Caleidoscopio: «Mi galante compañía»

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— ¡Vero…! Vero ¿qué hacés acá?
Vero no hablaba. Dudaba. No podía ser. Sintió rechazo, la estaban engañando. Sus ojos se hicieron brillosos, luego acuosos, la estaban engañando, se había dejado sorprender, Fran no podía estar ahí. Alguien leía su mente, alguien la seguía de una manera nueva, distinta.

—Vero, ¿me escuchás?
Miró para un costado, para el otro, sintió el miedo brotarle en alfileres por las manos, adivinó a la muerte rondando de cerca, dio un paso hacia atrás, una lágrima evidenció su falta de control.

—¡Vero! ¿Estás bien? ¿Pasa algo?
No podía correr, no podía siquiera pensar. Era carne viva, en un segundo el mundo se había vuelto un lugar inseguro. Fran se preocupó de ver deformarse en el pánico la cara siempre segura de Verónica y la tomó del brazo. De inmediato Vero le clavó dos ojos alarmados y pegó un grito desgarrador. En un segundo había dos carabinieri al lado de Fran, uno de ellos con su mano sobre la canana de la 9 mm.

El episodio duró unos minutos hasta que, mientras intentaban llevar a Fran a un patrullero cercano y le callaban las advertencias de que “esa mujer está en problemas la conozco” Vero recuperó sintió que le volvía el aire y sus pies pisaban nuevamente tierra conocida.

—¡Esperen! ¡Por favor, esperen! —gritó Vero en italiano—. Les pido disculpas pero acabo de tener un ataque de pánico y este señor, Francisco Martínez, me quería ayudar. Es cierto lo que dice.
Hubo pedido de identificaciones, algunas preguntas, y los dos policías volvieron a perderse en el colorido paisaje romano. Vero y Fran cara a cara.
—Vero, contame, ¿estás bien?

Una mujer descubre el mundo por sus sensaciones. Las formas, los colores, todo lo que existe vuelve a definirse cuando lo siente. La emoción es lo que le recuerda que está viva, no importa qué sea lo que la produzca. O dicho de mejor manera, a lo que la produce va su atención. La mujer puede abstraerse de cualquiera de los mundos, puede esperar eternidades, puede repetir rutinas interminables si detrás de eso cree que va a volver aquella emoción, ese sentimiento que la sacudió en un momento y que eligió como el motivo por el qué vivir. Vero nunca había sentido lo que acababa de vivir. Jamás. Buscaba en la mirada de Fran algo nuevo, algo que antes no estuviera, pero no había caso, era el mismo, solo que esa mirada ahora le llenaba el pecho, le serenaba los hombros, le inspiraban ganas de agarrarlo, de tomarlo de la mano y no soltarlo más. Él era el depositario de una clave dentro suyo. Y ahora empezaba a creer que algo de todo esto habría percibido en aquel cumpleaños de adolescentes, cuando a pesar de que ya lo conocía, lo miró diferente. Fran no era una persona que alguien calificara de “diferente”, o “un distinto”, nadie que conociera a Fran se iría pensando en él, o en algo que dijo… Vero no podía dejar de mirarlo, se sentía como un Jumbo cargando litros y litros de un combustible interminable. Sin elaborar nada le dio como un ataque de risa, que Fran, aún desconcertado, acompañó con una media sonrisa. Sin haber hablado nada desde la pregunta de Fran, al rato los dos se reían histéricos y contentos en un rincón de la plaza.

*          *          *

Los dos abogados se sentaron con sus trajes neutros y sus caras herméticas.

—Tenemos pruebas de que está investigando a gente de Brewster, señor Pranna. Por su jerarquía me parece que sabe cómo es este proceso.
Pranna no se esperaba esto.
—Antes de avanzar le ofrecemos el salvoconducto.
—¿Cuál sería mi salvoconducto?
—Correrse.
— ¿A quién estoy investigando?
—Ya lo sabe.
—Si lo supiera, no lo investigaría. ¿Quiero saber a quién estoy investigando?
Los abogados lo miraban inmutables.
— Estamos acá, señor Pranna, para que no lo sepa.
—Porque estuve cerca, ¿no?

Pranna empezaba a hablar como un perdedor, y no lo notaba. La sorpresa había sido tan grande que se desconcentró y actuaba como un civil, como alguien que está ajeno a la batalla, como un prisionero de guerra que le ofrecen irse a su casa o penar la derrota en un campo de concentración. Como alguien que ya había elegido dejar el juego.

— Estuvo tan cerca como el astrónomo que descubre una galaxia lejana.
“Sé que estuve cerca”, dijo Pranna mientras que los abogados, sin despedirse, se levantaron y abandonaron la oficina.

El salvoconducto era duro. Renunciar sin ninguna remuneración, y aceptar en el legajo una negligencia inventada para explicar el caso. Eso lo dejaba afuera del circuito de la cocina empresaria latinoamericana, y por ende, mundial, ninguna empresa lo tomaría. Pero él sabía que el otro camino era el peor. El poder tiene la potestad de crear realidades inexistentes, de inventar escenarios, y de decidir quiénes son los buenos y quiénes los malos, y cuán malos pueden ser los malos. La mayoría de los que caían en ese proceso terminaban suicidándose. Ese proceso estaba calculado para calar en lo más íntimo del ajusticiado. El salvoconducto era similar, con la diferencia que “el aparato” terminaba su condena en una serie de rumores, sin la saña y la inversión en destruir al condenado, siempre y cuando el condenado colaborara en desaparecer. A Pranna le agregaron en el legajo la descalificación caprichosa de varios empleados afines a él, por lo que cuando se fue, no tuvo palmada en el hombro.

