Pequeñas escenas innecesarias sobre la realidad de las cosas

El hombre es libre en el momento en que desea serlo
Voltaire

Se abre el telón, nadie aplaude, no hay público.

Es cierto e irrefutable que la lluvia cae de arriba hacia abajo, no viceversa.

Es sabido que los pasillos de los hoteles, cualquiera sea la cantidad de estrellas  y lujos que posea, son terroríficos.

También que los ascensores siempre bajan más rápido de lo que suben.

Acaso,  el sol en el horizonte siempre esta de rodillas, no así la Luna.

A su vez,  la Luna es una inconmensurable nave espacial, que fue puesta en ese sitio para monitorear nuestras acciones evolutivas.

Las ideas que se nos vienen a la mente en realidad no son nuestras,  son susurros de alguien desconocido que murmura sobre nuestro hombro.

La polenta no es una comida, es una forma de tortura admitida por nuestros pares.

Las luciérnagas son curiosas.

La muerte es irreversible, no así los calzoncillos sucios.

El ayer es rengo, se aleja despacito, haciendo un ruido desparejo de caminada sincopada y una altanería propia de un inteligente frente a un idiota.

La sangre al correr por venas no se cansa, no ceja, no descansa; corre a tontas y locas, con los ojos cerrados cantando una canción a los gritos.

Los gatos son nuestros jefes.

Que esto tiene un delta blues de banda de sonido, que suena crudo, visceral y magnético.

El  telón se va cerrando. Nadie aplaude, recordemos que no hay público.

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