«Vení conmigo»

—Ey…
—¿mmm…?
—¿Qué desayunás? Tengo mate, café, té…
—¿Jugo de naranja?
—No.
—Mmm… mejor. Mate tomo.
—Yo también, y acá lo tengo preparado. ¿Te cebo uno?
Paula abrió los ojos y levantó con esfuerzo un poco la cabeza para ver por sobre el muslo desnudo de Eduardo el mate que sostenía en la mano. Y se dejó caer pesada otra vez sobre la almohada.
—Tomá vos el primero. ¿Qué hora es?
—No importa.
—¿Es de noche o tenés todo cerrado?
—El cuarto está cerrado.
Eduardo se levantó y abrió la puerta del cuarto. Una luz clara y potente rebalsó por la puerta y el cuarto se iluminó al punto de encandilar a Paula que agarró la almohada y se tapó la cabeza.
—Son las doce y media, Pau.
Pau dio unas patadas y las sábanas la desnudaron. Eduardo volvía a sentirse el más afortunado crítico de arte. Pau se sacó la almohada de la cabeza y se incorporó. Sus pelos despeinados, sus ojos hinchados, su aspecto de muñeca cansada, su piel clara y suave, su perfume de piel de mujer…
—Doce y media…
Eduardo se estiró y clickeó en reproductor de Windows de su computadora y la música empezó sonando suave, pero Pau susurró algo arrugando el entrecejo contra su naricita y Eduardo apagó la música. Y el entrecejo desapareció. Y Pau abrió los ojos negros y lo enfocó con toda la cara.
—Todavía no tomé ningún mate…
—¿Seguís pensando lo que me decías anoche, o estabas muy borracha?
—¿Borracha? No, no estaba borracha. Tomé tres vasos de cerveza, y con eso me río un poco más. No, no me emborraché anoche.
—Pero, ¿entonces es cierto lo que dijiste?DesayunoCama2
—Claro que es cierto.
—¿Te vas hoy?
—Sí, hoy me voy.
—¿Y a dónde?
—Anoche te dije que no sabía, que iba a irme a la terminal de colectivos con un bolso con ropa y que me iba.
—¿Y el alquiler lo…?
—Lo llamo al tipo y le dijo que le dejo la llave en la maceta y que le regalo los muebles. Bueno…, es más un clavo que un favor, lo reconozco —Paula se rió y Eduardo sintió una ráfaga de viento y clorofila entrando por la ventanilla de un tren en marcha.
—¿Y tus…?
—¿Y vos, Eduardo? ¿Estabas borracho?
Eduardo se quedó con su frase sin terminar sobre los labios y la miró así, con la boca rara.
—No, no estaba borracho.
—¿Y…?
Paula estaba más linda que siempre. Se sentía cómoda desnuda entre las sábanas, y a Eduardo le encantaba ver a Paula cuando se sentía cómoda. Le cambiaba la mirada, las manos se movían diferente.
—Y vamos.
—¿Sí?
—Sí, Pau. Vamos.
—¿Aunque no sepas a dónde vamos?
—¿Vos lo sabés?
—No.
—Yo tampoco.
Eduardo sintió el cuerpo picarle, la sangre estaba mudándose, o corriendo, o haciendo algo. El cuerpo reventó en un oleaje caliente como una plancha que escupe un poco de vapor.
—Dale —dijo Paula devolviéndole el mate y levantándose de la cama—, vamos. Un mundo nos está esperando hace una vida.
Llevamos el mate”, preguntó Eduardo, pero Pau se detuvo y lo miró. Eduardo se sintió inseguro. Sentía que ella era la que se iba y él el que la acompañaba, y eso le jodía mucho porque él fue el que dijo la noche anterior que se iba, y ella le dijo que lo acompañaba. Pero ahora los roles se habían invertido y Paula estaba mucho más convencida de lo que hacía.
—¿Me preguntás si llevamos el mate…? ¿No sabés…?
—Bueno, es que…
—No pensaste nada, ¿no? Anoche dijiste que te ibas a la mierda pero era mentira.
—No, Pau, es verdad. Pero como ahora somos dos me pareció que…
—Que no te parezca nada. Ni pienses en mí. Hacé tu viaje que yo te acompaño. Yo me encargo de lo mío, vos hacé lo tuyo.
—Bueno —dijo Eduardo firme, queriendo mostrar celeridad.

