Mi perro Chiche en el ocaso de sus días

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El perro es un caballero. Espero llegar a su Paraíso, y no al del hombre.” Mark Twain

Ahora está acostado en su cama de frazadas, detrás mío. No duerme, está quietito, mirando para adelante pensando en sus cosas. Cuando se percata de que lo estoy observando me mueve la cola y me dedica una sonrisa, de esas tan suyas.

Lo conocí hace quince años. Venía de jugar al ping pong en el Club Luzuriaga. Pleno mes de julio, aguanieve y un viento del sur que parecía venir del fondo de un agujero negro ubicado en el lugar más recóndito de la Vía Láctea. Caminaba por la banquina del carril Sarmiento, discurriendo cómo iba a pagar las apuestas perdidas en los partidos de ping pong -un par de porrones y una Coca.

El frío mordía y disfrutaba al hacerlo.

Llegando al carril Urquiza, lo vi. Parecía una escena extraída de un libro de Dickens: era un cachorro que hurgaba entre un montón de bolsas de residuos rotas intentando rescatar algo de la basura; famélico y lleno de sarna, apenas se mantenía en pie. Su piel era una costra sucia sobre el cuerpo herido que temblaba aterido. Iba a seguir de largo pero me detuve, no sé por qué. Le acaricié la frente, el único lugar que no tenía lastimado, le dije un par de palabras afectuosas y seguí mi camino. Él, a los tropezones, me siguió. No tuve el valor de echarlo. Caminamos las cinco cuadras que faltaban para llegar a casa a su ritmo. Intenté alzarlo pero sus laceraciones me lo impidieron, no tenía un lugar en el cuerpo que no le doliera. En casa le armé una cucha en el patio y le busqué algo para alimentarse. Como siempre en la heladera no había nada, sólo una jugosa costeleta. Se la llevé y, para mi asombro, no se le abalanzó desesperado sino que me lamió la mano y me puso la frente para que lo acariciara; recién después de hacer esto empezó a comer.

Le llamé Chiche.

Se convirtió en un animal grande. Se hizo el patrón y jefe de la cuadra; cualquiera de su misma especie al que se le ocurriera pasar sin su permiso por la calle era debidamente apaleado, y los que vivían en la cuadra eran sus súbitos fieles y agradecidos. Con los gatos sostuvo, creo yo, una relación neutral, en todo caso jamás lo ví perseguir a alguno, y con los que tenemos en el hogar siempre mantuvo una relación afectuosa. Era también seguidor incansable, sin un fin determinado, de cucarachas y demás insectos. Con los humanos era un animal respetuoso, aunque a veces los humanos no eran animales respetuosos con él. Seductor implacable y dueño de una capacidad amatoria incansable, hasta muy grande acosó a la India, la doga de los vecinos. Ser de una independencia absoluta nunca quiso aprender ningún truco, su mayor destreza era la de masturbarse con la lengua, siempre en público (en lo posible femenino fuera de la especie que fuera). Callejero por derecho propio vivía en la calle y sólo entraba para comer y ocasionalmente para dormir. Nunca dejó de acompañar a algún integrante de la familia, ya fuera a la parada del colectivo o a hacer las compras o donde fuera.

Pero la lealtad del Chiche traspasaba los límites convencionales e hizo mucho para demostrarlo. Una vez al Carozo, mi papá, se lo llevaron de urgencia al hospital. Los enfermeros lo subieron a la ambulancia y el Chiche también se subió y se echó a su lado lamiéndole la mano. No hubo forma de convercerlo de que bajara hasta que lo amenacé con un chorro de sifón de soda, su Némesis.

Ahora tiene más de quince años y sé que me va a acompañar sólo un corto tiempo más. Sigue siendo el rey de la cuadra aunque su cargo es honorífico y de sus tiempos de Don Juan Tenorio sólo queda su descendencia desperdigada por Luzuriaga. Hace tiempo que duerme adentro, preferentemente al lado de la estufa, y ya no nos acompaña a ningún lado. Pero su nobleza está intacta.

Se quiere levantar y solo no puede. Me mira y sé lo que me dice ...Claro Chiche… sí cumpita… nos vamos para la vereda –le contesto. Entonces lo ayudo a levantarse y nos vamos despacito por el pasillo, mientras lo sostengo por la cintura. Se echa al solcito sobre el pasto a mirar las flores y a los chicos jugar a la pelota. La gente que lo conoce lo saluda.

Entonces, con una de esas sonrisas tan suyas, saca la lengua y comienza a lamerse el pito.

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