Misantropía

Nunca había entrado al café en ese estado. Recorrió a los presentes con la vista, sin ánimos de encontrarse con nadie, no quería ver a ninguno de sus conocidos, no quería compartir mesa. Se sentó en la esquina de la barra, lejos de la caja, donde el Tulio solía apoltronarse. Las barras son para los solitarios. El camarero lo siguió con la mirada, sin siquiera moverse… la sabiduría de ese tipo no era terrenal.

– ¿Qué vas a tomar? – le dijo desde lejos, sin preguntar nada más.

– Ron.

– ¿Con coca?

– No…

Dio media vuelta, observando entre todas las botellas tras de la barra y tomó una que estaba cerrada. Se arrimó hasta el tipo, la abrió, sacó un vaso corto y se la dejó en frente.

– ¿Hielo?

– Tampoco…

Años hace que era habitué del Isaac Estrella, siglos que el Tulio sabe de él. El camarero lo conocía tanto que sabía que el fastidio de su cara no se solucionaba con charlas. Necesitaba la soledad del café, la nostalgia de perderse en su piso mosaico y en sus cuadros desteñidos. Necesitaba la tristeza de esos tangos polifónicos de fondo, ese viaje al pasado que significaba entrar al Isaac.

Los últimos rayos de la tarde se perdieron en las ventanas manchadas de smog, se encendieron las tenues luces de la noche y el público cafetero diurno partió a sus hogares para darle la bienvenida a los personajes nocturnos de siempre. Al cerrarse las puertas el olor a primavera quedó afuera, floreciendo el olor a encierro y cigarrillo dentro. Primero vinieron los amigos que salían de las oficinas céntricas, luego las parejas que cenaban en el café y finalmente los taxistas, las prostitutas y los jugadores resignados del casino.

Él seguía ahí… sorbo a sorbo destrozándose. Había pedido noción del tiempo, que se ajustaba al vacío que iba padeciendo la botella. Le dieron ganas de ir al baño. Se puso de pié… un mareo atroz le recorrió todo el cuerpo, cayó en la cuenta que estaba ebrio. Lentamente llegó hasta el inodoro, suspirando profundo para intentar oxigenar la sangre, para que cese el cambalache arquitectónico que le mezclaba los ejes de las dimensiones.

Abrió la canilla, se remojó el rostro… una, dos, cinco veces. Tomó un poco, al tragar se le mezcló con el sabor a ron que aún tenía en la lengua. Volvió a tragar hasta que supo a agua. Se miró en el espejo… volvió a observar el agua correr.

De pronto algo le llamó la atención. Nuevamente se descubrió en el espejo. Tenía los ojos desorbitados, inyectados. El exceso de alcohol le había desfigurado la cara, tenía los párpados pesados y las cejas revueltas. Pero había algo en su mejilla… algo espantoso, como una herida.

Trató de borrarla con saliva, pero no salía. Entonces se frotó con la mano… y se hizo más profunda. Se rascó y fue peor… además una uña se le salió del índice y le quedó enganchada en la barbilla. No sintió dolor. Se miró la mano derecha. Se mordió la uña del pulgar… la sacó entera y se la tragó, pero tampoco sintió nada. Se asustó. Volvió a ver su reflejo… sentía la necesidad de seguir escarbando. Tiró lentamente de una de sus orejas… hasta que la quitó de raíz de su cabeza. Sorprendido se miró el agujero que quedaba expuesto, la sangre fluía a borbotones, llegándole hasta el cuello y continuando su recorrido por su pecho. Arrojó la oreja a la basura y salió urgente del baño.

No se detuvo siquiera a pagar… no era la primera vez que se iba sin hacerlo. El Tulio sabía que siempre saldaba sus cuentas. En cuanto salió del café le golpeó el ruido de la ciudad, la presión de la noche. En la vereda ojeó sus manos… tenía rastros de sangre. Volvió la vista hacia el interior del café, temiendo que la gente se espantase. Cada uno estaba en lo suyo, en su mundo, nadie se había percatado de nada. Se reflejó en la puerta… su semblante espantoso de hombre. Nunca le gustó su nariz. Entonces se la arrancó… y no sintió nada. Quedaron dos pozos cadavéricos por donde sentía entrar y salir el aire, haciendo burbujas con la sangre que manaba.

