Quizá

Y estoy sentada en el mismo bar de siempre, el que tiene canteros con flores, pensando en si quizá ella regrese. Sabe que voy a estar acá siempre, lo sabe. Y aún dudo que venga. Ya voy por el segundo cappuccino y la espuma de la taza me recuerda ese color almendra de sus ojos. Quizá venga. Quizá no.

Cuando se tienen 13 años uno no puede regular sus sentimientos. No. Pero supe cuando la vi aquella vez que quería perderme en sus ojos, quería estar a su lado. Ella no lo supo. No funcionó que amigos me presentaran hombres para salir, yo sentía repulsión. No quería estar con nadie que no fuera con ella. Y ella no lo sabía.

Pasaron unos años y los amigos se fueron, a la vez vinieron otros, empecé a hacer mi vida, a querer a otra gente. Yo la veía pasar siempre por la vereda de mi casa, con su pelo marrón con ondas, que siempre llevaba suelto. Charlábamos a veces, su voz me transportaba a un lugar donde estaba bien enamorarse de alguien del mismo sexo, lejos de todos los prejuicios. Si no lo sabía, creo que al menos sospechaba, se ponía ropa provocativa que resaltaba sus pechos de una manera hipnótica. Y el día que me animé a invitarla a salir la vi de la mano con un compañero de la secundaria. Yo la veía tan feliz a su lado, tan llena de luz, que no me atreví a decir nada. No lo dije. Ella siempre supo. Siempre.

Cuando finalmente pude irme a vivir sola a la ciudad, ya con 18 años, su recuerdo seguía latente en mi mente. Empecé a salir con otra gente, a engañarme a mí misma diciendo que no la amaba, y estando en la intimidad con cualquier persona, se me venía su cara a la mente. Su sonrisa y su pelo marrón ondulado, flotando con el viento. Helena. Siempre.

Como había cambiado de lugar, olvide a todo aquello que me traía a la adolescencia. Siempre me consideré la paria de la escuela y más en un pueblo chico como Tupungato, en donde todos saben de la vida de todos, yo prefería mantener un perfil bajo. Pero en la ciudad todo era diferente, ni siquiera conocía a los vecinos del edificio. Mi departamento estaba en un quinto piso, y muchas ventanas. Dos fotos adornaban mi mesa de luz, una con mis padres y otra con Helena, la única foto que tenía de ella, en una reunión de amigos por los 16 años de uno de ellos.

Algunos años después volví a visitar a mis padres y, como quien no quiere la cosa, le pregunté si sabían algo de ella. Me dijeron que se casó con aquel muchacho con el cual yo la vi, José, que se habían ido a vivir a la casa de los padres de él, una casa muy vieja pero muy grande. Yo sonreí para mis adentros, ella, al igual que yo, había hecho su vida. Y me decidí a seguir con mi vida, ya que dicen que el primer amor (correspondido o no) no se olvida. Yo nunca la olvidaría. Nunca.

La última noche en Tupungato me decidí a salir a caminar sin rumbo. Y llegué a la plaza, que a esa hora estaba desierta, con una sola persona en un banco. Sentí unos leves pero constantes sollozos. Aquella persona tenía una cola en el pelo, y cuando se lo desató, supe de inmediato a quien le pertenecían esas ondas marrones. Era ella, Helena. Como una casualidad del destino estaba ahí. Me senté a su lado, me miró y sin decir palabra me abrazó.

Hablamos horas. Me dijo que se había separado de José, su marido, porque lo único que él quería era tener hijos, y por más que lo intentaban no habían resultados. Había perdido dos embarazos y ya no quería volver a pasar por esa situación. Él no la entendía, la insultaba diariamente y esa noche que él había vuelto borracho a la casa, se desquitó con ella. Se corrió un poco el vestido que llevaba y vi en sus piernas dos moretones, y en el borde del corpiño varios más. Yo no lo pensé demasiado cuando le dije «vos te venís conmigo». Manejé los kilómetros que separan el centro de Tupungato con mi departamento, a media cuadra de la plaza independencia, con ella durmiendo en el asiento del acompañante. Era como un gorrión herido, tan bella, tan frágil. Y recordé lo mucho que la amaba, y ese amor volvió a mí como si el tiempo se hubiese detenido en nuestros 16 años.