Eduardo juntaba cosas, vaciaba el ropero y dejaba apilada ropa que no se llevaba. Vaciaba la cocina, las cosas, separaba lo que pensaba llevar, lo otro lo dejaba apilado para que alguno lo lleve. Mientras sacaba y ordenaba cosas se preguntaba si se sentía bien haciendo lo que estaba haciendo. Se sentía forzado a hacer algo que él quería, pero tal vez se hubiera tomado un día para hacer los arreglos, y no esa velocidad frenética que le imponía Paula, y se dio vuelta un poco molesto y la miró.

Paula era lo mejor que le estaba pasando. Sus manos se movían como flores, su pelo se caía mientras ella se agachaba, y con sus manos intentaba subir sus fardos de pelo que volvían a caer pesados sobre su cara y la sumían en un misterio. Y cuando volvía a subir sus pesados mechones aparecían sus pómulos radiantes y regordetes, sus labios rosas, sus pestañas, su mirada perforadora, esa mirada que permanentemente lo intimidaba, que siempre lo provocaba, y que ahora la tenía clavada en su mochila. Su figura doblada, su espalda blanca, su culo redondo, sus muslos largos como chorros de leche, sus piecitos tan graciosos… Pau giró la cabeza y lo miró.
—¿Terminaste?
—No, no…

Eduardo volvió a acomodar las cosas, sacó sábanas, abrió las ventanas, pasó una escoba, apiló libros… y se fue preparando mentalmente para ser él y no ella la que terminase primero aquella tarea.
—Listo. ¿Terminaste? —preguntó Eduardo.
—A ver… sí. Listo, Eduardo.
—Bien —dijo Eduardo pensando con toda la presión para ser él el que marque los pasos a seguir y retomar el lugar de ser él el viajero y ella la que lo acompañaba—, bueno, vos dijiste que ibas a dejarle las cosas al dueño de tu depto y que lo llamabas para avisarle.
—Sí, acompañame a casa que hacemos eso, hago mi mochila y estamos.
—Mejor andá vos a tu depto a armar tu mochila y mientras tanto yo voy a lo de mi hermano que le dejo las llaves del depto y le digo que pase a buscar lo que él quiera, así c…
—No.
Se hizo un minuto incómodo de silencio.
—¿Cómo?
—No, no vas a lo de tu hermano.
—Sí. Voy a dejarle la llave, Pau.
—No, Eduardo. LLamalo y decile que le dejás la llave en donde sea, pero no vayas.
—¿Por qué?
—¿Por qué…? Eduardo, vení a casa y lo llamás a tu hermano en el viaje.

Aunque no podía explicarlo, Eduardo entendió todo. Y eso lo sumió en una profunda tristeza que iba a tardar unas horas todavía en florecer en su cara. Una tristeza que, también supo, le duraría toda una vida. O al menos hasta que resolviese lo que estaba pasando. Sintió una admiración enorme por Paula.
—¡Cómo te admiro, Pau! Cómo admiro tu inteligencia. ¿Cómo…? ¿Cómo hacés?
Pero Pau bajó la mirada, y la volvió a subir empapada.
—Anoche sabía que no nos íbamos juntos.
—¡Pero es que yo me voy! ¡Te juro que me voy!
—Sí, te vas. Lo sé… pero antes vas a ir a saludar a tu hermano aunque yo te pida que no, aunque sea que lo despidas un minuto la diferencia es gigante.
—¿Cuál es la diferencia, Pau? Sé que tenés razón, pero no lo puedo entender.
—Es que vos te vas, Eduardo, porque querés andar por ahí, conocer lugares, gente, y un día encontrar a alguien que te enamore, e irte a vivir con ella, perdidos por donde sea…
—Sí, es así. Pero no entiendo, y vos ¿qué querés?
—Yo me voy, Eduardo. Es lo único que sé. Pero lo que dejo atrás lo dejo ahora, no en la terminal, no en el camino, no cuando me anime. Lo que dejo atrás ya lo dejé. Y lo sigo dejando, Eduardo. Lo sigo dejando.
—No me dejes, Pau.
—Eduardo, vení conmigo. No vayas a lo de tu hermano. Vení conmigo, o quedate con tu hermano y con tu viaje.
—Es sólo saludarlo…
—Eduardo… Eduardo me voy a casa. Si no venís me voy sola.
—Te voy a buscar a la terminal.
—Te puedo cruzar mil veces en el camino, pero o venís conmigo o me voy sola.
—Pau, pensemos esto un poco, lo hablamos anoche con unas cervezas arriba. Yo tengo un laburo, no pued…