Se fue caminando a su departamento. En el camino se escarbó en el antebrazo izquierdo, sacando capa a capa piel, músculos, venas, tejidos varios… dejó solo los huesos teñidos de rojo. La carne del hombro se la tiró a unos perros. Se detuvo en una enorme vidriera, se arañó la cara de lado a lado, cortándose tan profundo el pómulo que el ojo derecho se escapó de su órbita. Se mordió de bronca el labio inferior, aún estaba furioso. Lo masticó y se lo tragó. Sintió sabor a hierro oxidado en la boca. Entonces se quitó la piel y los músculos del pecho y se arrimó a la vidriera para ver cómo le latía el corazón. Nunca imaginó la oscuridad rojiza de ese órgano… y esa forma tan horrible. Pensar que tantos poetas han hablado del sentimiento que genera esta monstruosidad. Hundió las manos sobre su rodilla, hasta sentir la superficie dura del hueso y tiró hacia arriba, arrancándose toda la carne del cuadriceps. Se quedó observando un momento la pieza… le dieron náuseas, su mano no pudo aguantar el torrente que explotó desde sus entrañas, era ácido. Se ensució el pecho y los zapatos. Su mano ardía. Se secó el labio que le quedaba con el antebrazo que le quedaba. La gente lo miraba extraña.

Una vez dentro de su departamento se dirigió a la habitación, donde tenia un espejo de cuerpo entero. ¿En qué se había convertido? Se sacó lo que le quedaba de ropa. Con ambas manos se arañó el vientre, entonces cayeron inertes sus entrañas, una maraña de carne confusa y mezclada. Tiró de una tripa hasta el final y la dejó amontonada en el piso. Se arrancó parte del pelo y en eso se le desprendió el cuero cabelludo. Siguió quitando todo hasta quedar pelado y su cráneo expuesto. Se hundió el dedo en el ojo izquierdo, hasta sentirlo reventar. Dentro se sentía cálido y húmedo, hurgó en ese espacio. Tenía bastante piel en la cara aún, así que se le ocurrió una idea fabulosa. Se quitó el rostro como una máscara y lo pegó contra el espejo, para verse en la vida real como lo veía la gente. Que horror. Que hombre horrible. Vomitó sangre.

Con el brazo derecho se desprendió el brazo izquierdo… era extraño sentir el peso del miembro. Utilizándolo como arma de mano le dio un golpe en seco al espejo, trizándolo en cientos de sitios. Le devolvió una imagen aún más espantosa de sí mismo… Pisó con fuerza los vidrios rotos, hasta sentir que se enterraban en sus pies. Se sentó en la cama. Se sacó una de las piernas, la que se le veía el hueso. Luego se arrancó la otra y la lanzó contra la ventana, destrozando el cristal. Vivía en el quinto piso. Volar… que sensación más maravillosa debe ser. Su cuerpo perdió forma y cayó boca abajo, se agarró por la nuca y haciendo un esfuerzo terrible se quitó la cabeza. La levantó por los aires y volvió a mirarse al espejo… entonces vio la ventana rota, el viento arremolinaba la cortina contra el techo. La noche era perfecta, ya estaba destruido, ya se había mutilado por completo. Hizo un último esfuerzo y echó su cabeza al vacío, disfrutando cada segundo con el ojo que le quedaba libertino, unido a su cerebro solo por un nervio óptico, como un cable.

Sentir el viento en sus pómulos, entrando por su boca, la libertad de no tener freno, el azar, la duda. Su cabeza iba girando aleatoria durante la caída, bajo la majestuosidad de la noche. Hasta que se estrelló contra el piso, sintió un sonido viscoso, húmedo. Alcanzó a ver un colectivo que se aproximaba, a toda velocidad. El ruido inconfundible de su motor. Sacó la lengua para sentir por última vez el sabor del pavimento citadino. Asfalto, que gusto extraño. Las luces se arrimaron, lo encandilaron… y ya no vio más nada.

– ¡Eehhhh! Horacio – dijo el Tulio zamarreándolo.

– ¿Qué te pasa? – preguntó sobresaltado.

– Voy a cerrar…

Salió borracho de madrugada, el silencio de la noche lo ensordecía. Le dieron ganas de vomitar… no alcanzó a llegar a la acequia. Lanzó sólo líquido… pero sintió que algo le arañaba la garganta al salir. Miró la mancha en el piso… entonces vio algo extraño. Fijó la vista. Arrimó con asco un dedo y removió el líquido… era una uña.