La recosté en mi cama y yo me dormí en el sillón. A la mañana me desperté con sus ojos mirándome, se había arrodillado en el piso al lado del sillón y se veía tan hermosa, como cuando la vi por primera vez. La miré y le dije «te tengo que decir algo» y ella me puso un dedo en la boca, me dijo «shh» y me dio el beso más romántico que me han dado en mi vida. Y ya no me controlé, dejé fluir todo lo que llevaba años guardando por ella, me paré, le saqué la remera, inmediatamente después el corpiño y la empecé a besar por todos lados, me calentaba más sintiendo cómo se le aceleraba la respiración, así la llevé a la cama, me saqué la ropa, ella tímidamente al principio me iba tocando y ya después sin vergüenza. Su lengua se entremezclaba con la mía en un baile hipnótico y sensual. Su calor, su ser entero estaba para mí. El fuego que se prendía entre nosotras era intenso, profundo y, sobre todo, apasionado. Hicimos el amor, sentí que nunca había tenido una conexión así con alguien, y cuando las dos acabamos ella se quedó dormida entre las sábanas blancas de mi cama.

Fue inevitable pensar en cómo iba a seguir todo eso que habíamos empezado. Se veía tan bella durmiendo, estaba cumpliendo el sueño de mi vida al verla así, tan indefensa y tan sensual a la vez. Cuando se despertó yo estaba haciendo el almuerzo. Empezamos a hablar, me dijo que ya no quería volver a Tupungato, que se quería quedar en la ciudad. Que sabía lo que yo sentía por ella, que era su primera vez con una mujer, pero que sintió como si hubiese sabido que hacer desde el principio. Yo no la quería sobrecargar con sentimientos, con tanto que había pasado por su mente los últimos días. Me dijo que quería estar conmigo, no en una relación por lo reciente de su marido, pero quería quedarse en mi departamento si yo la dejaba. Era lo que yo siempre había querido. No lo dudé.

Durante esos 6 meses que pasamos juntas, fui la persona más feliz del mundo. Sentía que, finalmente, la vida me había dado una revancha. Yo la miraba feliz, con su pelo marrón y sus ojos almendrados. A unas cuadras de mi departamento habían abierto un café muy pintoresco, con canteros llenos de flores de colores. Íbamos a desayunar todos los días, ella una lágrima y yo un cappuccino con mucha espuma, y dos medialunas para cada una. Recuerdo todos esos detalles a la perfección porque, sobretodo, la recuerdo a ella. Y no pude ver en sus ojos aquello que me enteré tarde.

Ese día no se va a borrar de mi mente. Me desperté a eso de las 9 de la mañana y no la vi durmiendo a mi lado en la cama. La ropa que le había comprado tampoco estaba, no estaba nada. Solo una carta al lado de nuestra foto en la mesa de luz que decía:

«No vas a entender por qué hago esto. Me has dado estos meses de felicidad pura, pero por alguna razón no puedo encontrarme a mí misma, incluso antes de venirme con vos me había perdido. Siento que no pertenezco a ningún lugar, y me voy. No es tu culpa, y agradezco de corazón lo que me has hecho sentir y de la manera que lo has hecho. Sé que me amas, pero lamentablemente no puedo decir lo mismo, por más que me esmero hay algo en mi alma, y quizá cuando sepa que es, pueda quererte como te lo mereces. No voy a volver con José, ya se lo que es cuando alguien te quiere de verdad, eso me lo diste vos. Tampoco voy a volver a Tupungato, pero quiero que sepas que quizá no te busque. Pero si te busco va a ser para que estemos juntas para siempre» Helena.

Y así fue que tuve al amor de mi vida, pero se fue. Y ya hacen años que la espero. Pero sigo yendo a ese café con canteros floridos, quizá me busque, quizá no. Los recuerdos quedan en mi mente y nunca se irán. Mañana volveré a este café. Quizá venga, quizá.

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