Perfeccionando vicios en los días raros

Podría hacerles una introducción tipo Romeo y Julieta, “La historia de estos dos amantes…bla bla bla”, pero soy una persona ansiosa y la verdad es que no quiero alargar el tiempo para empezar mi historia.

Ella, bueno, ella era particular, avasallante, intensa, poco demostrativa pero genuina. No muchos amigos, pero extrovertida. Bastante fuerte en varios aspectos, sabía reírse de sí misma, algo culta y sus días fuera de las “obligaciones de una vida normal”, se resumían en escuchar y ponerle música a sus ratos de escape. Ella era del pueblo del que nunca salió y a la vez era de todos esos lugares donde alguna vez soñó estar.

Él… hace poco más de un año que conocí esta historia, y aún no puedo describirlo. Un enigma en sí mismo, lleno de cosas que no logró soltar y trajo consigo. Pero sí puedo decirles, porque pude conocerlo en persona, que tenía unos ojos que reflejaban un inmenso mundo interior. No podía dejar de mirarlo sin preguntarme qué escondía esa mirada tan particular. Él era del mismo pueblo del que era nuestra chica. Pero para ese entonces, él volvía de España, una España que le había dado tantas cosas, como las que también le quitó.

Coincidieron en reuniones, tenían amigos en común, pero claro, el recién llegado era la sensación del momento y ella, como buena taurina, no le llamaba para nada la atención. De hecho, hasta le producía cierto rechazo la “popularidad” del visitante. Cierto día, sin planes de nada, Clara recibió una invitación a cenar en la casa de unos amigos, la cual aceptó sin pensarlo. Cuando llegó se encontró un panorama distinto al que había pensado: su amigo, el recién llegado y nadie más. Los tres cenaron tranquilos y, conversación de por medio, degustaban ricos varietales que habían traído para la ocasión. Era muy temprano cuando ya habían terminado la comida, y pronto se sumaron dos amigos más para dar comienzo a lo que sería una de las noches más divertidas que Clara hubiera recordado.

Y, si de recuerdos hablamos, habían un par que parece haber perdido nuestra niña. Lo descubrió cuando el sol le dio de lleno en la cara y al despertar, se encontró con una enorme sonrisa que la esperaba al lado. “Yo soy de las que no se quedan” fue la frase tajante que lanzó sin anestesia antes de vestirse e irse. Es que Clara no se vinculaba con nadie, con el tiempo había forjado una coraza, que hasta ese momento, la mantenía a salvo. Ambos pactaron que esa noche iba a ser la primera y última.

Los días de verano fueron pasando entre charlas. Fausto necesitaba hablar, y ella sabía escuchar sin juzgar, una combinación perfecta para que cada vez estuvieran más cerca. Él estaba roto, Clara pensó que podía arreglarlo. Y así fue como de a poco, entre besos, risas, confesiones y un “me enamoré de vos” con ojos vidriosos, la coraza que la había mantenido a salvo se quebró y ya no la pudo salvar de lo que venía a futuro.

La intensidad no era la misma, los ojos de los que les hablé al principio no la miraban con ese brillo que una vez supo encandilarla. Y de repente, se encontró sin amor. Él se lo había llevado, se lo regaló a alguien que no era ella. “Uno no elige de quién se enamora” fueron las palabras que Clara usó para justificar el hecho de que él se marchara detrás de alguien más, pero aun así, se encontraba sin su Fausto. “Su Fausto”, qué ingenuidad esa del ser humano de creer que alguien nos pertenece, sobre todo cuando dentro nuestro sabemos que nos estamos aferrando a un espíritu libre.

Clara se refugió en sí misma, sentía que su pena era solo suya, y tenía muy en claro que nadie, pero nadie podía arreglarla. Lo sabía por experiencia, lo sabía por haberlo intentando con aquel que ahora ya no estaba. Y como si la vida se empecinara en mantener su herida abierta, lo encontraba en cada rincón que la rodeaba, Fausto había dejado una huella importante y en el lugar en el que más se escondía ella, la música. Canciones que sonaban en todos lados, conciertos, letras que describían lo que estaban viviendo, otras que parecían premoniciones y otras que ella usaba para gritar lo que quería decir sin que la escucharan.

