Un cuento para arrancar la semana: la cita secreta

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Salió como cada mañana a regar los malvones, y se quedó inmóvil disfrutando del aroma de las flores. Ella era una mujer muy bella, y pesar de sus años, no había perdido esa frescura en su rostro, y sus ojos turquesa ocultos bajo algunas arrugas brillaban cuando algún rayo de luz se colaba entre los añosos árboles de la calle, y entraba con timidez al patio. El cielo turquesa parecía recortado por la sombra de las ramas, que hacían de escudo al sol tibio de la mañana.

Cuando giró la cabeza, Él ya estaba ahí. Sentado en el banco que juntos habían colocado, al lado del rosal, con el sombrero en el regazo y la misma sonrisa encantadora que lucía siempre. Ella se sentó a su lado sin decir nada, mientras el sonido de los pájaros se hacía protagonista. Se miraron un instante, como aquella primera vez, y él habló, cortando el silencio que hasta ese momento había reinado. Charlaron un largo rato. Las palabras salían pausadas de la boca de ella, aun cuando sabía que los tiempos no siempre los favorecían. Le contó cómo se sentía, le hablo de la enfermedad de la tía Yolanda, de sus sobrinos, de lo lindas que habían crecido las flores y del naranjo que estaba a punto de llegar al techo. Él amaba la naturaleza, y sonrió cuando vio que el jardín seguía hermoso, como siempre. Cada tanto se quedaban en silencio, e intercambiaban miradas y sonrisas. Disfrutaban de los pequeños silencios sin apuro de hablar, como si con la sola compañía bastara. Los rayos del sol comenzaban a hacerse dueños del patio, y todo se iluminaba de a poco, pero a ninguno de los dos les importo demasiado. Se disfrutaban con avidez, eran ellos dos, y lo demás no importaba, no había nada que interrumpiera ese instante que era suyo. Nada, salvo el tiempo.

Se miraron sabiendo que su tiempo se había terminado, pero no había tristeza porque prometieron verse al día siguiente, como cada día.

Se dijeron adiós y el desapareció del banco donde había estado sentado. Ella volvió a sentir que los relojes comenzaban a moverse nuevamente, y que el tiempo volvía a ponerse en movimiento.

A Ella le tocaba la tarea más difícil, esperar que el día pasara, completo. Volver a su soledad cotidiana, a su fiel compañera. Pero sabía que al terminar el día, y dormir la noche más oscura, podría salir a regar los malvones, y encontrarse con Él, en el banco que juntos habían colocado al lado del rosal, en su cita secreta de cada mañana, quizás producto del amor que se habían tenido en vida.

(Para Beba, espero que te sientas un poco orgullosa)

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