reírse , y se abrazaron más fuerte, Marina y la escritora, y sintieron la sal del mar en sus caras; la sal del mar y de la tristeza de cada una, conmovidas por las palabras que pronunciaron al azar, y se miraron y se vieron, y entonces Marina y la escritora se besaron. Desafiando todo aquello que conocían, juntaron sus labios salados, sus lágrimas, y se besaron…

La bruma empezaba a levantarse, el  pescador se había ido con el perro detrás, ladrándole a las olas.

‘Soy Inés, y el mar me habla. Me habla y yo también le hablo. Le cuento cosas, paso muchas horas caminando sus playas. Soy escritora, y el mar me habla. Me trae historias de seres humanos, sencillos y vulgares, como todas las historias, de todos los hombres, que se repiten una y otra vez. Todas las vidas son parecidas, pero hoy el mar me trae más, mucho más.’

 

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