Recuerdos de una noche atormentada

Me acuerdo que miraba por la ventana del cuarto piso y veía el paisaje de la cordillera. Mi amiga siempre me corregía, me decía: “Esa es la pre cordillera» Pero pre cordillera o no a mí me fascinaba. Después de mucho tiempo de vivir en otros lugares volver a mi Mendoza era la gloria misma. No voy a mentir, amo mi tierra pero la vida y las circunstancias me llevaron muchas veces lejos de ella.

Verla de lejos ni se compara con estar dentro de la cordillera. Entre sus picos se quedó mucho de mi historia, y como un vagabundo sin destino, fue que me quedé a vivir allá. Porque no todo en la vida tiene un final feliz, y en la historia de lo que fuimos, esta ciertamente no lo tuvo.

Me enamoré como una niña, como una quinceañera, de sus ojos. La besé tantas veces desde el balcón de su departamento en el cuarto piso, mientras que soñábamos los mismos sueños y pensábamos que la vida era eterna. ¡Cómo no haber aprovechado mejor los momentos! Para mí todo en aquel momento era eterno, y en la realidad se esfumó. Hoy todo está en mi memoria y en ningún otro lugar.

Nunca conocí en mi vida alguien que amara la montaña más que ella. Visitamos tantos lugares, y a ella nunca le importó el peligro. Y es el día de hoy que no puedo ni acercarme a ese balcón, mi alma no lo resistiría. Me entregué como nunca, deje que viera la vulnerabilidad en mi existente. Todos somos vulnerables a algo. Y nunca pensé cuando todo eso terminaría.

Pasamos aquella noche en un remoto paraje en medio de las montañas. Salimos a caminar y nos fuimos lejos y nos perdimos justo cuando empezó a nevar. No fue posible encontrar ningún cartel o algo que nos dijera dónde estábamos, y los celulares no tenían ni una gota de señal. Se podría decir que estaban los ingredientes justos para que algo pasara, y pasó. Fue justo cuando vimos un túnel del tren abandonado y nos refugiamos ahí, y ahí, como algo raro, dejó de nevar de golpe. Nos empezamos a besar despacio, de a poco. La ruta estaba lejos y todo estaba lejos pero muy distante se sentía el agua correr por algún arroyo entre las montañas. Empezamos a escuchar un ruido pequeño que empezó a incrementarse. Ella me soltó la mano y salió a ver qué pasaba, y eso hizo que se prendiera una alarma que me dijo que la acompañara, que no la dejase sola. Era una noche cerrada, sin luna pero con un millón de estrellas, y fue justo cuando sentí un grito suyo.

Fui corriendo y vi que se había caído «creo que me quebré el tobillo, pisé algo raro y ahora me duele mucho, fíjate con la linterna del celular si tengo algo» me dijo, y no pude alcanzar a sacar el celular porque apareció una ráfaga de viento blanco que nos atrapó en una cortina helada. Ésa fue la última vez que la vi. Porque en un momento dejé de ver su silueta caída y cuando logre en un momento sacar el celular y prender la linterna ella ya no estaba. Y así de la nada salió la luna. Y me quedé sola gritando para todos lados sin que nadie me respondiera.

Según mi reloj eran las cuatro de la mañana. Y ella ya no estaba y yo no tenía idea de qué hacer. Me fui corriendo por el mismo lugar por el que habíamos venido en busca de algo que me ayudara y después de un tiempo siguiendo huellas, llegué a la ruta que va a Chile. Un camionero argentino que iba para Chile me dejó en un negocio a unas dos cuadras de la entrada o salida del túnel Cristo redentor. Lo raro fue que no había ni una gota de nieve. Y sentada en una mesa de lugar, pensaba en ella y me largué a llorar. Llame a la policía y les conté. Por supuesto fue que nadie me creyó. Al otro día no hubo caso de buscar pistas, la nieve se había derretido, o directamente no había existido. Esto no podía ser solo un invento de mi imaginación.

En mi mente he rememorado mil veces esa noche. Y fue que un día decidí abandonar todo e irme a vivir allá. Ella amaba la montaña, y yo la amaba y aún la amo. He recorrido aquellos caminos miles de veces, de día, de noche, en verano, en invierno, y nada. Es como si todo fuese un invento de una mente perturbada. ¡Pero fue cierto! Lo juro por la sangre que aún me corre por las venas. Me quedan aún los recuerdos, y es por eso que estoy escribiendo. No vaya a ser que un día mi mente los borre. No lo soportaría.

Ahora miro por la ventana y me doy cuenta que ha empezado a nevar. Hay veces, todavía, en las que dudo que la nieve sea verdadera o no. Abro la ventana y siento como los copos caen y se hacen agua en mis manos. Son de verdad. ¿O no lo son? No lo sé. Cierro los ojos y la veo ahí caída, como cervatillo herido. En mi mente yo me le acerco y le beso la frente. Abro los ojos y no es cierto. Estoy llorando. El viento blanco todavía no empieza a soplar, pero lo va a hacer. Otro día para vivir.

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