*          *          *

Golpearon la puerta. Miguel abrió y una reluciente Camila traía en sus manos una pizza y una sonrisa inmensa.

—¡Cami! ¡Qué sorpresa!
—Traje algo para comer, Miguelito…
—Sí, veo, ¿de qué es?
—…y también traje pizza. ¿De qué es? De chocolate.
—El bombón de chocolate… —dijo sonriendo Miguel—, y la pizza que trae el bombón ¿de qué es?
—De los dos.

Cami estaba muy diferente. Sin dejar de ser ella misma, la confianza que había adquirido era enorme. No sobreactuaba, ni fingía, sino que evidentemente todo este tiempo estuvo apabullada por una relación que la había apagado mucho, y Miguel empezaba a conocer a una Cami más desenvuelta. O tal vez a una Cami más entregada, que no es lo mismo.

— ¿Cómo fue tu viaje?
“Qué te importa…” contestó Cami, y lo tomó de la camisa con una mirada felina sumergiendo su mano por su pecho.

Miguel todavía tenía el eco en la mente de la palabra “eliminar” de la conversación de unas horas atrás y no conseguía concentrarse en esta Cami cambiada. No quería fallar porque sabía que una palabra inadecuada podría inhibirla y llevarla a la inseguridad de antes, y no deseaba eso. Esta confianza en ella era buena, buena para ella. Y Miguel… Miguel la quería. La quería como quería a sus buenas amigas, la quería bien, la sentía buena, aunque todavía no la conocía. Sentía que la podía adivinar y confiaba en su percepción. La quería y por eso la cuidaba. “¿Es o se hace?” recordó de la conversación anterior. Jamás hubiera dicho que “no se hace”, porque la hubiese colocado en la lista de personas a seguir de cerca. Camila tenía una inteligencia emocional, una desprolija manera de acertar en lo que emprendía que la hacía valiosa. Miguel ya había advertido que ante la duda ella se asesoraba, y ante el sentimiento claro simplemente acudía. Había confiado en él cuando llegó a su oficina y ella lloraba, pero eso era parte de sus aciertos. Miguel supo, el primer día que la vio que no quería hacerle daño. Que la cuidaría. Todavía no encontraba la fisura de Cami. Era compacta, era una concreta Camila Llorente.

Sabía que por más que le hiciera la danza de los siete velos, a él no le pasaría nada. El olor a muerte flotaba como incienso en el aire. No la iba a lastimar en su nueva seguridad. Levantó los brazos, tomó su cintura, giró, y giró mal, a propósito, y a propósito se puso en una mala posición, y a propósito eligió no actuar, para que no existiera el riesgo de que lo notara, y la caída de la cama con su cabeza fue un golpe absolutamente real e impresionante.
—¡Miguel! ¿Miguel…? ¿Estás bien?

Odió su lado flaco. Odió su debilidad. La cabeza le latía, y no calculó el golpe del hombro con la mesita de luz. Odió ser tan paternalista. Odió. Odió y abrió los ojos, y la vio a Cami con sus ojos rectos, como ranuras, sus cejas dibujadas… su pregunta en la cara, su preocupación en las manos… y el odio se esfumó, y se recordó una vez más que eso que había hecho, eso, estaba bien.

Mientras le acercaba el café que acababan de pedir y le ponía un paño frío en la frente, Cami le mostraba apenada el corpiño que se había comprado para la frustrada ocasión. Miguel aprovechaba el mareo real para pensar en si realmente el plan no sería matar a Pranna. Miguel no era un asesino, era de la teoría de que matar nunca es necesario. Matar es la primera señal de debilidad, de impotencia. No es que le importara Pranna, pero sí le llamaba la atención el grado que estaba tomando lo que inicialmente parecía una misión tonta, algo de rutina, sin mucha importancia. Y la volvió a mirar a Cami.

Cami es del montón, es una mujer normal, pensó, de las que clasifican a las personas, de las que las rotulan de buenas, malas, mejores, peores, así, asá… y que creen que con eso están a salvo. “Tocá el encaje”, le dijo ella, y le llevó su mano hasta esa teta redonda y suave, proporcionada…, suya. Y Miguel empezó a olvidarse de la muerte. Y le dieron ganas de cogérsela. Y la cabeza le latía a puntadas de martillo. Qué día de mierda.
—¡Ah, me olvidaba! Cuando llegamos en el aeropuerto nos encontramos con Verónica Kawalsky. Ella creo que estaba convencida de que mi galante compañía eras vos.

—Sí, me dijo lo mismo.
—¿Quién?
—Tu galante compañía.
—¡Ah! ¿Ya se vieron?
—Sí, hace unas horas estuve reunido con él.

(Continuará…)

 

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