Pau ya había dado la vuelta y caminaba hacia la esquina. Eduardo la miraba irse. No tenía ninguna duda, sabía que él no podía irse como ella, pero la admiraba desde un lugar muy profundo. La admiraba con una devoción que lo avergonzaba un poco. Sintió que quería defenderla con su vida, pero sinrió irónicamente: no se animaba a irse con ella, menos daría su vida por nada en el mundo. Por nada. Y se iba a ir, E iba a dejar su trabajo… pero su aventura ya había perdido el decorado bohemio que lo enorgullecía. Se dio cuenta de que era un cagón. No se quedaba por alguna responsabilidad, sino porque no podía reaccionar a esa velocidad, a la velocidad de Paula que ahora pasaba por la esquina y cruzaba la calle. Todavía tenía tiempo de correr hasta ella. Pero él sabía que no se iba a ir sin ir a lo de su hermano. No le importaba nada su hermano, pero en esa actitud había un vínculo, un mandato, algo que no comprendía, que acababa de vislumbrar y que no se animaba a desafiar así nomás.

Pero no quiso ser menos de lo que era antes, y decidió que se iría igual, a su modo, pero se iría. Aunque se descubriese un pelotudo. Buscó sus cosas en su departamento, su mochila, sus ollas, sus mantas y llegó a lo de su hermano transpirando. Cuando faltaban veinte metros de la puerta de la casa la puerta se abrió y salió su hermano. Llevaba una mochila pequeña y un suéter en la mano.
—¡José!
—¡Eduardo! ¡Me agarraste de pedo! Me estoy yendo.
—¿A dónde te vas?
—¿Te acordás de Paula? La petisita amiga de Mica que está más buena que hacer dibujitos en la arena con el meo?
—Sí…
—Me acaba de mandar un mensaje preguntándome si no me quiero ir con ella a la mierda.
—Pero… —Eduardo sintió una daga que lo atravesaba en el pecho—, pero ¿y te vas así como así? ¿Largás todo y te vas…?
—Me voy unos días, Edu. Después te muestro las fotos.
—Pero mirá que yo escuché que ella quería irse con un proyecto de vida, con…
—Sí, no sé, vuelvo en unos días. ¿Qué hacés con esa mochila, esas ollas…? ¿Venís? ¿A vos también te pidió que vayas?
—No, no… No. Me voy de campamento.
—Bueno, te dejo. Andaba medio loca y quería irse enseguida. Ya no me aguanto las ganas de cogérmela.

José se subió a un taxi y se fue. Eduardo se sacó la mochila y la miró. ¿Por qué tenía que irse heroicamente? ¿A quién le importaba? ¿Para qué se iba? ¿Por qué mejor no hacer un viajecito…? Y levantó la mochila y, silbando, enfiló para su casa. Estaba claro que el polvo de anoche con Paula había sido algo trascendental. Hay mujeres que cuando te dan el cuerpo, te sacan del mundo. Las ollas hacían ruido a cada paso que daba, y se rió. Y sintió ganas de ver las fotos de José a su regreso, en unos días.

 

 Carpa3

 

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