Un atajo

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Lo que comenzó como un sueño aislado parece que no quiere dejarme en paz:

Primer sueño – Jueves: La dirección equivocada

La mañana llego tibia, estos días de primavera entremezclados sin permiso en el invierno crean mañanas suaves cuándo es un placer quedarse en la cama. Remoloneando por horas pasaba la mañana del domingo, había pasado ya más de una semana desde el extraño sueño.

Sin la mínima intención de levantarme, por momentos, volvía a caer en manos de Morfeo. Entre grises, suaves luces y voces confusas se formó un sueño nuevo:

Unas piernas apresuradas recorrían una vereda, un tanto pedregosa, ya no tan de ciudad. Se conformaban edificios a su paso, no muy nuevos y por consiguiente un tanto apagados, entre ellos repetidamente encontraba descampados.

Quería ver quien era, el cuerpo iba tomando forma, otra vez una mujer bastante joven, pero esta vez no era Mariana. De contextura similar, una mediana estatura y un tanto esbelta, la mayor diferencia es que ella era más rubia.

– Lucía ¿a dónde vas tan apurada? – Inquirió una voz femenina que parecía las en off de los programas de televisión.

Lucía, así que así se llamaba, se dio vuelta y la imagen se hizo más clara y detallada, llevaba un vestido un tanto anticuado pero bonito, entallado y fresco como de verano, en sus manos un libro. No, ahora recuerdo que tenía un costado espiralado, era un cuaderno con una lapicera enroscada en él.

– Se me hace tarde…piano – dijo dándose vuelta y con una amplia sonrisa, a no sé quién porque esa parte de la imagen nunca se aclaró.

Apresurada caminó por esos senderos que se hacen por baldíos deshabitados, algo así como un atajo, veía las malezas alrededor, pastos secos y retortuños, pero el resto era gris, no era niebla, sino el sueño negándose a completarse, parecía que quería que me concentrara en los protagonistas.

Salió del camino, pasó la vereda, cruzó la calle y de repente delante apareció como de la nada una casa, no muy grande, de esas de familia. Con la fachada en dos partes, una más adelante, ventanales en ambas, la puerta a un costado y un caminito que daba a la calle. El césped corto y el jardín bastante arreglado, todo atrás de una reja baja labrada, de las que no sirven más que de adorno.

Estaba concentrada observando, como si estuviera en el lugar de Lucía, esperando porque habíamos tocado el timbre. Una mano me agarró el hombro, sobresaltada me di vuelta y era un hombre:

– Llegaste temprano…

Sólo eso alcancé a escuchar, porque me desperté del susto, era el mismo, el mismo hombre del sueño anterior, pero más joven.

Créanlo o no este fue mi sueño del domingo a la mañana.

Siguiente sueño: Viernes: Un piano de fondo