Una vez que definitivamente cada quien siguió su camino, no volvieron a verse nunca más. Las amistades en común evitaban que coincidieran en las reuniones, ni siquiera ya se veían por veredas opuestas en las calles. De vez en cuando ella lo recordaba cuando sonaba algún flamenco, él seguramente traía la figura de Clara a su mente cuando escuchaba a Fito.

Y llegamos al punto en dónde ya no le provocaba nada escuchar su nombre, donde la vuelta de página era un hecho y el seguir adelante con sus vidas era la premisa. En un momento de nostalgia, ella revisó conversaciones viejas y encontró un mensaje que usó como apoyo en ese proceso de superación imaginario: “Conocerte es lo mejor que me pasó, no lo olvides nunca, sos la que me sacude las pulgas, sos única y aunque digas lo que digas, me enseñaste a creer de nuevo en la gente. Te adoro mi niña”

“Mi niña”, por enésima vez, ese sentido de pertenencia.

La rutina era nuevamente la dueña de la vida de Clara, obligaciones familiares, obligaciones laborales y pequeñas distracciones con amigos. De él no había noticias. Un día vibró el teléfono, había recibido un mensaje de un número no agendado , por lo que a medida que iba leyendo, pensaba que se habían equivocado, hasta que leyó su apodo, el que sólo Fausto le decía.

Acordaron verse, aceptó firmemente convencida de que una charla no le haría mal a ninguno de los dos. Pudo haberle dicho palabras duras, pudo haberse desquitado toda esa rabia mezclada con dolor. Pero no, se limitó a escuchar. Sólo ella sabía lo que había extrañado esos ojos grandes y peleaba con su boca porque no se notara la felicidad de estar ahí de nuevo.

Fausto estaba igual, quizás mas fragmentado de lo que ella imaginaba, pero estaba dispuesto a ser sincero, después de todo sabía que contaba con alguien que lo escuchaba sin juzgar, algo que intuyo, fue una de las cosas que lo mantuvo cerca de Clara al principio.

“Aún quedan vicios por perfeccionar en los días raros” reza una canción española y así fue. Volvieron a compartir momentos, de esos que estaban acostumbrados a generar entre ellos. Cantaban canciones desafinadas, bailaban y filosofaban ebrios. Volvieron a ser ese bastón con el que mutuamente se levantaban cuando caían. Pero hay fantasmas que no son fáciles de ahuyentar. Ellos saben que nunca aprendieron a quererse de igual forma.

Él permanece en una búsqueda continua de quien sabe qué cosa. Ella, aunque prefiera ignorarlo, descubrió que no es lo que él necesita. Y la sombra de repetir el pasado se iba convirtiendo en una nube cada vez más densa.

Una tormenta se estaba desatando dentro de cada uno en esa habitación, una tormenta silenciosa, interna, una que ninguno quería admitir. Una tormenta que les llovió en los ojos y los inundó.

Después de lo vivido antes, Clara tiene la certeza de que no hay coraza que asegure una salvación, sabe que no puede sanar las heridas viejas y nuevas de Fausto y está segura de que no hay otra persona que la rescate del naufragio más que ella misma. Pero sobre todo sabe que por más que lo intenten, y la historia se escriba en páginas distintas, el final será el mismo.

Lamentándose por debajo de su piel y en silencio, le dejó instantes de felicidad para que la recordara con alegría, le dejó más canciones para silbar bajito cuando se sintiera solo y sobre todo le dejó amor, el suficiente como para que Fausto guarde en su infinita búsqueda.

“No quiero nada que nos haga mal. Yo creo, yo creo y con eso basta” Y así, de a poquito, sin que él pudiera percibirlo, Clara se fue, pero esta vez no se fue sola, se llevó grabadas unas enormes pupilas negras que le recuerdan que se puede amar tan fuerte a otro como así mismo.

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